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8 de septiembre de 2014

Carta/manifiesto a mi tío Chicho



Carta/manifiesto a mi tío Chicho, compañero Presidente Salvador Allende, en el aniversario de su nacimiento en Santiago

Por Eduardo Labarca *

Publicado en The Clinic, 8 de julio de 2014



Querido tío, doctor, compañero Presidente:


Te trataré de “tú” como a los dioses y a los viejos amigos… He venido hoy a la Avenida España a homenajearte frente a este edificio donde se hallaba la casa del número 615 en que doña Laura, tu madre, te dio a luz un 26 de junio hace 106 años. ¿O querías que te comprara la fábula de que naciste en Valparaíso? Además de ti, tu esposa Hortensia y Laurita, tu hermana diputada, juraban haber nacido en el puerto, aunque la Tencha nació en Rancagua y Laura, en Tacna, tierra peruana. ¡Cómica valparaisitis familiar! Yo soy el único que te canta in situ el Happy Birthday.

De regalo te traigo tu biografía que te escribí. Y te cuento que al escarbar en mis recuerdos y en archivos polvorientos, y al visitar tus locaciones secretas, como tu garçonnière del pasaje Bueras, he descubierto dos Chichos: a) el Allende del mito que empezaste a construirte pidiendo que te pellizcaran –“toca, carne para la historia”– y que han seguido construyendo los adoradores del Allende de mármol, de bronce, el que se codea con la Marilyn Monroe en el museo de cera, el Allende empaquetado de la foto oficial; b) el Salvador Allende de carne, hueso y sangre, el Chicho perseverante, capaz de inventarse un nacimiento, llegar a la cumbre y convocar a la muerte –“infarto ven, infarto ven”– cuando tu gobierno se iba a las pailas, el Allende lacho a toda vela, el Allende cara de bulldog del banderín “a luca”, mi tío, el compañero Presidente, tú, el verdadero: el otro es faramalla.

Los/las lectores/as de mi libro han quedado patitiesas/os con mi revelación de que Hortensia Bussi, la compañera Tencha, tu esposa, había tenido un hijo “ilegítimo” –“huacho” le dicen– con un hombre casado. “¡Tencha madre soltera!”: evocación de un drama y un gran dolor. ¿Había que guardarse ese secreto con candado, blindar a un finado Allende de cartón piedra frente al “qué dirán” por los siglos de los siglos? ¿Mantener el hecho bajo la alfombra para salvar el “prestigio” de la difunta señora Tencha, como si ser madre sin sacramento fuese un pecado y no un acto de valentía y libertad?

El caso tiene bemoles desafinados. La joven Hortensia entregó su hijo al padre legítimo y a su esposa y… no lo vio más. ¿Qué había pasado? “Salvador es intransigente”, decía a las amigas llorando. Entre su destino de madre y su destino junto a ti, Tencha tomó la más desgarradora, dura de las decisiones: te eligió a ti. El que no queda bien en esto es usted, compadre Chicho Allende. Puedes decir que eran los valores de la época, que podía dañar tu carrera, pero que yo sepa los hombres reciben a una mujer con los hijos que trae. Tras tu muerte, Tencha tendrá el gran desquite: al cabo de 34 años contigo, vivirá 36 –te sacó dos de ventaja– recorriendo el mundo como viuda, reina doliente dedicada a divulgar tu mensaje con sus ojos luminosos color ámbar, por fin dueña exclusiva de ti.

Chicho, en vez de validar las “virtudes” que te cuelgan algunos biógrafos autorizados, como que eras brillante alumno en el colegio, yo demuestro que eras porro rematado –“farreado” dice mi nieto– y pasabas de curso cafichándoles los conocimientos a los mateos de la clase, hasta que un día decidiste hacer el servicio militar y tomar el control de tu vida. El Allende al que le saco el sombrero es ese, eres tú, el joven Salvador que ante la pobreza, la miseria, la mortalidad infantil de los cerros de Valparaíso, decidiste dedicar tu vida a la justicia social y a la unidad del “pueblo de Chile” –sí, “del pueblo”, no “de las personas” como decimos los siúticos de hoy– hasta iniciar la primera revolución pacífica en Chile y en el mundo. A ese Chicho yo le sumo el hombre que, en contraste con su/tu propia negativa a aceptar al hijo de la Tencha, eras un padre para las hijas de la actriz Inés Moreno, tu bellísima amante, que habían perdido al suyo; a ti, que fuiste un segundo padre de los hijos de la Payita, tu secretaria-más-que-secretaria; al que se emocionó en Bogotá al conocer al hijo, la hija y el perro de Eugenia Valencia, la mujer más hermosa de Popayán, con la que habías recorrido cierto trecho; a ti, que no mentías demasiado a esas y a las otras bellas que te entregaron mucho y a las que mucho les entregabas; al que se acordó de todas cuando a cada una le diste un trabajo al llegar a La Moneda…

Te rindo homenaje a ti, que al saberte condenado a muerte, buscabas consuelo en el pecho amante de Gloria Gaitán, la colombiana olvidada, negada por los chilenos, que perdió el hijo tuyo que esperaba y cuyas hijas te recuerdan hasta hoy emocionadas.

