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1 de octubre de 2016

Augusto Pinochet, exterminador sistemático, acomplejado y vengativo

Adelanto del libro Pésima memoria
por Eduardo Labarca

EL MOSTRADOR
6 de octubre de 2016


            Refiriéndose a Augusto Pinochet, el general Tulio Marambio solía lamentarse:
            —Yo tengo la culpa de que este miserable haya llegado donde llegó.
            En Chillán, en sus últimos años de vida, Marambio contaba a mi tía y madrina Elvira Martín, que siendo él ministro de Defensa del presidente Eduardo Frei Montalva, a fines de 1968 la Junta Calificadora de Oficiales había impuesto al coronel Augusto Pinochet una nota insuficiente que lo obligaba a pasar a retiro... pero entró en acción doña Lucía Hiriart.
        —Vino a mi oficina, me tomó la mano y se hincó, sí, de rodillas en el suelo, y me rogó con lágrimas... y yo me apiadé y cedí, y ascendimos a su marido a general de brigada —contaba Marambio, quien en 1988, tratando de subsanar su error, llamará a votar “NO” en el plebiscito.
Hasta el 11 de septiembre de 1973, la carrera de Pinochet estuvo jalonada de promesas de lealtad y actos de servilismo como el protagonizado por doña Lucía, enviada por él a llorarle al general Marambio. Pero a partir del día del golpe, un Pinochet despiadado sacará las garras y mandará sistemáticamente a la muerte, uno tras otro, a los superiores a quienes poco antes obedecía y hacía la pata, y a chilenos sobresalientes como el ex ministro de Defensa Orlando Letelier, al que según los documentos desclasificados en Estados Unidos, mandó “personalmente” a matar. Esa nómina siniestra es la Lista de Pinochet de quienes debían morir como exorcismo del oscuro complejo de inferioridad que siempre lo había corroído.
Encabezaba la Lista, por supuesto, Salvador Allende, el presidente que lo había nombrado y al que había adulado y jurado lealtad hasta conseguir que lo ascendiera a general de división y finalmente lo nombrara comandante en jefe. La Lista incluía a dos ministros de Defensa a los que había obedecido haciendo genuflexiones, José Tohá y el mencionado Orlando Letelier, y a su antiguo superior, el general Carlos Prats, soldado culto y visionario que confió en él y propuso a Allende su nombre para que lo sucediera en la Comandancia en Jefe. Llegado a la cúspide del poder, Pinochet fue puliendo, ampliando y aplicando su siniestra Lista mientras el jefe de la DINA Manuel Contreras ponía en pie una escuadra asesina que viajará por Chile y el mundo para cumplir fielmente cada “contrato” del dictador, cuyo sicario estrella será el chileno-estadounidense Michael Townley.
Son conocidas las palabras que Pinochet dirigió al almirante Carvajal el día del golpe acerca del avión ofrecido para que el Presidente saliera del país: “Se mantiene el ofrecimiento... pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando”. Dado que se trataría de un avión de la Fuerza Aérea, más que expresar una intención real de derribarlo, la frase lanzada en tono de pachotada cuartelera constituye un acto fallido que deja al desnudo el ansia de Pinochet por ver muerto a Salvador Allende, del que se había despedido tres días antes, el sábado 8 de septiembre en La Moneda. En presencia del Director General de Investigaciones Alfredo Joignant, Pinochet había retenido la mano de Allende en su diestra y dándole con la izquierda golpecitos supuestamente afectuosos, le había dicho en tono zalamero:
—Descanse, Excelencia.
Al combatir en La Moneda y suicidarse en el Salón Independencia, Salvador Allende se convirtió en el primer integrante de la Lista de Pinochet junto a cuyo nombre el dictador pudo marcar una cruz.
En la ejecución de la Lista siguió cronológicamente un hombre que sin haber estado en el corazón del gobierno fue incluido por Pinochet por motivos de torvo resentimiento personal: el ingeniero David Silberman Gurovich, quien a los 35 años había sido nombrado por Allende gerente general de Cobrechuqui, el mineral de cobre de Chuquicamata nacionalizado.
David y yo nos conocimos en las Juventudes Comunistas. Duvi era un hombre alto y desgarbado, cuya sangre parecía circular más lentamente que la mía. Yo estudiaba Derecho en la ultrapolitizada escuela de Pío Nono, donde iba a clases con corbata y salía corriendo a presentar escritos o asistir a comparendos en los tribunales. En la escuela de Ingeniería, la de David, solo usaban corbata los profesores y todo era aparentemente más tranquilo: se hablaba de números, de fierros, de hormigón, y las salidas a terreno eran a fábricas y grandes construcciones. En ambas escuelas luchábamos por la reforma universitaria y cerramos filas con la "heroica" toma de la Escuela de Veterinaria, cuyos alumnos se negaban a seguir preparándose solo para atender perros y gatos y exigían que su carrera se volcara a la ganadería y al desarrollo de la producción animal que el país necesitaba. Allí, en esa toma y en las filas de la Jota, Duvi conoció a Mariana, hija y hermana de militares, la mujer que sería su compañera, esposa y, hasta hoy, su presunta viuda.
Cuando Allende puso a David a la cabeza de Cobrechuqui sus amigos y compañeros no dudamos de que por su inteligencia y sus sobresalientes cualidades de ingeniero, y por su carácter fuerte combinado con la serenidad con que enfrentaba las situaciones complejas, David Silberman sería, como en realidad lo fue, uno de los administradores más eficientes en el complejo de la gran minería del cobre.
Tras el golpe, en un remedo de consejo de guerra celebrado en Calama, David fue condenado a 13 años de cárcel y enviado a cumplirlos a la Penitenciaría de Santiago. Cuando la prensa y las radios dieron la noticia me hubiera gustado visitar al amigo, pero por esos días yo vivía de casa en casa mientras a la mía llegaban a buscarme patrullas de Carabineros, del Ejército, la Fuerza Aérea...
El 4 de octubre de 1973 David Silberman fue sacado de la Penitenciaría por sicarios de la DINA, llevado al centro de torturas de José Domingo Cañas y luego al campo de Cuatro Álamos, donde su rastro se pierde para siempre. En un intento por encubrir el crimen, la DINA hizo aparecer un cuerpo descuartizado en Argentina correspondiente supuestamente a Silberman, quien según esa versión habría sido “asesinado por un comando del MIR”. Las pruebas científicas demostrarán que se trataba de otra persona.
