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8 de septiembre de 2014

Carta/manifiesto a mi tío Chicho



Carta/manifiesto a mi tío Chicho, compañero Presidente Salvador Allende, en el aniversario de su nacimiento en Santiago

Por Eduardo Labarca *

Publicado en The Clinic, 8 de julio de 2014



Querido tío, doctor, compañero Presidente:


Te trataré de “tú” como a los dioses y a los viejos amigos… He venido hoy a la Avenida España a homenajearte frente a este edificio donde se hallaba la casa del número 615 en que doña Laura, tu madre, te dio a luz un 26 de junio hace 106 años. ¿O querías que te comprara la fábula de que naciste en Valparaíso? Además de ti, tu esposa Hortensia y Laurita, tu hermana diputada, juraban haber nacido en el puerto, aunque la Tencha nació en Rancagua y Laura, en Tacna, tierra peruana. ¡Cómica valparaisitis familiar! Yo soy el único que te canta in situ el Happy Birthday.

De regalo te traigo tu biografía que te escribí. Y te cuento que al escarbar en mis recuerdos y en archivos polvorientos, y al visitar tus locaciones secretas, como tu garçonnière del pasaje Bueras, he descubierto dos Chichos: a) el Allende del mito que empezaste a construirte pidiendo que te pellizcaran –“toca, carne para la historia”– y que han seguido construyendo los adoradores del Allende de mármol, de bronce, el que se codea con la Marilyn Monroe en el museo de cera, el Allende empaquetado de la foto oficial; b) el Salvador Allende de carne, hueso y sangre, el Chicho perseverante, capaz de inventarse un nacimiento, llegar a la cumbre y convocar a la muerte –“infarto ven, infarto ven”– cuando tu gobierno se iba a las pailas, el Allende lacho a toda vela, el Allende cara de bulldog del banderín “a luca”, mi tío, el compañero Presidente, tú, el verdadero: el otro es faramalla.

Los/las lectores/as de mi libro han quedado patitiesas/os con mi revelación de que Hortensia Bussi, la compañera Tencha, tu esposa, había tenido un hijo “ilegítimo” –“huacho” le dicen– con un hombre casado. “¡Tencha madre soltera!”: evocación de un drama y un gran dolor. ¿Había que guardarse ese secreto con candado, blindar a un finado Allende de cartón piedra frente al “qué dirán” por los siglos de los siglos? ¿Mantener el hecho bajo la alfombra para salvar el “prestigio” de la difunta señora Tencha, como si ser madre sin sacramento fuese un pecado y no un acto de valentía y libertad?

El caso tiene bemoles desafinados. La joven Hortensia entregó su hijo al padre legítimo y a su esposa y… no lo vio más. ¿Qué había pasado? “Salvador es intransigente”, decía a las amigas llorando. Entre su destino de madre y su destino junto a ti, Tencha tomó la más desgarradora, dura de las decisiones: te eligió a ti. El que no queda bien en esto es usted, compadre Chicho Allende. Puedes decir que eran los valores de la época, que podía dañar tu carrera, pero que yo sepa los hombres reciben a una mujer con los hijos que trae. Tras tu muerte, Tencha tendrá el gran desquite: al cabo de 34 años contigo, vivirá 36 –te sacó dos de ventaja– recorriendo el mundo como viuda, reina doliente dedicada a divulgar tu mensaje con sus ojos luminosos color ámbar, por fin dueña exclusiva de ti.