A quienes sin haber leído mi libro me trollean porque no asumo como verdades los mitos acuñados acerca de ti, les respondo. Aunque pertenezco a la generación siguiente, fui testigo cercano de tus actos públicos y privados, y en este siglo XXI escribo para las nuevas generaciones de hoy y de mañana y, modestamente, para la Historia. Para entender mejor lo que nos pasó, necesitamos escudriñar la parte que a cada cual nos correspondió en la tragedia, empezando por ti, nuestro número uno. La famosa “muñeca” con que manejabas la política y el equilibrio entre la “catedral” –tu legítima esposa‒ y tus “capillitas” –las otras– te falló como gobernante, y para entenderlo hemos de desconstruirte. ¡No me pidas que a 40 años de tu muerte tape tus secretillos o me base sólo en las declaraciones de la fundación-boutique que lleva tu nombre! La vida de los grandes de la Historia, esa tumbadora de mitos, no tiene secretos.

Cuando ya habías entrado en la Historia como presidente y vino el desastre, marchaste convertido en loser al encuentro de tu holocausto, y con tu muerte a las dos de la tarde en La Moneda pasaste a ser el winner post mortem de la Historia Universal. Cadáver triunfante, te elevaste a la gloria mientras nosotros nos hundíamos en la mierda absoluta. Yo la saqué barata, pero hablo por tantos amigos que pasaron de las grandes alamedas a los socavones donde cumplían su cobarde faena los soldados de la patria.

Déjame bajarte hoy del pedestal, ven con nosotros, como uno de nosotros: sólo así serás grande de verdad, Chicho Allende. Tú, sin nadie que photoshopee tu imagen, hombre entre los hombres y entre las mujeres. Porque no hay soledad más grande que la del mármol y los mausoleos. Ven, avancemos por tu/nuestro valle de lágrimas. Tú sin nacimiento trucho, aquí, en avenida España, a dos cuadras del Museo Salvador Allende, aquí donde todo comenzó… Y aunque no haya venido nadie más, celebremos tú y yo, con la sinfonía de las micros que pasan, este aniversario. ¡Feliz cumpleaños, Chicho, nuestro presidente de luces y de sombras!

En Avenida España,
26 de junio de 2014.


*Periodista y escritor. Autor de Salvador Allende: Biografía sentimental (Catalonia, reedición ampliada en 2014).

12 de junio de 2012

La muerte de Camilo Taufic



Por Eduardo Labarca


Lo conocí en el Instituto Nacional, de boina, arengando a los estudiantes para una huelga. Se llamaba Faruk Taufik Kalafatovic, mezcla de turco (no árabe, me aclara Ernesto Carmona) y croata. Empezó a escribir en el colegio y llevó varios artículos al vespertino Última Hora, donde se los publicaron en la página editorial, en columnas firmadas con un seudónimo formado  por sus iniciales: FATAKA. Andaba orgullosísimo mostrando el diario. Desde el comienzo todos lo llamábamos "Turco", y creo que a él le gustaba. Existían el Turco Yarur, el Turco Tarud y el Turco Taufik. Cuando se dirigía a él, Carlos Jorquera, el Negro, lo llamaba únicamente "Turco". Pero FATAKA se sentía incómodo con su nombre porque nadie le entendía y lo asociaban con el derrocado rey Faruk de Egipto. Se lo cambió legalmente por el nombre de Camilo Taufic, cambio que revela algo de su personalidad complicada.

Durante el gobierno de la UP fue subdirector de la revista juvenil Ramona, de Quimantú, dirigida por Carlos Berger. La experiencia periodística lo ponía Camilo.