¿Qué importancia tenía David Silberman para que Pinochet ordenara secuestrarlo y asesinarlo, y que se realizara un operativo del otro lado de la frontera con el fin de despistar? Los hechos. Ambos, el gerente de Cobrechuqui y el jefe militar, habían participado en una reunión de autoridades de la época en la que  Pinochet formuló una afirmación que David Silberman consideró inoportuna y fuera de lugar. Silberman, hombre ingenioso y mordaz, respondió a Pinochet en forma aguda e irónica que dejó al general en ridículo. Sin saberlo, en ese momento David firmaba su sentencia de muerte. Pinochet no olvidará la afrenta y, como el capo mafioso que ha sido desafiado, encargará a Manuel Contreras que “lave” su honra torturando y haciendo desaparecer a David Silberman.
La Lisa de Pinochet ya estaba en marcha y tocará el turno a José Tohá, que había precedido a Letelier como ministro de Defensa de Allende entre el 8 de enero de 1972 y el 5 de julio de 1973. Tras permanecer como prisionero en isla Dawson, el 1 de febrero de 1974 Tohá fue trasladado muy debilitado al Hospital Militar donde murió el 15 de marzo. La dictadura dio la versión de un suicidio, pero los peritajes científicos demostraron que fue estrangulado por terceros según se consigna en el fallo del Ministro en Visita Jorge Zepeda.
Hombre afable y afectuoso, siendo ministro Pepe Tohá mantuvo una relación personal muy estrecha con Pinochet cuando este era  jefe del Estado Mayor del Ejército, vale decir el segundo hombre de la institución. El 29 de junio de 1973, fecha del llamado “tanquetazo”, Tohá era ministro de Defensa y el general Prats, comandante en jefe. Ese día Pinochet dirigió las fuerzas “leales” al presidente Allende que avanzaron hacia el centro e hicieron abortar el alzamiento del Regimiento Blindados número 2.
El matrimonio de Pepe y Moy y el de Tito y la Lucía compartían como amigos en encuentros sociales en los que el tuteo y las bromas eran frecuentes. Ante Tohá el general Pinochet juraba lealtad inquebrantable al gobierno de Allende, además de soplar a sus oídos “confidencias” y chismes sobre los demás generales. Frente al nombre de ese incómodo testigo de su servilismo, Pinochet, satisfecho, marcó en su Lista una nueva cruz.
Buen lector, pintor aficionado, poseedor de una maestría en Ciencias Políticas por la Universidad Católica y un doctorado por la Complutense de Madrid, el general Carlos Prats González era, en comparación con el militarote Pinochet, la cara opuesta de la medalla. Sus Memorias escritas en elegante prosa demuestran que se trataba de un militar culto y con sentido de la historia que hasta el último momento se esforzó por mantener el ejército cohesionado y buscar una salida política que evitara el golpe.
Durante el gobierno de Allende, Pinochet se desempeñó junto a Prats simulando compartir sus posiciones por lo que, al presentar su renuncia, Prats lo propuso como su sucesor. Tras la muerte del Presidente, en la Lista de Pinochet la gran figura a abatir pasó a ser el general Prats. En Buenos Aires, el 30 de septiembre de 1974, Townley y su mujer, la escritora Mariana Callejas, detonaban una bomba bajo el automóvil en que iban el antiguo comandante en jefe y sus esposa, Sofía Cuthbert.
Con el asesinato del matrimonio Prats-Cuthbert, Pinochet iniciaba una nueva fase en la implementación de su Lista: la de los asesinatos fuera de las fronteras de Chile. Con satisfacción marcó una cruz frente al nombre de su antiguo compañero de armas.
Dos meses después del asesinato de Prats, el 28 de noviembre de 1974, en el Hospital Militar moría en extrañas circunstancias el general Augusto Lutz, que en el alto mando se había opuesto a las actividades de la DINA, habiendo incluso grabado en secreto a  Pinochet cuando exclamó: "¡Señores, la DINA soy yo! ¿Alguien más quiere pedir la palabra?"
Antiguo jefe de inteligencia del ejército, Lutz se oponía abiertamente a las intenciones de Pinochet de instaurar un régimen militar prolongado. Al enfermarse, Augusto Lutz fue objeto de diagnósticos contradictorios y de varias intervenciones quirúrgicas, y finalmente murió de septicemia en el Hospital Militar, muerte que su hija atribuye a una infección inoculada deliberadamente. Con una cruz frente al nombre del general Lutz, Pinochet se aseguraba la fidelidad incondicional del alto mando.
Durante el gobierno de Allende, mientras Pinochet simulaba lealtad al Presidente, el general Óscar Bonilla aparecía dentro del ejército como la cabeza visible de los oficiales que se oponían al gobierno. Había sido edecán del presidente Eduardo Frei Montalva y se le consideraba cercano a la democracia cristiana.
El día 11 de septiembre de 1973, Bonilla era el general más antiguo después de Pinochet y se trasladó a la Central de  Telecomunicaciones en Peñalolén donde se instaló el puesto de mando del golpe. Estaba convenido que Pinochet llegaría a las 7.30 y que si algo le pasaba, el mando lo asumiría Bonilla. Pero a la hora indicada... Pinochet no llegaba... Cosa inconcebible de parte de un jefe militar en esas circunstancias, finalmente se apareció tan campante con diez minutos de retraso. ¿Qué había pasado? Pinochet quiso aprovechar esos minutos decisivos para observar si las unidades militares se estaban sumado al movimiento, pues para el caso de que no fuera así conservaría la posibilidad de echarse atrás, traicionar a los compañeros con quienes estaba juramentado y permanecer a la cabeza del bando "leal" a Salvador Allende.
Bonilla, ministro del Interior y luego de Defensa de la Junta, propiciaba un gobierno militar transitorio que organizara elecciones y garantizara los derechos de los trabajadores. Incluso se presentó por sorpresa en la Escuela de Ingenieros Militares de Tejas Verdes y allí, al comprobar las terribles torturas que se aplicaban, se enfrentó al entonces coronel Manuel Contreras.
