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1 de octubre de 2016

¿Por qué los poderosos nos están pidiendo perdón?

EL MOSTRADOR
2 de mayo de 2016

por Eduardo Labarca

            En estos días basta con que nos sentemos ante el televisor para que alguien nos pida perdón. El ricachón más rico de Chile, el que nos representa en el ranking mundial de los milmillonarios, nos pidió perdón con cara compungida y labios temblorosos. En tribunales pidieron perdón los funcionarios acusados de no haber dado la alerta del tsunami que se llevó la vida de más de 500 personas. Desde la Historia, nos lo pidió Patricio Aylwin en la escena de hace un cuarto de siglo que los canales de TV repitieron mientras lo velaban. Ante su féretro, la senadora Carolina Goic nos pidió perdón por la corrupción de los políticos, y a las cero horas y 23 minutos, una trasnochada senadora Isabel Allende también pidió perdón. Desde la gran sala del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania, en Berlín, pidió perdón a las víctimas de Colonia Dignidad el ministro Frank-Walter Steinmeier.
            Golpearse el pecho pidiendo perdón a Dios por nuestros pecados es un rito compartido por cristianos, judíos y musulmanes que forma parte de nuestra cultura y nuestros genes. Entre los que nunca piden ni pedirán perdón estuvo sin embargo Jesucristo, que anunció a quienes pecaban que los ángeles “los arrojarán al horno encendido, donde habrá llanto y rechinar de dientes”. Por proferir tan siniestra amenaza sin arrepentirse ni pedir perdón, hoy Jesús sería condenado por incitación al odio y la tortura, delitos de lesa humanidad castigados por la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes. Pero hay que reconocer que en la cruz, sí pidió perdón, no para él sino para sus flageladores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
            Los profetas y mesías amenazantes, dueños de verdades reveladas como Cristo, son capaces de perdonar pero no de pedir perdón. Tampoco piden perdón los guerreros y tiranos. Ni Alejandro Magno ni Julio César, que exterminaron a poblaciones enteras, tuvieron la idea de pedir que los perdonaran. Ni Napoleón, cuyas guerras dejaron cinco millones de muertos, ni Stalin, ni Hitler, ni el presidente Truman que lanzó dos bombas atómicas sobre sendas ciudades, ni nuestro Pinochet, ni el Mamo Contreras…
            A la petición del perdón divino, se contrapone el perdón que los humanos pedimos al vecino, a nuestro enemigo, a nuestros padres e hijos, a las víctimas de nuestros actos, o el que los amantes se imploran de rodillas mirándose a los ojos. Cuando tropezamos con alguien en el metro, la palabra “perdón” o el chileno “disculpe” brota de nuestros labios. Y en tiempos de crisis, las peticiones de perdón invaden, como en estos días, la política.
            ¿Tienen valor las solicitudes de perdón que hemos escuchado en estos días? “Hay que distinguir”, diría un abogado, entre pedir perdón y perdonar. Los filósofos han dicho que el verdadero perdón es “el perdón de lo imperdonable”, vale decir, el perdón de un hecho atroz que la víctima, en un gesto de sublime generosidad, otorga libremente a su victimario. El papa polaco Juan Pablo II recorrió el mundo pidiendo perdón por los crímenes de su Iglesia, por el exterminio de los “herejes”, las guerras religiosas, las cruzadas, las torturas de la Inquisición, los “pecados” cometidos contra otras culturas y contra las mujeres, las etnias, etc., etc.. Lanzado por el mismo camino, el papa Francisco ya ha pedido perdón por el exterminio de los pueblos originarios de América, por los escándalos financieros y las intrigas del Vaticano, por los abusos de los curas pederastas… y recién está empezando.