Taufik/Taufic era bipolar, con períodos de euforia que alternaban con otros de depresión. A veces preguntaba, vacilaba, sufría, dudaba y era muy infeliz, pero en otros momentos era sumamente creativo y se lanzaba en forma intrépida hacia adelante. Su última embestida fue la serie de artículos en que sostenía que a Allende lo había matado un GAP con un tiro de gracia piadoso. Se basaba en que, según él, el AK regalado por Fidel Castro había quedado en Cañaveral y no estaba en La Moneda. El origen de esa afirmación era muy débil, sólo unos dichos vagos de Víctor Pey y el Negro Jorquera que frecuentaban poco Cañaveral. Yo le transmití por e-mail la foto del fusil con la placa de Fidel Castro que apareció en el libro de Pinochet y otra que salió en uno de Lafourcade, y me lo agradeció públicamente en un artículo, creo que en La Nación. Le insití en que tenía que hablar con el hijo menor de la Payita, médico, único sobreviviente de los habitantes de Cañaveral el 73. Pero estaba tan entusiasmado con su teoría que no quiso hablar con él (quizás subconscientemente temía que sus deducciones se derrumbaran) y apenas publicó su artículo el hijo de la Payita lo desmintió, diciendo que Allende había bajado con el fusil a La Moneda el 11 de septiembre. La teoría de Taufic enfureció a Carmen Hertz, que dijo que estaba mal de la cabeza, y a otras personas que se consideran dueñas de Allende. 

En realidad, la teoría de Taufic era una de las tantas hipótesis posibles, pero basada en deducciones, elucubraciones y en su frondosa imaginación, sin pruebas sólidas. Cuando exhumaron los restos y la comisión internacional de médicos forenses ratificó la conclusión del suicidio, Taufic mantuvo silencio. Aunque no volví a hablar con él, conociéndolo pienso que debe haber quedado bastante deprimido.

Tenía problemas de salud y creo que en algún momento lo operaron del corazón. Su situación económica era difícil y eso lo angustiaba.

Tengo en mi PC una veintena de mensajes intercambiados con Taufic y algún día volveré a leerlos. Por ahora prefiero rendir tributo al amigo y nada más.



SEMBLANZA DE CAMILO TAUFIC PUBLICADA POR ERNESTO CARMONA EN MAPOCHO PRESS

Camilo Taufic será sepultado el martes en Santiago

 


Por Ernesto Carmona

El martes será sepultado en el Mausoleo del Círculo de Periodistas de Santiago el periodista chileno Camilo Taufic Kalafatovic, quien falleció sorpresivamente la noche del sábado en Chillán. Mientras llega desde Ecuador su hijo homónimo, también periodista deportivo, sus restos serán velados en la capilla del Cementerio General, adonde arribarán a las 9 de la mañana del lunes, procedentes de Chillán, informó Verónica Martínez, Presidenta del Círculo de Periodistas. “Descansará, como era su deseo, en el Mausoleo del Círculo”, dijo Martínez.

Taufic, de 74 años y una dilatada carrera profesional en varios países de América Latina. Relatan sus familiares que después de observar por televisión el partido de fútbol Chile-Venezuela, en la noche del sábado 9, Taufic repentinamente manifestó sentirse mal y mientras aguardaban la llegada de ayuda médica falleció de un ataque cardíaco fulminante. Sus funerales se efectuarán el lunes 11 de junio en Chillán.

Taufic se destacó como periodista, docente, investigador y consultor en comunicación en diferentes naciones de la región, acumulando una importante experiencia internacional. Comenzó de joven como reportero de revista Ercilla, trabajando cerca de Lenka Franulic y Luis Hernández Parker, dos figuras emblemáticas del periodismo chileno del siglo 20 previo a la dictadura militar.  Más tarde, se desempeñó en diarios de la cadena El Mercurio, en el vespertino izquierdista Última Hora, Empresa Zig-Zag  y Editorial Nacional Quimantú. A comienzos de los años 60 residió un breve tiempo en Cuba.

Taufic fue profesor de periodismo en la Universidad de Chile hasta que –al igual que otros docentes– fue expulsado por los interventores designados en esa casa de estudios por la dictadura militar inaugurada en 1973. Años después regresó a la cátedra en Venezuela y Argentina, donde alcanzó gran difusión su libro “Periodismo y Lucha de Clases”, escrito a comienzos de los años 70 y publicado masivamente por Quimantú, bajo el gobierno de Salvador Allende.

En 1974 publicó en Buenos Aires la denuncia testimonial “Chile en a Hoguera”, una de las primeras historias periodísticas sobre las atrocidades inéditas, quema de libros y violaciones terribles a los derechos humanos que comenzaba a cometer la dictadura militar. Este libro fue reproducido y conocido en Chile recién a comienzos de los 90, con el regreso de la democracia.