Pinochet no tardó en incluir a Bonilla en su Lista personal de los que debían morir. El 3 de marzo de 1975, bajo la forma de un sospechoso accidente de helicóptero, el "contrato" contra el general Óscar Bonilla quedó cumplido y Pinochet pudo marcar una nueva cruz en su Lista.
Ese mismo año, 1975, Augusto Pinochet extendió al mundo su temeraria e insensata empresa criminal cuyo primer episodio extraterritorial había tenido lugar en Buenos Aires con el asesinato del general Prats. Su odio se concentraba ahora en aquellos destacados chilenos que denunciaban en el ámbito internacional sus actos criminales. Encabezados por Hortensia Bussi, la viuda de Allende, eran recibidos por gobernantes y figuras mundiales, y en las Naciones Unidas, instancias a las que Pinochet, aislado internacionalmente, jamás habría podido acceder. De ahí sus odio, su envidia, su rencor.
El 6 de octubre de 1975, la escuadra asesina debutó en Europa, donde un grupo terrorista italiano encabezado por Stefano Delle Chiaie, con el que Townley tenía un pacto criminal, baleó en la cabeza en su domicilio de Roma al dirigente democratacristiano Bernardo Leighton, quien sobrevivió al atentado con graves secuelas. Leighton, fundador de la Falange y del Partido Demócrata Cristiano, ex ministro y ex parlamentario, había encabezado el Grupo de los Trece dirigentes del PDC que el primer día condenaron el golpe militar, y se había convertido en un activo opositor a la dictadura. Frente al nombre del sobreviviente Bernardo Leighton, Pinochet no pudo marcar una cruz completa.
Se sabe que en la Lista de Pinochet figuraban también el dirigente socialista Carlos Altamirano y el intelectual y político comunista Volodia Teitelboim, ambos con gran presencia internacional, que se salvaron gracias al azar.
Al año siguiente, el 21 de septiembre de 1976, los asesinos encabezados por Townley fueron enviados a Estados Unidos: en la Lista de Pinochet era el turno de Orlando Letelier. Pinochet conocía a su nueva víctima de muy cerca. Aunque en medio de la crisis que atravesaba el país solo había alcanzado a ejercer como ministro de Defensa de Allende durante los 19 días que precedieron el golpe, la relación de Letelier con Pinochet, comandante en jefe del Ejército, había sido intensa.
Después de permanecer en el campo de prisioneros de Isla Dawson y salir al exterior, Letelier se convirtió en Estados Unidos y a escala internacional en una de las figuras del exilio chileno más conocidas y escuchadas, con acceso directo a varios gobiernos, incluido el norteamericano. Mientras a Pinochet los gobernantes extranjeros le volvían la espalda, Letelier gozaba de prestigio en los más importantes ámbitos académicos y políticos.
No es de extrañar que el Rojo Letelier, hombre culto, apuesto y elegante, que recorría el mundo haciendo campaña contra Pinochet y su régimen represivo, haya concitado el odio del oscuro oficial de infantería que había ascendido lamiendo culos. Ese resentimiento rumiado a lo largo de tres años llevó al tirano a ordenar uno de los actos más brutales e insensatos en la ejecución de su Lista personal: el atentado terrorista que acabó con la vida de Letelier y su secretaria Ronni Moffatt nada menos que en el corazón de Washington, la capital de Estados Unidos, el país que había movido todas sus fichas a favor del golpe militar contra Allende.
Si su finalidad hubiera sido dañar definitivamente las relaciones de Estados Unidos con su régimen, Pinochet no habría podido idear algo más eficaz. Es cierto que Orlando Letelier había contribuido a alinear a la opinión publica mundial y norteamericana contra la dictadura militar, pero tras su asesinato esa mañana del 21 de septiembre de 1976 la condena contra Pinochet se multiplicó en Estados Unidos y el mundo entero y la balanza terminó de cargarse drásticamente y sin contrapeso contra el criminal que lo había mandado a matar.
Para el atentado contra Orlando Letelier, la DINA y Townley, que en Roma habían reclutado a fascistas italianos, esta vez tuvieron la colaboración de un grupo de extremistas cubanos encabezados por Virgilio Paz Romero, que fueron quienes detonaron la bomba. Como parte del Plan Cóndor, de coordinación de los aparatos criminales de las dictaduras militares del Cono Sur latinoamericano, Pinochet y la DINA recurrieron a los bajos fondos del terrorismo mundial de ultraderecha para consumar el asesinato de líderes chilenos.
El 22 de enero de 1982, en la Clínica Santa María moría el ex presidente Eduardo Frei Montalva. Aunque inicialmente había apoyado el golpe, andando el tiempo Frei desafió a Pinochet y se puso públicamente a la cabeza de la corriente política que reclamaba un retorno a la democracia. Tras una operación de hernia al hiato sin mayor gravedad, el ex Presidente falleció en forma inesperada durante su hospitalización. Los exámenes toxicológicos de sus restos han descubierto trazas de mostaza sulfúrica, talio y sarín, poderosos venenos que demostrarían que fue asesinado. Su fallecimiento trajo alivio a Pinochet, que pudo marcar una cruz frente a su nombre.
La Lista de Pinochet —al menos la que se ha logrado reconstruir— se había iniciado con el nombre del ex presidente Salvador Allende y se cerraba con el nombre de Eduardo Frei, un ex presidente. Habiendo muerto Manuel Contreras, no queda nadie que pueda revelar la totalidad de los nombres que la integraban y los de aquellas víctimas cuyo asesinato se debió a un “contrato” personal del dictador sin que hasta ahora se hayan encontrado pruebas.
El agente del FBI Gregg O. McCrary, especialista en perfiles criminales, afirmó. “A los asesinos en serie les gusta tener el control sobre la vida y la muerte de la gente. Juegan a ser Dios. Es la megalomanía en máximo estado”. Hoy está claro: nuestro país fue gobernado durante diecisiete años por un obseso asesino que se sentía con derecho a disponer a su antojo y sin dar cuenta a nadie de la vida de sus compatriotas dentro y fuera de Chile.


Mónica González: secuestrada en México, amenazada en Chile


por Eduardo Labarca
EL MOSTRADOR
11 de agosto de 2016

            La escalofriante experiencia vivida por la periodista Mónica González en México ha tenido en Chile réplicas alarmantes. En las redes sociales de nuestro país, ese territorio libre y dinámico donde las causas sublimes se codean con las manifestaciones más bajas, el secuestro de Mónica ha sido aprovechado por un sinnúmero de compatriotas para salir de las cloacas a verter su veneno contra de la periodista.