Chicho, en vez de validar las “virtudes” que te cuelgan algunos biógrafos autorizados, como que eras brillante alumno en el colegio, yo demuestro que eras porro rematado –“farreado” dice mi nieto– y pasabas de curso cafichándoles los conocimientos a los mateos de la clase, hasta que un día decidiste hacer el servicio militar y tomar el control de tu vida. El Allende al que le saco el sombrero es ese, eres tú, el joven Salvador que ante la pobreza, la miseria, la mortalidad infantil de los cerros de Valparaíso, decidiste dedicar tu vida a la justicia social y a la unidad del “pueblo de Chile” –sí, “del pueblo”, no “de las personas” como decimos los siúticos de hoy– hasta iniciar la primera revolución pacífica en Chile y en el mundo. A ese Chicho yo le sumo el hombre que, en contraste con su/tu propia negativa a aceptar al hijo de la Tencha, eras un padre para las hijas de la actriz Inés Moreno, tu bellísima amante, que habían perdido al suyo; a ti, que fuiste un segundo padre de los hijos de la Payita, tu secretaria-más-que-secretaria; al que se emocionó en Bogotá al conocer al hijo, la hija y el perro de Eugenia Valencia, la mujer más hermosa de Popayán, con la que habías recorrido cierto trecho; a ti, que no mentías demasiado a esas y a las otras bellas que te entregaron mucho y a las que mucho les entregabas; al que se acordó de todas cuando a cada una le diste un trabajo al llegar a La Moneda…

Te rindo homenaje a ti, que al saberte condenado a muerte, buscabas consuelo en el pecho amante de Gloria Gaitán, la colombiana olvidada, negada por los chilenos, que perdió el hijo tuyo que esperaba y cuyas hijas te recuerdan hasta hoy emocionadas.

A quienes sin haber leído mi libro me trollean porque no asumo como verdades los mitos acuñados acerca de ti, les respondo. Aunque pertenezco a la generación siguiente, fui testigo cercano de tus actos públicos y privados, y en este siglo XXI escribo para las nuevas generaciones de hoy y de mañana y, modestamente, para la Historia. Para entender mejor lo que nos pasó, necesitamos escudriñar la parte que a cada cual nos correspondió en la tragedia, empezando por ti, nuestro número uno. La famosa “muñeca” con que manejabas la política y el equilibrio entre la “catedral” –tu legítima esposa‒ y tus “capillitas” –las otras– te falló como gobernante, y para entenderlo hemos de desconstruirte. ¡No me pidas que a 40 años de tu muerte tape tus secretillos o me base sólo en las declaraciones de la fundación-boutique que lleva tu nombre! La vida de los grandes de la Historia, esa tumbadora de mitos, no tiene secretos.

Cuando ya habías entrado en la Historia como presidente y vino el desastre, marchaste convertido en loser al encuentro de tu holocausto, y con tu muerte a las dos de la tarde en La Moneda pasaste a ser el winner post mortem de la Historia Universal. Cadáver triunfante, te elevaste a la gloria mientras nosotros nos hundíamos en la mierda absoluta. Yo la saqué barata, pero hablo por tantos amigos que pasaron de las grandes alamedas a los socavones donde cumplían su cobarde faena los soldados de la patria.

Déjame bajarte hoy del pedestal, ven con nosotros, como uno de nosotros: sólo así serás grande de verdad, Chicho Allende. Tú, sin nadie que photoshopee tu imagen, hombre entre los hombres y entre las mujeres. Porque no hay soledad más grande que la del mármol y los mausoleos. Ven, avancemos por tu/nuestro valle de lágrimas. Tú sin nacimiento trucho, aquí, en avenida España, a dos cuadras del Museo Salvador Allende, aquí donde todo comenzó… Y aunque no haya venido nadie más, celebremos tú y yo, con la sinfonía de las micros que pasan, este aniversario. ¡Feliz cumpleaños, Chicho, nuestro presidente de luces y de sombras!

En Avenida España,
26 de junio de 2014.


*Periodista y escritor. Autor de Salvador Allende: Biografía sentimental (Catalonia, reedición ampliada en 2014).

Allende en la lona


Publicado en The Clinic

8 de septiembre de 2013

por Eduardo labarca

¿En qué momento Salvador Allende supo que a su gobierno no lo salvaba ni Cristo, que la revolución chilena se iba al diablo? El sábado 8 de septiembre de 1973 Allende recibe temprano en La Moneda a Pinochet y al general Leigh, jefe de la FACH. Alfredo Joignant, entonces director de Investigaciones, recuerda que al término de la reunión Pinochet retiene la mano de Allende entre las suyas y le dice: “Descanse, Presidente”. Tres días más tarde Allende descansará para siempre.