A fines de los años 70, Camilo publicó en Venezuela el libro "Crónica del Primero de Mayo", ilustrado por Aníbal Ortizpozo, una valiosa recopilación de los despachos periodísticos enviados desde Estados Unidos sobre la represión en Chicago que dio origen al Día Internacional de los Trabajadores, escritos por el corresponsal del diario La Nación de Buenos Aires. Las notas periodísticas incluyeron también reportajes a la farsa de juicio amañado contra los ocho líderes por la jornada de ocho horas, Oscar Neebe, George Engel, Michaelo Schwab, A.R. Parsons, Louis Lingg Samuel Fielden, Autust Spies y Adolph Fischer, lucha que les costo la vida a cinco de estos trabajadores (uno de los condenados a la pena capital se suicidó antes de la ejecución) y a largas penas de prisión a los otros tres. Lo notable de estas crónicas es que el autor y corresponsal de La Nación en EEUU era nada menos que el cubano José Martí, periodista, escritor, líder político y padre de la patria de Cuba, llamado el Apóstol de ese país.

En ese tiempo, ya de regreso en Chile, Taufic dictó cursos y seminarios sobre ‘Periodismo en Internet’, en las universidades Academia de Humanismo Cristiano y ARCIS. En 2005 el Observatorio de Medios Fucatel publicó su trabajo «Manual de Ética Periodística Comparada», libro que culmina una larga búsqueda de materiales en distintos países. En total, Taufic publicó seis libros de temas periodísticos –indagativo, testimonial o teórico–, con ediciones en Chile, Argentina, México y España.

Durante su exilio, trabajó en Buenos Aires en el diario Noticias, fue redactor de La Opinión cuando la dirigía Jacobo Timerman, y luego se desempeñó como corresponsal en Europa, países del Pacto Andino, el Caribe y EEUU para diversas publicaciones del Cono Sur sudamericano

En los años 90, fue redactor de reportajes especiales para distintos medios impresos, entre ellos la cadena mundial de diarios Metro/MTG, el diario Nuevo Fortín y las revistas Rocinante y El Periodista, de Santiago de Chile. Fue columnista en Buenos Aires del periódico Página 12, durante una nueva residencia en Argentina entre 1996 y 1998.

También, entre 1987 y 1991, fue jefe de redacción de la revista de ciencias sociales Nueva Sociedad, de circulación latinoamericana, cuando se publicaba en Caracas con el auspicio de la germana Fundación Friedrich Ebert, y anteriormente se desempeñó como encargado de Información Pública del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), organismo internacional con sede en Venezuela, al que pertenecen todos los gobiernos de la región.

En el prólogo de su “Manual de Ética Periodista Comparada”, Taufic escribió que su obra tenía propósitos académicos, pero también de aplicación práctica y uso cívico: “Este libro pretende contribuir a la búsqueda de un periodismo de mayor calidad y credibilidad, al que tenemos derecho todos los ciudadanos a comienzos del siglo 21. Reúne una selección amplísima de valores profesionales y éticos que inspiran a grandes diarios del mundo, para que miremos en ella —como en un espejo— las reales dimensiones del derecho a la información de que disponemos. Cuando murió, estaba haciendo gestiones para concretar su proyecto de publicar un Manual de Periodismo concebido para loa legión de periodistas empíricos que desarrollan los nuevos medios de información alternativos, populares y comunitarios, sean escritos o audiovisuales.

En 2008, Camilo Taufic fue uno de los ganadores del Fondo del Libro que le otorgó financiamiento para la publicación de “Memorias de 50 años de un periodista. Encuentros inéditos con personas ‘top’ y otros testimonios”. Sin abandonar su estilo, que definía como “cronista de la vieja guardia”, recopiló 21 historias fantásticas, algunas fruto de su imaginación y otras más o menos plausiblemente reales, bajo el título “Un extraterrestre en La Moneda”, publicado por Planeta.

Entre estas historias asombrosas está “El extraño caso del pasaporte turco”, el cuento mítico sobre un exilado –de cualquier nacionalidad latinoamericana– que en la Europa de los años 70 se confecciona él mismo un pasaporte con el menú de un restaurante turco europeo que le permite ingresar a Suecia y pedir asilo político. Sobre esta historia, el propio Camilo dijo en El Mercurio:

-La historia del exiliado que viajó con el menú de restorán turco, ¿se conocía anteriormente?
-Ésa la viví yo, directamente. Se publicó en Chile en el año 83 y provocó una gran conmoción. Me he encontrado con cuenta cuentos que reproducen esta historia. Pero hoy no es conocida a nivel masivo ni por las nuevas generaciones. Es una historia que ha fascinado a muchas personas, que siempre me piden que se las cuente, que les dé nuevos detalles. Tiene que ver con el alma nacional, por ser un pícaro chileno, y tiene un trasfondo político. A quienes han leído el libro, incluso gente joven, es la historia que más les gusta.