            Las peticiones mediáticas de perdón de los políticos, entre ellos el mismísimo papa de Roma, constituyen expresiones simbólicas, sinceras o fingidas, de arrepentimiento por los actos propios y de sus antecesores y una promesa, muchas veces destinada a quedar incumplida, de cambio de rumbo. Son peticiones de perdón de ida pero no de vuelta, ya que ninguno de ellos puede soñar con ser perdonado. Saben que los quemados en la hoguera y los millones de indígenas muertos, los cientos de miles de niños abusados a lo largo de los siglos, los desaparecidos y fusilados de Chile ya no están ahí para perdonar, ni tampoco los sobrevivientes o sus familiares y descendientes estarían dispuestos a hacerlo. Tampoco los ciudadanos engañados por los políticos y las empresas vamos a darles el abrazo redentor.
            ¿A qué se debe la epidemia de tantos rostros que desfilan pidiéndonos perdón en montajes propios de un spot de Coca-Cola? Mucho o todo tienen que ver los medios de comunicación y las redes sociales. ¿Cómo va a mirar hacia el techo el papa Francisco tratándose de la pederastia de curas, obispos y cardenales cuando la película Spotlight (“En primera plana”) que revela la complicidad de la Iglesia Católica de Boston con los curas violadores de niños obtuvo el Oscar y es vista con el corazón apretado por millones de espectadores en los cinco continentes? Llama la atención que mientras las excelentes películas chilenas El bosque de Karadima y El club desnudan el tétrico mundo de los curas abusadores y el calvario de sus víctimas, nuestros cardenales, el italiano Ezzati y el chileno Errázuriz, parezcan vivir en otro planeta. En cambio, el ministro Frank-Walter Steinmeier fue directo: reconoció que había convocado a la reunión solemne en que pidió perdón por la pasividad de la diplomacia alemana ante los crímenes de Colonia Dignidad y prometió investigar los hechos después de haber visto la película Colonia, sobre el tema.
            La fuerza de las redes sociales es tanta, que para llegar al público después de ser basureado en el Congreso y a través de Facebook y Twitter por el diputado Gaspar Rivas, nuestro híper magnate Andrónico Luksic, principal propietario de Canal 13, prefirió formular su plañido en un video de YouTube con cortes encadenados que simulan la grabación de un celular, subido a la red según pretende que creamos por sugerencia de su hijo. Mezclado con la muchedumbre cibernética, Luksic dijo ser “un ser humano igual que todos”, para reconocer a continuación lo contario: “soy un poderoso”.
            Cada petición de perdón tiene su oportunidad, su puesta en escena, su fondo, su forma, su finalidad, su grado de sinceridad. Las más solemnes son las que se hacen para los libros de historia leyendo un texto a nombre del Estado, de un gobierno, una institución. Las de carácter individual más efectivas son las que se formulan reconociendo un error y pidiendo perdón sobre caliente, como hizo el senador Iván Moreira cuando estalló el escándalo del financiamiento de las campañas. Una petición de perdón apresurada fue la de la senadora Allende, que enfrentada a las cámaras en el Servel, asumió responsabilidad personal por un error que en realidad fue del conjunto de los partidos de la NM. En tribunales, las peticiones de perdón se negocian para obtener rebajas de penas a menudo a cambio de dinero.
            Hay peticiones de perdón condicionadas y con elástico, como la de la alcaldesa de Providencia Josefa Errázuriz, cuando se supo que había prestado el palacio consistorial para la boda de un pariente: “Si vieron en esto un abuso de poder (…) reitero mis disculpas”. El “si vieron” significa que a su juicio no hubo abuso, pero que si alguien por error lo estimó así, ella generosamente se disculpa. Como petición de perdón, las que van precedidas por un “si” son todo lo contrario: una reafirmación de lo dicho y lo hecho. Su valor es solo superior a la del cínico que pide perdón mientras cruza los dedos y se ríe del auditorio por dentro.