Quizás lo que más conmueve en el relato de Mónica es que mientras vivió su pesadilla, antes que velar por su propia seguridad puso toda su empeño en proteger y salvar a la nieta que la acompañaba. Conmueve también que hasta hoy Mónica no pueda asegurar tajantemente quiénes eran sus secuestradores. ¿Fueron los crudelísimos Zetas o alguien que tomó su nombre para aterrorizarla y extorsionarla? Fuera como fuese, la periodista no tenía cómo comprobarlo –los secuestradores no le mostraron sus documentos de identidad ni le dieron su RUT– y hubo de plegarse a sus exigencias ante todo para proteger a la niña que tenía a su cargo.
Cuando más de algún cibernauta chileno hace mofa respecto del suceso y asegura por tincada o mala leche que no fueron los Zetas, podemos imaginar el caso de una mujer que padece un portonazo y entrega las llaves de su 4x4 sin saber si el encapuchado que la encañona pertenece a una banda homicida y la pistola tiene bala pasada o si es un adolescente de 14 años empuñando una pistola de plástico. En ambos casos, el de Mónica y el de la automovilista, el sentido común y la experiencia recomiendan no oponer resistencia.
            Por fortuna, nieta y abuela no terminaron descuartizadas como otras víctimas de los Zetas y el episodio tuvo un final “feliz”, si es que puede usarse esta palabra para una situación traumática de ese tipo. Sin embargo…
            Sin embargo, ¿quién podía imaginar que habiéndose liberado las secuestradas sanas y salvas y encontrándose lejos ya de San Cristóbal de Las Casas y del territorio chiapaneca donde moran los Zetas, Mónica haya aterrizado en medio de otra jungla. La jungla de nuestros compatriotas, hombres y mujeres que aquí en Chile se regocijan ante el acto criminal cometido por narcos o mafiosos mexicanos contra una mujer chilena y la nieta que llevaba a que conociera México.
No es preciso que vayamos a una población violenta o a la cárcel de Colina II, no, esa jungla y esas fieras son personas “honorables” que transitan entre nosotros, por nuestros caminos y nuestras calles. Sin correr riesgo alguno, vacían su bilis en los comentarios que suben con orgullo a las ediciones en línea de El Mercurio, perteneciente al magnate Agustín Edwards, y La Tercera, de Álvaro Saieh, que se cuentan entre los hombres más ricos de Chile. Existen ciertamente la libertad de prensa y la de las redes, y un medio digital no es responsable de lo que opinan sus lectores, aunque habitualmente tienen moderadores que filtran los mensajes. En este caso, los comentarios publicados sin censura, que en su mayoría atacan a Mónica González, tienen la virtud de que nos permiten asomarnos a un mundo lamentable pero real que no vemos en la televisión ni en la prensa de papel.
Muchos de esos comentarios despiertan inquietud por el futuro de un país donde nos codeamos sin saberlo con personas que se refieren en términos simpáticos a los Zetas y expresan odio visceral hacia una mujer, una periodista chilena corajuda que ha desempeñado un papel relevante en la investigación de los crímenes de la pasada dictadura y en el destape de la corrupción de las élites financieras y políticas del país. Quienes escriben esos comentarios bajo nombres generalmente ficticios nos recuerdan demasiado el tono del periodismo oficial, del que formaban parte El Mercurio y La tercera en los años de la dictadura de Pinochet.
En este punto, en vez de seguir escribiendo he decidido esfumarme y dejar que hablen ellos mismos, los comentaristas del odio, porque leer lo que escriben puede servirnos de alerta y antídoto para que no olvidemos que junto a nosotros circulan personas de esta calaña. Aquí van algunos, solo algunos, de esos comentarios aparecidos el martes 9 de noviembre, sin corregir la ortografía ni cambiar una coma.

LA TERCERA ONLINE, periódico del grupo COPESA, perteneciente a Álvaro Saieh. Curiosamente, el centro de investigaciones periodísticas CIPER, dirigido por Mónica González, funciona bajo el alero de ese grupo, cuyo diario publica los comentarios más amenazantes. Cito solo algunos de un total de 118 comentarios:

palote verde: Que lata que hayas sobrevivido vieja upienta... A la proxima sera y a la primera 1 solo plomazo y BASTA....!
manuel antonio gomez muñoz: Huele a humo, quiere un cargo ya que andan desesperados buscando adeptos, los zetas la habrían dejado charqui, puro cuento.
Mane Guzman Ruiz: que chanta la historia! ni su amigo el embajador le cree! al parecer esta señora de hoteles cinco estrellas quería pantalla! mucho tequila eñora!
Sergio Hermógenes Feliú Justiniano: Pero la dejaron ir al saber que poderosa Comunista.
Justo Claro: Yo creo que la marcaron por su cara de cuica, encopetada, rubia teñida y enjoyada que andaba disfrutando en hoteles de 5 estrellas. Son los riesgos del lujo capitalista, señora.
Junco Yop: Le faltaba prensa a la señora. A lo mejor quiere ser ministra.
Cristián de la Maza: En un tiempo mas, cuando necesite publicidad, dirá que la secuestraron los marcianos !!
Miguel Luis Ovalle Ortúzar: Que seguridad tiene que fueron " Los Zetas ", los que llevaron a cabo esta historia? Los Fusileros que intentaron matar al Presidente Pinochet, si fue cierto. Pero esta periodista investigadora posee un don especial para siempre ENLODAR sin pruebas aún establecidas, hechos de una barata película. Veremos qué saca en limpio el abogado Foulloux.
daniel diaz: Los secuestradores se aburrieron de escucharla y paragaron para que alguien la viniera a buscar.
alberto garcia: como tan wueona de irse a pasear a Mexico....todos los dias aparecen cuerpos desmembrados.
kike Kike: Por asquerosa y fea la devolvieron.
Miguel Luis Ovalle Ortúzar: Es tal el narcicismo y egocentrismo de esta mujer, sumado al intrincico odio que mantiene hacia los militares, que no le creí absolutamente nada. Tampoco me parece procedente que infunda terror a los turistas.