La leyenda urbana afirma que en una reunión que unos sitúan el viernes 7 temprano, otros el sábado 8, el domingo 9 tomando tecito o el lunes 10 a la hora de almuerzo, Allende comete el “error” de revelar a Pinochet y los comandantes en jefe su propósito de proclamar en la Universidad Técnica del Estado el martes 11 de septiembre su decisión de convocar un plebiscito. “Error”, porque según la leyenda el anuncio del nebuloso plan plebiscitario induce a los militares a adelantar para el 11 el golpe que tenían previsto para el 14. En el sprint entre plebiscito y golpe, el que se adelante en los últimos metros –días, horas, minutos– ganará la carrera. Ojalá la Historia fuese tan simple…

La verdad verdadera es que el Chicho intuye hace rato que todo acabará en desastre… Cuando lleva solo cinco meses en la presidencia, el 4 de abril de 1971 la Unidad Popular, que ha llegado a La Moneda con apenas el 36,3 por ciento de los votos, obtiene en las elecciones municipales un 51, lo que el allendismo celebra como la victoria de todas las victorias. Pero al conocer los resultados, Allende exclama ante sus íntimos: “¡Infarto ven, infarto ven!”… Infarto para pasar a la Historia por un atajo en un momento de triunfo y no tener que enfrentarse al fracaso que acecha a la vuelta de la esquina. “¿Cómo andaría un infarto aquí?”, pregunta desde la desnudez humeante de un baño de tina a su amigo Víctor Pey. Las cosas empeoran y otro día Allende pasa de la fantasía del infarto a la mímica onomatopéyica de quien se vuela con una metralleta la cabeza: “¡Ratatatatá!”

En corto tiempo el Presidente ha nacionalizado el cobre y cumplido buena parte de su programa con apoyo de los desposeídos, a los que ha abierto un presente digno y un futuro luminoso. Pero el país cruje por las cuatro costuras, menudean las tomas de predios y fábricas, hay desabastecimiento y violencia en las calles. Los de la vereda de enfrente no descansan: conjura de la Cámara de Diputados y la Corte Suprema y sobre todo asonadas, bombazos y sabotaje día y noche, y los militares esperando en su caverna mientras un país del norte tironea los hilos. La izquierda es una Torre de Babel donde cada cual pregona su fórmula mágica: avanzar sin transar… consolidar para avanzar… llamar a la democracia cristiana… todas las formas de lucha… poner un capitán a la cabeza del ejército… plebiscito… disolver el Congreso… a las armas…

Chile se cae a pedazos. Hacia afuera Allende se exhibe con “serena firmeza y viril energía” y la frente en alto pero… humano al fin, no logra esquivar los bajones. Eso sí, las heridas se las lame solo… aunque no tan solo. Cuando una pena le corroe el alma, el Chicho desde siempre ha escuchado el llamado de la selva y salido en busca del calor femenino. En la infancia y hasta que calzó pantalón largo, su madre venerada lo estrechaba en su pecho cada vez que se daba un costalazo. Tencha, esposa y primera dama, es la reina María Teresa en Versalles, con la que Luis XIV mantenía una relación fría y distante mientras corría tras la duquesa de La Vallière, la marquesa de Montespan, la marquesa de Maintenon. ¿En qué regazo el Presidente, amante cíclico, encontrará consuelo?