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MAPOCHO PRESS

Santiago - Chile
Reproducción permitida / Citar fuente

6 de junio de 2012

El Informe Especial de TVN sobre la muerte de Salvador Allende de la entrada


Escrito: 1 de junio de 2011


Al investigar la muerte de Salvador Allende, el ministro de corte Mario Carroza se ve enfrentado a las versiones y testimonios contradictorios que han rodado desde las 2 de la tarde del 11 de septiembre de 1973, hora del deceso del Presidente. Esas versiones han oscilado entre el suicidio de un Presidente derrotado, incluido el suicidio asistido, y su muerte heroica en combate.

La incertidumbre ha tocado a la propia familia de Salvador Allende en estos años de aflicción. A las 48 horas de su muerte, la viuda Hortensia Bussi repetía la versión de los militares de que Salvador se había disparado “con una metralleta que le había regalado su amigo Fidel Castro”. Cuatro días más tarde afirmaba “en base a una nueva información” que el Presidente había caído “bajo las balas enemigas como un soldado de la revolución”. Desde ese momento la muerte en combate pasó a ser la tesis preferida por los parientes y simpatizantes de Allende, y quienquiera avalara el testimonio del suicidio prestado por el doctor Patricio Guijón era vilipendiado. Hortensia Bussi dio un tapabocas al escritor Fernando Alegría por haber dejado en su novela El paso de los gansos “la impresión que Salvador se suicidó, que es lo que sostiene la Junta Militar”.

Pero el 4 de septiembre de 1990, al realizarse el funeral oficial de Salvador Allende en presencia del presidente Aylwin, el suicidio será finalmente admitido, en un nuevo viraje, por la viuda y su hija menor, Isabel. Quince años más tarde, cuando el médico forense Luis Ravanal, a petición de los abogados Roberto Celedón y Matías Coll, haga un estudio metapericial del informe de la autopsia y los documentos policiales y sostenga que las heridas de Allende provenían de armas de calibres diferentes y no eran de tipo suicida, su planteamiento sobre la necesidad de la exhumación de los restos recibirá una dura réplica. La parlamentaria Isabel Allende afirmará que para la familia la versión del suicidio “es un capítulo cerrado” y, sorprendentemente, calificará lo afirmado por el doctor Ravanal de “falta de respeto”.

Aunque nadie de la familia Allende, afectada por sucesivas tragedias, haya solicitado nunca a la justicia que determinase las circunstancias de la muerte del ex Presidente, enfrentada a la investigación que realiza el ministro Carroza por iniciativa de la fiscal Beatriz Pedrals, la senadora Allende expresó finalmente su conformidad con una diligencia de resorte judicial que se había tornado inevitable: la reciente exhumación de los restos de su padre y las investigaciones que realiza el equipo de tanatólogos chilenos y extranjeros.

Según los especialistas, la Historia comienza a escribirse 30 años después de los acontecimientos, pero aunque Salvador Allende, muerto hace 38 años, sea ya un personaje histórico, las pasiones seguirán agitadas mientras sobrevivan sus contemporáneos, sus parientes inmediatos y no pocos de sus colaboradores. ¿Alguien podría convencer a las hijas, nietos, nietas, sobrinas, sobrinos de que la vida y la muerte del hombre que ellos o sus padres conocieron en pantuflas son un tema histórico y judicial que ha dejado de pertenecerles? Pero visto desde otro ángulo, ¿puede un hecho de la Historia depender del ánimo de los deudos de un prócer?

El estudio del Allende histórico, de su vida, su muerte y la tragedia nacional que entonces se desencadenó no puede detenerse en atención a dolorosos, legítimos sentimientos personales y/o familiares. El autor de este artículo probó el sabor de la injuria gratuita –“traidor” fue la palabreja elegida por la actual senadora Isabel Allende– cuando se adentró en la personalidad humana del ex presidente en una biografía independiente que hoy es ineludible para quienes preparan un texto o una película sobre el personaje.

Salvador Allende tenía un fuerte sentido de hijo, marido, padre, hermano, tío, abuelo y dejó la estela de una familia orgullosa, variopinta. Hombre de afectos asimétricos, adoraba a su madre, a su nana y a su hermana Laura. Más allá de ese núcleo se debía también a millones de chilenos –muchos perdieron la vida por incorporarse a su proyecto– y compartía sus afectos en una galaxia de relaciones mutantes, empapadas también de sentido familiar. Si la relación de Allende con las mujeres que además de su esposa hicieron nido en su corazón hubiese consistido en meras aventuras al paso, el tema daría, si acaso, para un párrafo colorido o una nota a pie de página. Pero no es así.