Marcelo Retamal Orellana: Que le avise al ministro corrupto carroza para que le paguen una cantidad de millones y que carroza abra un proceso y de ahí le regalan un puesto en la moneda, mula, chanta, picante no te cree nadie.
Marcelo Retamal Orellana: No te cleo dijo el chino, lo mas raro que nunca se supo nada esto me huele a chanchullo para algún pituto, yo creo que andaba de parranda con sus compadres del PC y terminó el viaje y quiso inventar un cuento para esto que habla, mas falsa que beso de chei.

EMOL, cito algunos de un total de 153 comentarios, varios de ellos premiados con más de 50 “me gusta”:
Juan Totedo: La vida de estos izquierdistas traumados; viven como reyes, se pasean por el mundo, disfrutan a todo chancho; y el pueblo -que dicen defender- tiene que salir a la calle por la pensiones. Se les perdió la moral.
Alex Kollmeier: Seguro la ayudó el Padrino GIRARDI con sus conexiones narco. Ahora le debe un favor más...
Claudio Alva: La soltaron por desagradable.
Carlos Sanhueza Hidalgo: Vieja comunacha deberian haberla dejado por allá.
Lola Mento: No es raro que esta mentirosa culpe al General Pinochet.
Christian Huettenrauch: La beca del General le sirvió a esta zurda. Aprendió francés.
Pedro Alfonso: Tipica Whyskerda, pero además Rubia teñida, hablando en frances y en un 5 estrellas......impresentable.
Pasteleriadefabian Vargas: Pinochet jue ..¡¡¡ descubrio esta mina que no esta muerto ..y se econde por alla.
Eduardo Torres: Exacto..., y andaba acompañado del mamo...
John Smith: Nah… Los guardias de la playa la sacaron porque estaba hablando muchas hu=vadas.
Rafael Andres Vargas Miranda: le pasó por vacacionar como facho... los zetas prefieron devolverla.
Ricardo Plaza: vieja mentirosa necesita estar en la noticia , peor estan en Chile con los portonasos y lo juecesillos a favor de los delincuentes , que se regrese a Francia vieja comunacha.
Juan Claudius: Si es verdad lo del secuestro, los secuestradores no soportaron a esta vieja comunista y latera, que la soltaron lo antes posible.
Pedro Quiros: De algo que sirva la alianza entre la izquierda y los narcos ??!!! Qué bueno que no les pasó nada los Zs son la peor escoria de latinoamerica.

Gonzalo Azocar: Porque no la dejaron alla.

Un cafecito con Juan Emilio Cheyre y el destape de los esqueletos

Adelanto del libro Pésima memoria 
por Eduardo Labarca
EL MOSTRADOR
25 de julio de 2016


Escribo en momentos en que el general Juan Emilio Cheyre, el comandante en Jefe del Ejército que marcó distancia con la herencia de Pinochet, lo está pasando mal, muy mal. Después de retirarse, Cheyre inició un exitoso recorrido como académico universitario y hombre público, y llegó a ser presidente del Servicio Electoral. Hoy, los dos edificios de su vida, el militar y el civil, le han caído encima. Mientras escribo se halla en libertad bajo fianza, tras haber pasado varios días en prisión preventiva en una unidad militar. Sus esqueletos le han dado alcance…
En julio de 2005, cuando Cheyre comandaba el Ejército en gloria y majestad, lo visité en su oficina para hablar de un asunto delicado. A la periodista Claudia Cento del diario La Segunda le conté: “El contacto lo hizo un amigo mío y él (Cheyre) se mostró dispuesto a recibirme desde el primer momento. Fui a su despacho en la calle Zenteno. Fue amable y su personalidad me impresionó”. El amigo que gestionó la reunión era Osvaldo Puccio Huidobro, entonces ministro del Presidente Lagos. Osvaldo estuvo con su padre en La Moneda durante el bombardeo y fue llevado prisionero al mismo edificio en que Cheyre me recibía ahora y, luego, a la isla Dawson.
¿Qué hacía yo en ese lugar? Había ido a destapar mis esqueletos, como decíamos desde el caso macabro de Roberto Haebig que estalló en 1961. 
Haebig, un chileno alto y anguloso, de origen alemán, había recorrido el mundo y llegado a ser en Hollywood el doble de Boris Karloff en la película Frankenstein y otras cintas de terror. En el patio de su casa de Dardignac 81, en el barrio Bellavista, hizo una excavación en la que aparecieron osamentas humanas. El propio Haebig llamó a la policía y a los periodistas para que observaran su descubrimiento, restos –según él– de un cementerio indígena como demostraban varios fragmentos de vasijas y tejidos que exhibió diciendo haberlos encontrado en el lugar. 
Sin embargo, al cabo de una acuciosa investigación, los astutos detectives de Investigaciones descubrieron que se trataba de los huesos de Leonidas Valencia Chacana y Milo Montenegro Lizana, dos turbios personajes con quienes el dueño de casa traficaba en antigüedades y joyas robadas, desaparecidos un par de años antes. 
Roberto Haebig los había asesinado fríamente en días diferentes con sendos balazos en la nuca y los había enterrado en su propio jardín. ¿Por qué Haebig destapó los esqueletos? La pregunta estaba en el aire y fue agarrada al vuelo por el diario Clarín, que encabezó con ella un famoso concurso para aclarar el enigma, al que llegaron cientos de cartas con las teorías más variadas que los lectores devorábamos ávidamente.
Dese el día en que llegué a destapar mis esqueletos donde el comandante en Jefe han transcurrido más de diez años; hoy los esqueletos de Cheyre salen a la luz, pero no es él quien los destapa sino la justicia. Los míos, en cambio, los destapé yo por iniciativa propia, como Haebig, con la diferencia de que al hacerlo dije la verdad y asumí todas mis responsabilidades. La “data” de los esqueletos de Cheyre y la de los míos se sitúan en la década del 70 del siglo pasado, con dos años de diferencia: el teniente Cheyre actuó en 1973 y el periodista Labarca, en 1975.
Los esqueletos personales que destapé a las 10 de esa mañana de 2005 en la oficina del general Cheyre tenían que ver con un libro. 