La abogada Graciela Álvarez, cómplice inteligente y vital en su campaña de 1952, está volcada a sus labores del Seguro Social donde el Presidente la ha nombrado. Leonor Benavides, la espigada aristócrata viñamarina del mechón blanco que lo acompañó en 1958, se luce en el puesto VIP ofrecido por Salvador en el formidable edificio de la UNCTAD, actual GAM. Inés Moreno, la actriz que brindó al Chicho plenitud en la campaña de 1964, permanece como amiga entrañable a la que suele visitar y en cuya parcela de Lo Barnechea humea, al margen de los reflectores, el asado con que el Presidente agasaja a su amigo Fidel Castro que se pasea por Chile como si fuera el patio de su casa. Pero Inés Moreno es comunista militante y Salvador no osaría descargar en ella sus angustias. Otras actrices, Eliana Vidal, a la que llamó afligido desde Moscú cuando Brezhnev le negó los rublos para oxigenar su revolución, o Marés González, a la que ha llevado a 200 por hora en su Fiat blindado con los pies descansando en una metralleta, son almas generosas pero volcadas a su arte. Quizás Negrita, la muchacha de bello rostro criollo, chispeante y siempre inesperada, podría darle consuelo, pero Negrita está por allá en su provincia. En Lima ha muerto Blanquita Barreto, amiga muy querida desde su infancia de Tacna; la colombiana Eugenia Valencia, la mujer más bella de Popayán, se encuentra demasiado lejos; Laurita San Antonio, la cimbreante cubana de pulsera en el tobillo, se esfumó como un ovni. Queda la Payita…

Cuando trabajaba en una galería de arte del barrio alto, la Payita se topó con su vecino Salvador y aterrizó por chiripa en la política. En la campaña reciente de 1970 le brindó cariño y apoyo valiosísimo y ahora dirige con eficiente buen humor la secretaría privada del Presidente en La Moneda, flanqueada por Beatriz, la Tati, hija regalona y revolucionaria del Chicho: ambas mujeres son uña y mugre. La Payita fue una enorme compañera en la senda del triunfo y Allende cuenta con ella al mil por ciento. Su casona del Cañaveral no es solo el nido en que el Presidente degusta la torta de lúcuma que ella le prepara, sino un planeta donde pululan los cubanos, los guardaespaldas del GAP y la farándula revolucionaria, y allí los fines de semana Allende, guerrillero de guayabera, dispara al blanco alegremente con el AK regalado por su amigo Fidel. Pero la Payita se ha subido por el chorro de la revolución y mientras el Presidente observa el derrumbe irremediable de su gobierno, ella lo atosiga con su prédica triunfalista.

En la cúspide del poder que Chichito buscaba desde los seis años, cuando se trepaba en Tacna a un taburete para pronunciar discursos de Presidente ante doña Laura, la Mama Rosa y sus hermanas Inés y Laurita, hoy el Chicho sexagenario está solo. Solo y necesita como nunca un paño de lágrimas y ese paño de lágrimas llegará volando.

A Gloria Gaitán la conoció en Cuba en 1959 después del triunfo de la revolución. Al presentarlos, Fidel Castro ensalzó a Allende como “el que hará la próxima revolución en América Latina”. Hija del líder colombiano Jorge Eliécer Gaitán, cuyo asesinato en 1948 gatilló el estallido sangriento del Bogotazo, morena, esbelta, de ojos negros, bello perfil y carácter fuerte, economista dedicada con el alma a la causa de la revolución gaitanista, Gloria se siguió encontrando con Allende en la Tricontinental de La Habana y otras misas revolucionarias. Y cuando Allende, el Presidente, se entera de que Gloria está divorciada y sin trabajo, la hace venir a Chile con sus dos hijas y le confiere un puesto en Odeplan, la oficina de planificación económica. Corre enero de 1973 y a él le quedan ocho meses de vida.

El Presidente instala a su invitada en un suntuoso departamento frente al Parque Forestal que perteneciera al senador Carlos Altamirano y que ha quedado en poder de Silvia Celis, su antigua esposa, que al ser enviada por Allende de agregada cultural a Londres le ha dejado las llaves. Un día Salvador homenajea a Gloria en el gran comedor de La Moneda, otro día la sienta a su diestra en un acto público, por la noche le lleva una rosa roja escoltado por un ululante erizo de metralletas sobre ruedas: los chicos del GAP. Cuando llega a verla, el Chicho –así lo llama ella– deposita su pistola a la entrada; Gloria, que en Colombia cargaba un revólver junto al lápiz labial en la cartera, no tiene en Chile más armas que su inteligencia, su pasión, su encanto. Las galanterías se multiplican y la relación transita de la amistad a la confianza, de la confianza al afecto, del afecto a algo que se parece demasiado al amor. La presencia de Gloria cerca de Allende rompe el versallesco equilibrio multipolar entre las mujeres que se disputan el corazón del Presidente: por una vez, Tencha, la Payita, Beatriz e incluso Isabel, la hija menor, hacen causa común y concentran sus odios contra “la Gaitán”.