En el carácter pasional de Allende, seductor de personas y multitudes, hubo coexistencia y alternancia de afectos y por qué no decirlo, de amores. Su amor troncal, la columna sólida fue Hortensia Bussi, para quien Allende exigía respeto. Ella, sus hijas y sus primeros nietos formaban la almendra familiar a la que Salvador brindaba una devoción irrestricta. A pesar de la multiplicidad de sus cariños, Allende fue un marido y padre dedicado y muy presente. Su veneración por Beatriz, la hija del medio, era visible: con ella compartía la pasión política, por encima de las diferencias que solían tener. Pero de algún modo Salvador Allende se comportaba también como padre con las hijas e hijos de las mujeres hermosas y de fuerte personalidad que compartieron en forma pública o clandestina diversos trechos de su andadura. En esa segunda generación paralela dejó huella imborrable. Se trata de personas respetables que hoy rondan los 50 años y que recuerdan a Salvador Allende con emociones encontradas.

Desde el día en que Tencha y Salvador contrajeron matrimonio y hasta la muerte del Presidente, Hortensia Bussi sobrellevó con dignidad los 33 años y 5 meses de vida en común con un hombre escurridizo. Tras la desaparición del Presidente, las mujeres que habían rivalizado con ella en el corazón de Salvador vivieron su luto en silencio y le dejaron libre el terreno. Es cierto que Gloria Gaitán publicó en Colombia un apasionado libro de recuerdos titulado El compañero Presidente, pero lo retiró a las pocas semanas. Transcurridos 20 años de la muerte de Allende, Inés Moreno, septuagenaria, evocará su relación con él en su novela Más allá de los aromos, pero en el último minuto retirará el original de la imprenta y lo publicará sin esas páginas. 

Muerto Allende, la señora Tencha asumió, con talento y fortaleza y hasta el día de su propia muerte, un protagonismo exclusivo que durará 35 años y 10 meses, vale decir 2 años y 5 meses más que el tiempo de casada con él. Apoyada incondicionalmente por su hija Isabel, actual senadora, Hortensia Bussi fue a lo largo de más de tres décadas la representante indiscutida de Salvador Allende en los corazones y el imaginario colectivo, mientras algunos aspectos esenciales de la personalidad del ex Presidente se soslayaban discretamente.

Pero la compleja vida de Salvador Allende tal como fue y la manera en que se enfrentó a la muerte forma un solo todo, y cualquier empeño por seguir imponiendo al respecto versiones circunstanciales, truncas o cambiantes carece a esta altura de justificación. La investigación judicial que lleva el ministro Carroza surge como un acto del Estado chileno, indispensable aunque tardío, para establecer ante la Historia la verdad sobre la muerte violenta del ex Presidente. Aunque la actual democracia chilena exhiba imperfecciones, la institución judicial aparece como la única capacitada para investigar los hechos de manera independiente, sin interferencias y sin descartar ninguna hipótesis. Del mismo modo, los biógrafos de Allende y los creadores que se inspiren en su vida deben proseguir su labor con la mente abierta, y en completa libertad.

El Informe Especial de TVN dedicado a la forma en que habría muerto el Presidente Allende constituye una pieza legítima de investigación periodística, propia de una democracia sana y del ejercicio, sin restricciones, de la libertad de prensa. Dicho programa ha abierto nuevos espacios de luz en el tema del magnicidio de La Moneda, cuya aclaración ha de contribuir al establecimiento de la verdad histórica. La fuerte declaración en que la senadora Allende ha condenado el programa y su anuncio de posibles acciones en contra de sus autores entrañan una desafortunada pretensión de censura. El hecho de que esté en curso una investigación judicial no limita en nada el derecho y papel de los medios de contribuir al esclarecimiento de los hechos.
La vida y la muerte de Salvador Allende y sus circunstancias son mucho más que un asunto de familia.

La muerte de Allende, ¿un asunto familiar?

Escrito: 26 de marzo de 2011

Por Eduardo Labarca


            Aunque dicen que la Historia comienza a escribirse 30 años después de acaecida, ¿quién podría convencer a las hijas, nietos, nietas, sobrinas, sobrinos de Salvador Allende de que el hombre que ellos o sus padres conocieron en pantuflas se ha convertido en una estatua? ¿De que los últimos minutos de vida del presidente Allende y la forma en que se enfrentó a la muerte son un tema histórico y hoy, judicial?  

Hay parentescos difíciles de llevar y las muertes trágicas que han desgarrado a la familia Allende, comenzando por la del ex presidente, lo demuestran. Por mucho que los tribunales hayan reabierto la investigación acerca de la muerte de Salvador Allende ese 11 de septiembre de 1973 a las dos de la tarde en el Salón Independencia de La Moneda, sin que se descarten una exhumación y nuevas sorpresas, no puede pretenderse que los miembros de la familia congelen sus sentimientos.