Sucede que mientras permanecí en la antigua Unión Soviética como periodista del programa 'Escucha Chile' de Radio Moscú, escribí un supuesto diario del general Carlos Prats, ex comandante en Jefe del Ejército, que había sido asesinado junto a su esposa en Buenos Aires por los sicarios de Pinochet. Podría haber sido una buena obra de ficción si no fuese porque el propósito era presentar ese “diario” como auténtico, lo que se consiguió exitosamente, tanto que la editorial Fondo de Cultura Económica de México lo publicó de buena fe con el título Una vida por la legalidad. El libro tuvo enorme repercusión internacional, con reseñas en The New York TimesLe Monde y otros medios de información. En Chile apareció una edición clandestina.
Podría decirse que mi intención había sido “positiva”, pues se trataba de debilitar a la dictadura de Pinochet que tantos crímenes estaba cometiendo, entre ellos, el asesinato terrorista en Argentina del matrimonio Prats-Cuthbert con una bomba colocada en su automóvil. Se rumoreaba que después de ese crimen abominable los asesinos habían penetrado en la casa del general y su mujer en Buenos Aires y robado el original de las memorias que Prats estaba escribiendo. Desde cierto punto de vista, el diario apócrifo aparecía como una forma de llenar un vacío y reivindicar la memoria del general asesinado.
La iniciativa no había sido mía. Un compañero del Partido Comunista de Chile, al que yo pertenecía, me entregó en Moscú un legajo escrito a máquina. Ese compañero, al que llamaré “X”, me dijo: “Dale una mirada”. Al ver el nombre del autor creí que se trataba del diario verdadero del general Prats, pero después de leer en mi casa tres o cuatro páginas burdas y mal escritas comprendí que era una falsificación. Se lo dije a X y él me preguntó: “¿Puedes arreglarlo?”. Le respondí: “Imposible, no tiene arreglo”. “¿Y escribirlo de nuevo?”. Mi respuesta instantánea fue afirmativa. Ahí empezó todo.
Por fidelidad al personaje, me zambullí en el tiempo y las declaraciones del general asesinado y, durante varias semanas, yo, que no había hecho siquiera el servicio militar ni puesto nunca mis pies en un cuartel, viví, dormí, pensé, caminé por las calles nevadas de Moscú palpitando, sintiendo, pensando como él, vibrando con sus inquietudes, sueños, angustias, frustraciones: fui Carlos Prats González. 
Aunque impresentable, el borrador recibido contenía fechas y datos de la vida de Prats y abundantes frases suyas que alguien había sacado probablemente de la prensa y que me facilitaron la tarea. En la radio me tomé varias semanas libres y trabajé de día, noche y madrugada en mi casa de la calle Vavílova con una máquina de escribir portátil marca Erika con teclado francés, a la que un mecánico agregó la letra eñe. Al cabo de un tiempo el trabajo estaba terminado.
Entregué mi obra a X y, según supe después, el original fue llevado a México por el economista Marco Colodro, que se hallaba de paso en la URSS y su autenticidad fue avalada ante la editorial por la viuda de Allende, Hortensia Bussi. Entiendo que tanto Colodro como Tencha actuaron de buena fe, pues sin ningún respeto hacia ellos se les aseguró que el diario era verdadero. El éxito fue rotundo, miles de lectores lo creyeran auténtico y me sentí excitado por haber participado en una operación de propaganda negra digna de una novela de John le Carré. Mi pluma y mis capacidades camaleónicas habían dotado de credibilidad a Una vida por la legalidad.
En 1985, cuando el diario apócrifo llevaba casi diez años circulando sin que nadie hubiera objetado su autenticidad, aprovechando que en Chile se suavizaba la censura, la editorial Pehuén publicó un grueso tomo de más de 600 páginas: las memorias verdaderas del general Carlos Prats, que sus hijas habían rescatado en Argentina. En el prólogo las hijas descalifican el "libro apócrifo que alguien escribió en México”. Con el tiempo, el diario falso fue pasando al olvido sin que hubiera indicio alguno acerca de quién pudo haberlo escrito. Del mismo modo que los esqueletos del general Cheyre, los míos parecían enterrados para siempre. ¿Para siempre?
Mi visita al general Cheyre fue parte del desentierro de mis esqueletos.
Amable y protocolar, el comandante en Jefe me preguntó si quería un café. En ese instante mi mente saltó a un hecho que me había relatado con sonrisa irónica el embajador peruano Oswaldo de Rivero Barreto en Europa. Siendo un joven diplomático, De Rivero había acompañado en Santiago al ministro de Relaciones Exteriores de su país en una visita a Pinochet. Al igual que Cheyre ahora, el dictador les había ofrecido un café. Los visitantes aceptaron y con sorpresa vieron entrar a un mozo de guante blanco con una bandeja en la que traía las tazas, una jarra de agua caliente, el azucarero y… un tarro de Nescafé con su etiqueta. Junto al general Cheyre esperé resignadamente el Nescafé de la Comandancia en Jefe, pero tuve el agrado de recibir y compartir con mi anfitrión un auténtico café de grano con galletitas. No solo en temas castrenses Cheyre se había distanciado del pinochetismo…
Volvamos atrás… En los primeros meses que siguieron a la publicación del “diario”, me sentí orgulloso. Más tarde, absorbido por nuevas urgencias, llegué a olvidarme casi del asunto y mis esqueletos habrían quedado enterrados eternamente si no fuera porque… Si no fuera porque, a medida que pasaba el tiempo, y especialmente tras la aparición de las memorias auténticas de Prats, comencé a cuestionarme acerca de mi labor de escriba falsario. 
Es cierto que en 1975, cuando redacté el “diario”, vivíamos en plena tragedia, nuestros amigos eran detenidos, torturados, asesinados, hechos desaparecer. Actuábamos con urgencia y desesperación, teníamos que hacer algo, lo que fuera, cualquier cosa para denunciar la matanza y salvar vidas… y el “diario” fue una de las cosas que hicimos. Sin dudarlo, intuí en ese tiempo que el “diario” podía influir en los militares, debilitar su apoyo a la dictadura, contribuir a un quiebre de las Fuerzas Armadas.
Los opositores al dictador teníamos derecho a interpelar a los militares y a invocar al general Prats para mostrarles que había un camino diferente al de la represión. Estábamos terriblemente golpeados, obsesionados, angustiados. Para exaltar la figura del general Prats podríamos haber publicado una biografía o una selección de documentos suyos o testimonios acerca de él. Pero que hubiéramos incurrido en una falsificación con ese fin era una cosa diferente y con el tiempo llegué a la conclusión de que, al hacerlo, habíamos estado bastante desquiciados. Las preguntas que empezaban a rondarme por oleadas iban en aumento.