            La más perfecta petición de perdón de los últimos años es la que formuló derechamente y sin ambages el Rey Juan Carlos II de España, cuando se publicó la foto en que aparecía junto al cuerpo del elefante de cinco toneladas que acababa de cazar: “Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir”, dijo. En su gran mayoría, los españoles creyeron en la sinceridad del monarca y lo perdonaron. El único que no pudo perdonarlo fue el elefante.

28 de junio de 2014

El cardenal Ezzati y los obispos ultramontanos


Publicado en El Mostrador el 17 de junio de 2014

Al término de la ceremonia republicana del 21 de mayo, el recién nombrado cardenal Ricardo Ezzati sorprendió al país con su estrambótica, caricaturesca comparación del aborto terapéutico con la esterilización de mascotas. El tono y el gesto con que el jefe de la Iglesia Católica chilena, originario de Italia, desafió a la Presidenta, no se veían en Chile desde 1884 y 1885, cuando se aprobaron las "leyes laicas" en medio de una explosiva contienda religiosa. En contraste con ello, la separación de la Iglesia Católica y el Estado será pactada en 1925 con guante de terciopelo entre el gobierno de Chile y el Vaticano.

Los conflictos entre obispos y gobernantes habían sido recurrentes desde los primeros días de la Colonia y se prolongaron a lo largo del siglo XIX bajo la República. Los obispos “ultramontanos” ‒que en España desafiaban al rey y sólo obedecían al Vaticano situado del otro lado de las montañas alpinas‒ encontraron campo de batalla en la América hispana. Chile no fue una excepción.

En 1601, el obispo de Santiago fray Juan Pérez de Espinoza se trabó en furibundas reyertas con el gobernador Alonso de Ribera, al que fulminó con la excomunión. La Audiencia ordenó el arresto del obispo, que huyó en mula a lo que se conoce hasta hoy como la Quebrada del Obispo. Pérez de Espinoza entró en conflicto incluso con el licenciado Melchor Calderón, que a pesar de representar en Chile a la Inquisición era menos extremista que él.

Durante todo el período colonial se sucedieron los episodios de ese tipo, relacionados con el “patronato” que la Corona de España y sus representantes en América ejercían sobre la Iglesia Católica. Tanto en España como en las colonias, los obispos ultramontanos se resistían a acatar las decisiones del rey y sus representantes respecto del nombramientos de obispos y otras cuestiones eclesiásticas. A la vez, la Iglesia Católica se veía agitada internamente por el debate teológico acerca de la guerra de la Araucanía, en que el jesuita Luis de Valdivia preconizaba la guerra defensiva y el fin de los ataques contra los poblados mapuches.
Mientras el clérigo Juan Lobos, el más famoso de los curas-soldados, se jactaba de haber atravesado con su espada a decenas de indios, algunos sacerdotes seguidores del dominico Bartolomé de las Casas se negaban a dar la extremaunción a los soldados que caían combatiendo en “guerra injusta” contra los aborígenes. El fraile Juan Barba, el más famoso de los llamados sacerdotes “encaribados”, que se iban a vivir donde los indios, combatió enarbolando un crucifijo en una mano y en la otra una lanza junto al ñidoltoqui Pelantaro, que derrotó y dio muerte en Curalaba al gobernador Martín García Óñez de Loyola durante el “butamalón” de 1598 y destruyó las siete "ciudades de arriba", fundadas por los españoles en el sur.

Tras la Independencia de Chile y contra las pretensiones del Vaticano, los nuevos gobernantes sostuvieron que el patronato y las regalías en cuanto al nombramiento de los obispos, la carrera sacerdotal e incluso el recorrido de las procesiones pasaban de España a las autoridades de la joven República, y los conflictos entre los jefes civiles y eclesiásticos no tardaron en estallar. Fiel al laicismo de los tiempos, O’Higgins prohibió sepultar a los muertos en las iglesias y, por negar que los terremotos fueran castigo divino, fray Camilo Henríquez y sus seguidores eran tildados de “apóstoles del diablo” por el fraile ultramontano Tadeo Silva.

En la Iglesia Católica de esos días se enfrentaban el obispo Rodríguez Zorrilla, partidario vehemente de que Chile siguiera siendo colonia de España, y el obispo patriota José Ignacio Cienfuegos. Más tarde, los ultramontanos se opusieron a la obligación impuesta por el ministro conservador Mariano Egaña de que los conventos de monjas crearan escuelas de primeras letras para niñas, y los de sacerdotes, para niños. Cuando un general dispuso que, al presentar armas al paso del Santísimo, la bandera de Chile sólo se inclinara reverente, en lugar de tenderse en el suelo para que la pisara el sacerdote, el vicario reaccionó con furia.