Pero el estudio del personaje histórico Salvador Allende, de su muerte y de la tragedia nacional que entonces se desencadenó no puede detenerse en atención a la sensibilidad de la epidermis de cada miembro de la familia o a la espera de que todos hayan dejado de existir. El autor de este artículo probó el sabor de la injuria gratuita cuando se adentró en las arenas movedizas de la personalidad política, humana, sentimental del ex presidente y de su época en una biografía no autorizada que hoy es referencia abierta o encubierta de quienes preparan un ensayo, una obra de ficción o una película sobre el personaje.

A lo largo de los años se nos han dado versiones categóricas, aunque cambiantes, de lo que piensa la familia Allende, como instancia cerrada y oficial, sobre la forma en que murió el presidente. Es cierto que Salvador Allende tenía un fuerte sentido de hijo, marido, padre, hermano, tío, abuelo, que adoraba a su nana y dejó la estela de un familia digna y orgullosa, aunque variopinta. Pero más allá de ese núcleo compartía sus afectos en una galaxia de intensas relaciones abiertas y mutantes, empapadas también de sentido familiar. Si la relación de Allende con las mujeres que además de su esposa hicieron nido en su corazón hubiese consistido en meras aventuras al pasar, el tema daría, si acaso, para un párrafo picante o una nota de pie de página.

Pero ¿quién puede negar que la compañía de la brillante abogada Graciela Álvarez, oradora fogosa, le ayudó a digerir la aplastante derrota en la campaña de 1952? ¿O que Leonor Benavides, de andar altivo y mechón blanco, le prestó el hombro comprensivo que necesitaba cuando su mujer, Hortensia Bussi, quizás con razones legítimas, le dejó escrito que “me voy a Algarrobo con las niñitas” el día de 1958 en que por segunda vez lo proclamaron candidato? ¿Habría tenido ánimo Salvador Allende para afrontar la avalancha publicitaria que le atribuía designio siniestros en la campaña de 1964, la tercera, sin la compañía por las rutas de Chile de la actriz Inés Moreno, su guitarra, su voz y su amor? Sin la sonrisa y el corazón enorme de la Payita, “secretaria, confidente y amiga”, según Allende, ¿cómo habría afrontado sus responsabilidades abrumadoras el candidato triunfante de 1970 y luego el Presidente? Sin la radiante “Negrita”, con la que protagonizaba escapadas de adolescente, ¿habría resistido Salvador Allende las ingratitudes de la política? ¿Sin Eugenia Valencia, la colombiana más hermosa de Popayán, a quién habría escrito Salvador las cartas en que confesaba su aspiración secreta de escapar de la “prisión” de su vida de hombre público? ¿Y a no ser por otra colombiana, Gloria Gaitán, que en las noches que precedieron la catástrofe prestó oído a los augurios fúnebres del presidente y estuvo dispuesta a darle el hijo póstumo que luego perdió en un aborto espontáneo, a quién habría confiado Allende sus últimos temores? ¿Qué habría sido de Salvador Allende sin las actrices Sarita Walsh, la rutilante, que lo recogía en el Senado; sin Eliana Vidal a la que, acongojado, llamó de madrugada desde Moscú cuando los soviéticos rechazaron la petición de ayuda económica con la que soñaba salvar su gobierno; sin Marés González, la actriz insuperable, que recibía con chispeante ironía sus requiebros? ¿Las visitas de Allende a Cuba habrían sido las mismas si al pie del avión no lo hubiera esperado Laurita San Antonio, habanera rutilante y bella entre las bellas?
Más que dispersión afectiva, en el carácter pasional de Allende hubo coexistencia o alternancia de afectos y por qué no decirlo, de amores. Su amor central, el ancla sólida fue Hortensia Bussi, para quien Allende exigía respeto. Ella, sus hijas y sus primeros nietos formaban la almendra familiar a la que Salvador brindaba una devoción irrestricta. A pesar de la multiplicidad de sus cariños, Allende fue un marido y padre dedicado y muy presente. Su veneración por Beatriz, la hija del medio, era visible: con ella compartía la pasión política, por encima de las diferencias que solían tener.

Pero de algún modo Salvador Allende se comportaba también como padre con las hijas e hijos de las mujeres hermosas, inteligentes y de fuerte personalidad que compartieron en forma pública o semipública diversos trechos de su andadura. En esa segunda generación paralela dejó huella imborrable. Se trata de personas que han pasado los 50 años y que en varios casos tienen hoy una presencia visible en la sociedad chilena. Algunas recuerdan a Salvador Allende con cariño y emoción, otras no tanto.