El general Prats, con el que yo había intercambiado un par de saludos y algunas palabras, había sido leal con Allende y, más que con el proyecto de la Unidad Popular, con la Constitución. ¿Había sido yo leal con él al colgarle un “diario” después de muerto, por mucho que la intención haya sido estigmatizar a sus asesinos? ¿Era aceptable que un movimiento político o una persona como yo se arrogara el derecho a apropiarse de la memoria de un ser humano, a manipularla, a suplantar a esa persona después de su muerte atribuyéndole actos y pensamientos en aras de una causa, por justa que fuera?
Por cierto, los criminales eran quienes habían quitado la vida al general Prats, pero a la sombra de ese asesinato yo me había disfrazado con la identidad de la víctima para utilizar su nombre y su prestigio en la cruzada contra Pinochet. Aunque de mucho menor gravedad que un asesinato, en estricto derecho ‒y no en vano soy abogado‒ mi acto también había tenido carácter delictual, y en mis noches de insomnio llegué a comparar mi actuación con la del ladrón que entra a la casa de la persona asesinada y se apodera de sus bienes ‒en este caso el nombre, el honor, la fama, la palabra del general Carlos Prats– para utilizarlos sin escrúpulos.
Desde el fondo de mi subconsciente la verdad pugnaba por salir y consulté a algunos amigos: todos me recomendaron que guardara silencio para siempre. Finalmente, en forma sublimada, el antiguo episodio afloró en mi novela Cadáver tuerto, publicada en 2005 y premiada como la mejor de ese año por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura.
En dicha novela, cambiando los nombres y las circunstancias, el tema de la falsificación del diario de un general asesinado ocupa ocho páginas. Se trataba de una confesión velada hecha sobre todo para mí mismo. Sin embargo, no quise que las hijas del general Prats pudiesen deducir mi participación en el asunto al leer la novela y pedí consejo a mi amigo Isaac Frenkel, abogado respetado y de buen criterio.
Issac habló con Sofía, la hija mayor de Prats que estaba por viajar de embajadora a Grecia y le anunció que mi novela venía en camino, y que me hallaba dispuesto a asumir mi responsabilidad. Más tarde, desde Viena, la ciudad en que residía, viajé a Atenas a entrevistarme con la embajadora Prats Cuthbert y me excusé ante ella. En Chile también me excusé ante María Angélica y Cecilia, las otras hijas del matrimonio Prats-Cuthbert. Fueron momentos tensos para mí, pero creo que sobre todo para ellas.
Aunque mi revelación les trajo el alivio de conocer por fin el origen del diario apócrifo de su padre, percibí que mi aparición las hacía revivir el episodio de esa publicación que había añadido un factor ingrato al terrible dolor que las embargaba. Me trataron con cortesía, pero era evidente que mi presencia les resultaba antipática, lo que me pareció entendible.
Años más tarde, un día en que visité la casa de Tomás Moro 200 que fuera residencia del Presidente Allende, un artista, que restauraba el escudo chileno esculpido a la entrada por María Martner con piedras del país, reaccionó con gestos de molestia al verme. Era Francisco Cuadrado Prats, el nieto del general Prats que en el velorio de Pinochet escupió sobre el féretro del dictador que mandó matar a su abuelo, al que era muy apegado. El escultor soltó las herramientas, me miró y se alejó indignado por la calle…
Cuando apareció mi novela, Pedro Pablo Guerrero, perspicaz periodista de la 'Revista de Libros' de El Mercurio, no más leer Cadáver tuerto sospechó y me llamó, y le confesé la verdad. Así me lancé a la piscina vacía y el tema estalló públicamente.
A esa altura también me excusé ante la editorial mexicana que había publicado el “diario” y frente a quienes lo habían leído creyéndolo verdadero. Las patadas me llovían de todos lados. Un dirigente comunista chileno afirmó que mis afirmaciones formaban parte de una conspiración contra el Partido Comunista y que me encararían cuando regresara a Chile desde Europa, donde nuevamente me encontraba.
Volví, les avisé que estaba de regreso, ningún representante del partido se acercó a mí. Era obvio que las averiguaciones que entretanto habían hecho los convencieron de que yo había dicho la verdad. Como parte del precio que pagué por mi decisión, varios compañeros por los que tenía afecto no entendieran mi gesto y estimaran que yo había sido desleal, y así perdí a algunos amigos.
La verdad es que con la revelación de algo que nadie sospechaba y que, como sucedió, solo me acarrearía problemas, yo había querido ser leal, leal con la memoria del general asesinado y conmigo mismo. Lejos de ser una confesión de culpabilidad al estilo cristiano, mi acto estuvo movido por el afán de restablecer la verdad sobre un episodio pequeño pero significativo de la historia de ese período doloroso.
Desde la vereda de enfrente, en algunos medios de prensa se afirmó que el diario apócrifo había tenido por objeto dividir a las Fuerzas Armadas y favorecer una guerra civil. Cristián Bofill, director del diario La Tercera, tomando pie en el argumento de mi novela, insistía en que yo había escrito el “diario” por orden del Partido Comunista, concretamente de Volodia Teitelboim, el máximo dirigente del partido que en 1975 estaba en Moscú. Reiteré una y otra vez que asumía toda la responsabilidad y que no daría el nombre de X, pues si yo había esperado treinta años para destapar mis esqueletos, no tenía el propósito de “delatar” a los demás involucrados u obligarlos a que se tiraran junto conmigo a la piscina y destaparan los suyos. Cada cual haría lo que estimara conveniente.
En cuanto a la “orden” que supuestamente habría recibido, desmentí reiteradamente a los periodistas de La Tercera que me acosaban: nadie me dio una orden, X solo me preguntó si podía hacerlo y respondí que sí. En caso de que hubiera dicho que no, el asunto habría quedado ahí y no habría pasado nada. La siniestra “orden del Partido” en que insistía Bofill solo estaba en su imaginación.