La crisis política se agudiza y en la relación entre la colombiana y el Presidente se instala la premonición de un desenlace chileno tan sangriento como el que siguió a la muerte de Gaitán en Colombia. Y Salvador y Gloria construyen un territorio secreto que sólo ellos conocen, donde se desahogan las angustias de un hombre que siente la proximidad de la muerte. Además de las visitas del Chicho a la casa de Gloria, ese territorio se compone de una llamada telefónica diaria a las siete de la mañana y de un rincón íntimo en la residencia oficial de la avenida Tomás Moro 200, en Las Condes. A eso de las doce de la noche, liberado de la Payita, cuando Tencha ha subido a acostarse y se despiden los amigos íntimos –el periodista Augusto Olivares, el médico Danilo Bartulín, los españoles Víctor Pey y Joan Garcés– el Presidente, envuelto en su capa azul de médico de la Asistencia Pública, manda un vehículo del GAP a buscar a Gloria. La recibe caballerosamente, beben un whisky, se sientan a conversar fuera del mundo, en la intimidad del cuarto espartano con el sofá-cama del Presidente, una mesita coronada por varios teléfonos y un enjambre de cables, dos sillas de espaldar alto, un par de estantes de libros, una chimenea cariñosa. Es el único lugar donde Salvador Allende todavía gobierna sin trabas. Afuera velan los GAP, arma al brazo.

Sentado en la alfombra el Presidente pregunta a Gloria: “¿Qué piensas cuando tienes la Historia a tus pies?… ¿Qué pensaría tu papá si supiera que estamos hablando?”. Gloria es el eslabón que une a Gaitán y Salvador, gaitanismo y allendismo son la misma cosa con distinto nombre, con diferentes jefes, en distintos tiempos. Ambos líderes entraron en la Historia con el signo de la muerte en la frente.

“Te conocí muy tarde”, le dice el Presidente mencionando los lugares donde hubiera querido llevarla. Gloria sabe que Salvador se encuentra en estado frágil: “Yo era una María Magdalena que tenía que lavarle los pies y aligerarle la carga”. Con frecuencia el Presidente proclama que sólo muerto lo sacarán de La Moneda y un hálito fúnebre se instala en el aire. “Yo era el valium de Salvador Allende, le hablaba de otras cosas, era incondicional”, recordará Gloria. Pero un día ve en el velador del Presidente algo inquietante: un frasco de Valium verdadero.

Una noche, por el ventanal observan los cerezos cargados de botones en vísperas de la primavera: “Yo no veré esas flores –dice Salvador–. Me sentaré en el sillón presidencial, me terciaré la banda y esperaré la muerte”. Otras veces repite: “Una guerra civil sería desastrosa. Necesito seis meses… ¡Sólo seis meses!” Gloria pide al Presidente el nombre del militar que organiza el golpe y le ofrece inmolarse matándolo: Allende sonríe.

“Voy a morir, pero voy a seguir viviendo en ti”, dice Salvador. La idea de un “hijo de Allende nieto de Gaitán” se va imponiendo como una esperanza casi mística. En lugar de la revolución que Gaitán no alcanzó a comenzar y la que Allende no logrará terminar, habrá al menos una creación: Gloria queda embarazada. Salvador y ella, la única persona que conoce las tribulaciones del Presidente en el umbral de la muerte, no dudan de que el hijo será varón, lo que se confirmará cuando a su regreso a Colombia tras la muerte del Chicho ella padezca un aborto espontáneo.