Desde el día en que, cargando cada cual un pasado complejo, Tencha y Salvador contrajeron matrimonio, y hasta la muerte del presidente, Hortensia Bussi supo llevar con dignidad los 33 años y 5 meses de sufrido matrimonio con un hombre escurridizo que la amaba a su manera. Tras la desaparición del presidente, las mujeres que habían rivalizado con ella en el corazón de Salvador vivieron su luto en silencio y se eclipsaron discretamente dejándole por fin libre el terreno. Es cierto que Gloria Gaitán escribió un apasionado libro de recuerdos titulado El compañero Presidente, pero lo retiró con pudor a las pocas semanas. Ya septuagenaria y transcurridos 20 años de la muerte de Allende, Inés Moreno decidirá evocar su relación con el Presidente en su novela Más allá de los aromos, pero en el último minuto la retirará de la imprenta y la publicara sin las páginas en que recordaba la pasión que la había unido a Salvador. Muerto Allende, la señora Tencha asumió con talento y tenacidad un protagonismo exclusivo, doloroso pero sin los nubarrones que jalonaron su vida matrimonial, hasta el día de su propia muerte. Su viudez durará 35 años y 10 meses, vale decir 2 años y 5 meses más que el tiempo que vivió casada con el líder de la izquierda. Apoyada incondicionalmente por Isabel, su hija menor y actual senadora, Hortensia Bussi fue a lo largo de más de tres décadas la representante indiscutida de Salvador Allende en los corazones y el imaginario colectivo. Isabel ha querido retomar esa antorcha.

A las 48 horas de la muerte de Allende, Hortensia Bussi declaró que se había suicidado “con una metralleta que le había regalado su amigo Fidel Castro”, pero cuatro días después modificó sus dichos afirmando que cayó “bajo las balas enemigas como un soldado de la revolución”. La muerte del presidente en combate por ametrallamiento pasó a ser la versión oficial de los parientes y de la izquierda, y quienquiera se apoyase en el testimonio del doctor Patricio Guijón para sustentar la tesis del suicidio, considerado menos heroico, era vilipendiado. Hortensia Bussi dio un tapabocas al escritor Fernando Alegría por haber dejado en su novela El paso de los gansos “la impresión que Salvador se suicidó, que es lo que sostiene la junta militar”. Pero el 4 de septiembre de 1990, al realizarse el funeral oficial de Salvador Allende presidido por Patricio Aylwin, habrá un nuevo acomodo y el suicidio será finalmente admitido por la viuda y su hija Isabel. Quince años más tarde, cuando el médico forense Luis Ravanal, basándose en el informe de la autopsia y los documentos policiales de la época, sostenga que las heridas de Allende provenían de armas de calibres diferentes y no eran de tipo suicida, y reclame la exhumación de los restos, recibirá una dura réplica. Isabel Allende reafirmará la tesis del suicidio diciendo que para la familia “es un capítulo cerrado” y calificará lo afirmado por el doctor Ravanal de “falta de respeto”.
Nadie de la familia Allende pidió nunca a la justicia que determinara las circunstancias de la muerte del ex presidente. La iniciativa la adoptó recientemente la fiscal de la Corte de Apelaciones de Santiago, Beatriz Pedrals, y en la actualidad el ministro Mario Carroza investiga los hechos. La senadora Isabel Allende se reunió con él para expresar su apoyo a una investigación amplia, que incluya las responsabilidades en la sublevación militar y el ataque al palacio de La Moneda, donde ella permaneció una parte de la mañana junto a su padre. Sin embargo, afirmó que no está en cuestión que el suicidio haya sido la causa de la muerte. En otras palabras, la senadora desearía que la investigación abarcase las culpabilidades políticas y militares, esperando que la versión del suicidio ha de confirmarse. ¿Pero qué sucederá con la hipótesis planteada recientemente de un intento de suicidio con pistola seguido del piadoso tiro de gracia con metralleta de uno de sus propios colaboradores a un presidente moribundo?
Con el tiempo las pasiones se han ido aquietando y la investigación judicial de la muerte de Salvador Allende surge como un acto del Estado chileno, indispensable aunque tardío, para establecer la verdad. Ante la Historia esa verdad no puede basarse, como hasta ahora, en opiniones y sentimientos personales tan categóricos como cambiantes. Aunque la actual democracia chilena exhiba imperfecciones, la institución judicial aparece como la única facultada y con las capacidades para investigar serena y exhaustivamente los hechos sin descartar ninguna hipótesis. La muerte de Salvador Allende y sus circunstancias son hoy mucho más que un asunto de familia.