Además, el “diario” no era una obra que pudiera escribirse por orden superior. Requería ciertas cualidades y capacidad de inspiración, y hasta hoy estoy convencido de que yo era la única persona, al menos en ese medio, capaz de producir un diario apócrifo que engañara a todo el mundo, incluso al ex embajador de Estados Unidos en Chile Nathaniel Davis, que en un libro le dio pleno crédito.
En cuanto a Volodia Teitelboim, aunque nunca avalé la acusación de que él hubiese sido X, la idea caló hondo debido al parecido que algunos le encontraban con el Pope, personaje que en el libro dirige la falsificación de un diario. La situación lo afectó bastante en momentos en que enfrentaba una complicada situación familiar y problemas de salud.
Mientras el general Cheyre y yo conversábamos tomando café, yo desenterré mis esqueletos pero él mantenía cuidadosamente los suyos bajo tierra. Guardando las proporciones y distancias, el Partido Comunista y el Ejército eran, cada uno a su manera, organizaciones disciplinadas capaces de mantener secretos. Yo había pergeñado el “diario” a mediados de la década de 1970, cuando los militares chilenos disponían impunemente de la libertad de las personas, encarcelándolas; de su integridad física, torturándolas; de su vida, quitándosela.
Cuando iniciaba su carrera militar, el teniente Cheyre prestaba servicio en una de las unidades donde aterrizó la siniestra Caravana de la Muerte. En esas circunstancias Cheyre cumplió sus tareas con eficiencia y discreción, tal como hará a lo largo de toda su vida militar. Los testigos han declarado que actuó como carcelero e interrogador, y corresponderá a los tribunales determinar si participó en las torturas y colaboró en los asesinatos.
¿Pudo Cheyre haber destapado sus esqueletos como yo, haber contado lo que hizo y lo que vio, haber prestado testimonio acerca de los crímenes cometidos en su unidad militar? ¿Pudo asumir sus propias responsabilidades? Sí, por ejemplo pudo advertírselo a Ricardo Lagos cuando le ofreció la Comandancia en Jefe, pero en ese caso el Presidente no habría podido nombrarlo y su carrera habría llegado hasta ahí.
Esa carrera, que continuó a lo largo de muchos años, ha sido alcanzada ahora por los antiguos esqueletos y Juan Emilio Cheyre corre el peligro de perder lo que había construido meticulosamente: la imagen del soldado que dio la espalda al pinochetismo, su prestigio académico, su puesto de árbitro electoral en el Servel.
Al destapar los esqueletos siempre se pierde algo. Haebig fue a dar a la cárcel por dos asesinatos. Cuando destapé los míos, alguien sugirió que me quitaran el premio otorgado a la novela en que revelé veladamente el asunto y me obligaran a devolver el diploma y el dinero, lo que afortunadamente no sucedió. Si años atrás Cheyre hubiera destapado los suyos, no habría subido tan alto… pero su caída no sería hoy desde tan arriba y tan estrepitosa. Como compensación, habría estado en paz consigo mismo, al igual que he estado yo desde el día en que lo fui a visitar.
Al escribir el “diario” actué imbuido de la lógica política y sus técnicas de manipulación, encubrimiento, falsedad. Anidaba en nosotros, en mí, una arrogancia peligrosa, hasta el punto de sentirnos y sentirme con derecho a decidir por los demás y a hablar por otra persona, como había sucedido en este caso.
Aunque el Partido Comunista de Chile era una organización humana y fraternal, formábamos parte de un movimiento que se identificaba con la Unión Soviética, donde se habían cometido horribles persecuciones y masacres y los esqueletos caminaban por las calles.
Fue allí, en Moscú, donde escribí el “diario”. Hubo de pasar el tiempo y tuve que sumergirme en un mundo aireado y diferente, el de la creación literaria, para que el residuo de la añeja historia del diario apócrifo me inspirara las páginas de Cadáver tuerto que desataron el debate. Hoy, a la distancia, la falsificación que realicé en esos días lejanos me parece inconcebible, descabellada, brutal y además inútil, pues entre los militares no tuvo la repercusión que imaginábamos.
¿Y Cheyre? ¿Qué piensa hoy de sus actos de entonces? ¿Qué ha pensado a lo largo de estos años y ahora que ha sido alcanzado por la justicia? ¿Qué reflexiones íntimas lo han asaltado después de su retiro, cuando se integró al medio académico y universitario, ámbito de cultura, autonomía, independencia, libertad de pensamiento?
El Ejército practica el arte de la guerra y de la muerte, la cultura del secreto y el silencio, y el brillante oficial Juan Emilio Cheyre ha sido fiel hasta hoy a los principios de la institución. Si un día concurrí a su oficina, fue porque él desde su puesto de número uno acababa de honrar como ex comandante en Jefe al general Carlos Prats González en presencia del alto mando y de las hijas y descendientes del militar, asesinado por orden de otro comandante en Jefe, Augusto Pinochet. El Ejército de Cheyre volvía a ser el del general Carlos Prats González y, tal como me había excusado ante la familia de Prats, quise excusarme ante el Ejército de Prats. Mientras compartíamos un buen café, hablamos de temas relacionados con el libro y la época tan difícil en que a Carlos Prats le correspondió ser comandante en Jefe.
El general Cheyre dio la espalda a los métodos de Pinochet y pronunció la célebre frase: “Nunca más”. Cuando revelé mi autoría del diario apócrifo lo hice con la decisión de no cometer “nunca más” un acto como ese en aras de una “causa”, aunque fuese la más justa del mundo. La diferencia entre él y yo está en que mi “nunca más” con miras al futuro iba acompañado por el destape de mis esqueletos del pasado. En cambio, el “nunca más” de Cheyre tuvo solo valor para el futuro y dejó sus esqueletos antiguos bajo tierra.
Para mí, el encuentro con Juan Emilio Cheyre fue importante, fuerte. Tanto, que a la salida de esa conversación, según conté a la periodista Claudia Cento, aunque era temprano por la mañana, al pasar “frente a un restorán peruano donde las sillas estaban todavía sobre las mesas, pregunté si me podían hacer un pisco sour y el barman, que estaba barriendo, me dijo que sí. Le pedí un pisco sour catedral que es como tres de los chilenos, con pisco de 40 grados. Después de la entrevista me había venido un bajón. El trago me devolvió el alma al cuerpo”. Me sentía liberado. ¿Cómo se sentirá hoy Juan Emilio del Sagrado Corazón de Jesús Cheyre Espinosa?