Se sucedían los conflictos, como la célebre Cuestión del Sacristán bajo la Presidencia de Manuel Montt, mandatario conservador profundamente religioso. La expulsión de la catedral metroplitana del sacristán Pedro Santelices, acusado de apedrear la cúpula del templo y beber el vino consagrado, y la sentencia de la Corte Suprema que ordenaba reincorporarlo, seguida por la inminente detención del arzobispo ultramontano Rafael Valentín Valdivieso por incumplir el fallo, enconaron el ambiente. Tras la muerte de Valdivieso, las tensiones se siguieron caldeando cuando el gobierno propuso, para sucederlo, a Francisco de Paula Taforó, quien fue rechazado en Roma por causa de irregularidad ex defectu natalium, debido a que era hijo adoptivo “bastardo” de un comerciante italiano. El delegado papal Celestino del Frate, enviado a Chile en misión apaciguadora, fue expulsado del país por el Presidente Santa María, que retiró al embajador ante la Santa Sede, el escritor Alberto Blest Gana. El conflicto siguió escalando, Santa María impulsó las llamadas leyes laicas y ardió Troya.

La Ley de Cementerios Laicos eliminaba en los cementerios del Estado y las municipalidades la verja que separaba a los católicos de los “disidentes”, especialmente protestantes de familias inglesas, ante lo cual la Arquidiócesis declaró execrado, vale decir maldito, el Cementerio General. En la más pura tradición ultramontana, el senador Carlos Walker Martínez acusó a Santa María de perseguir a los muertos, cosa que –según él– ni Calígula ni Nerón habían hecho con los cristianos que lanzaban a los leones. La ley de matrimonio civil atribuía efectos civiles únicamente al matrimonio celebrado ante el oficial del registro civil o al matrimonio consumado ante una autoridad religiosa que se hubiese inscrito en dicho registro, a lo cual los ultramontanos respondieron con una cita de Pío IX que señalaba que una ley de ese tipo “iguala el concubinato al sacramento del matrimonio”. Contra la oposición de los parlamentarios conservadores y obispos ultramontanos, la ley que creó el Registro Civil puso en manos de esta flamante institución pública la inscripción de los nacimientos, matrimonios y defunciones que antes se hacía en las parroquias. Por entonces, en respuesta a los ultramontanos, los estudiantes de Derecho de la Universidad de Chile, elegantes hijos de familias acomodadas, desfilaban por la Alameda en apoyo de Santa María gritando: “¡No acepta lisonjas… ni de frailes ni de monjas!…”.

El siglo XX trajo la paz entre los pastores de Dios y los gobernantes terrenales de Chile. La separación de la Iglesia Católica –y todas las iglesias– del Estado, fue consumada sin estridencia ni conflicto en la Constitución de 1925 por el presidente Arturo Alessandri Palma, que durante su exilio en Europa había negociado en secreto con el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Gasparri. La separación convenía a ambas partes y se realizó con cirujía suave. Durante su gobierno, el presidente Pedro Aguirre Cerda, radical y masón elegido por el Frente Popular con participación de socialistas y comunistas, se entendió de maravillas con el cardenal José María Caro al impulsar las reformas que los tiempos reclamaban y potenciar la educación pública con el lema “gobernar es educar”. En los años 70, a pesar del fallido proyecto de la Escuela Nacional Unificada al que se oponía la Iglesia Católica, Salvador Allende contó con la mediación del cardenal Raúl Silva Henríquez en sus intentos de negociar con la Democracia Cristiana una salida a la crisis en que se hundía su gobierno. La acción del cardenal Silva Henríquez y una pléyade de obispos y sacerdotes en defensa de los derechos humanos bajo la dictadura es historia cercana y conocida.

Al retornar la democracia, el viraje hacia posiciones ultramontanas y su benevolencia con los sacerdotes pedófilos como Karadima han costado a la Iglesia Católica una caída abrupta de su prestigio entre la población. En el siglo XXI que va corriendo, cuando el gobierno de la Presidenta Bachelet se empeña en un paquete de reformas cuya necesidad salta a la vista, las palabras furibundas del cardenal Ezzati a la salida del Congreso Pleno y su alineamiento con la UDI resucitan los fantasmas de épocas que parecían superadas para siempre.