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1 de octubre de 2016

Peligro: Nicolás Eyzaguirre afina su guitarra en la Araucanía


por Eduardo Labarca
EL MOSTRADOR
11 de julio de 2016


            A Nicolás Eyzaguirre solo lo he visto de lejos, pero me cuentan que su presencia de ministro estrella se debe a que tuvo una banda de rock y toca la guitarra, sabe cantar, baila cumbia y es íntimo de la Presidenta. En vena musical, ella lo nombró director de orquesta de la reforma educacional, la más “emblemática” de su programa. Eyzaguirre, ex alumno del Verbo Divino, con oído de hojalata en materias de educación, fue a echarse un pasodoble en un par de escuelas públicas vestido de Armani, oculto tras sus gafas Ray-Ban. Hasta que la sonajera desafinada que había armado lo obligó a tirar la guitarra cuando tenía a todos los actores de la educación tocando el bombo y soplando las vuvuzelas en las calles, tomándose los establecimientos, lanzando peñascazos.
            En vez de mandarlo a repasar el solfeo a su casa, la Presidenta lo llamó a un nuevo casting, lo premió con una silla en el comité político y le pasó la batuta de la Segpres, ministerio encargado de poner armonía musical a las relaciones con el Parlamento y de orquestar otra reforma “emblemática”: la de la Constitución. Eyzaguirre inició su nueva tocata sacándole la firma a la primera mujer Presidenta de Chile para un llamado Consejo Ciudadano de Observadores de la Reforma Constitucional con una composición de género digna de Irán o Arabia Saudita: 14 hombres y 3 mujeres. En esa flamante banda incluyó a una decena de compadres suyos del barrio alto de Santiago y a tres intérpretes morenitos para que no dijeran…
            No se necesita conocer a la Presidenta para saber que el tema mapuche no es su ritmo predilecto. Es cierto que su residencia del lago Caburga está en la Araucanía, pero se trata de un refugio blindado para escapar de los timbales ensordecedores de Santiago, escuchar sus canciones preferidas y tomarse un mojito. Si vibrara con la desgarrada música ancestral de los pueblos originarios que antaño habitaron en ese paraíso, si le dolieran el aplastamiento y sangriento exterminio de los “indios rebeldes” por parte de los colonizadores y luego, en concierto de obuses y cañonazos, por los valientes soldados de la República, en su primer gobierno no habría puesto tan complejo asunto en manos del ministro Viera-Gallo, cuya labor consistió en algunos ejercicios de afinación sin poner jamás en escena un concierto coherente. En su segundo gobierno, la presencia de Bachelet en la Araucanía se ha limitado a su viaje de ida y vuelta a un encuentro semiclandestino que se realizó en algún camarín detrás del escenario y a la celebración del We Tripantu mapuche, al son sincopado de las trutrucas, en un patio de La Moneda hace pocos días.
            La anunciada mesa de diálogo sobre la Araucanía surge entre crecientes clarinadas de radicalización y el estrépito percutante de los atentados en la zona. El anterior ministro del Interior, Jorge Burgos, privilegió al respecto la melodía policial, tanto que el último Año Nuevo lo pasó cantando el Himno de Carabineros en una comisaría de la Araucanía. Por el contrario, en Canadá, vanguardia en el reconocimiento de la identidad soberana de los pueblos originarios, los ministros de asuntos indígenas no se alojan en los cuarteles sino en las comunidades que visitan, y cantan y bailan con sus habitantes. A instancias de Burgos, la Presidenta expulsó del escenario al intendente Huenchumilla, que remecía al país con su voz atronadora de barítono proponiendo una solución integral para un problema histórico que se arrastra desde hace varios siglos. Deseando complacer a Burgos, la Presidenta puso de intendente a un señor que bailotea al son de las trompetas que chirrean contra el estigmatizado pueblo-nación mapuche.
            La llegada del ministro Mario Fernández ha traído un cambio de música. El nuevo ministro del Interior ha cantado varias arias dialogantes, al plantear por ejemplo la necesidad de comprender la realidad de los jóvenes encapuchados que, aunque minoritarios, terminan imponiendo su sonsonete destemplado en las manifestaciones. Al instalar la mesa de diálogo sobre la Araucanía, Fernández, a diferencia de su antecesor, intenta remplazar los conciertos de cámara a puertas cerradas por una sinfonía polifónica, en la que participen a plena orquesta todos los intérpretes e instrumentos. Eso significa que tarde o temprano han de sumarse con su melopea los duros de la CAM, la Coordinadora Arauco Malleco, virtuosos de los arpegios molotov y el staccato de los perdigones, e incluso los que bailan la zarabanda del incendio de iglesias católicas y templos evangélicos.
            Demasiadas frustraciones y rasgueos desafinados hubo en el pasado, por lo que es de esperar que gracias a la batuta de Fernández y a pesar de las inmensas dificultades, este nuevo concierto, iluminado por las candilejas de la Iglesia Católica, llegue armónicamente hasta su acorde final, sin tomatazos ni pataleo del público. Guardando las proporciones, en Colombia se ha demostrado que no puede existir una paz abarcadora y duradera si la partitura definitiva no lleva la firma de todos los involucrados, especialmente los intérpretes de más altos decibeles.

            Algún día ojalá ha de tocarse al ritmo del kultrún el último movimiento de esta sinfonía. Pero cuidado: en la mesa de la Araucanía se vio junto a Fernández ‒¿cuándo no?‒ al cantante, guitarrista y bailarín Nicolás Eyzaguirre, aunque con la boca cerrada y sin su instrumento de cuerdas… por ahora. Peligro. Crucemos los dedos y cantemos nuestros salmos al Dios de los cristianos y a Nguenechén, el de los mapuches, para rogarles que convenzan a la Presidenta de que no vaya a pasarle la guitarra una vez más a su músico regalón, el gran desafinador de las reformas de su gobierno.

Chilenos a la búsqueda de un Duterte o un Donald Trump

por Eduardo Labarca
EL MOSTRADOR, 26 de mayo de 2016

Rodrigo Duterte, presidente electo de Filipinas, anunció que ordenará a la policía que dispare a matar contra los delincuentes y que los que queden con vida serán ahorcados para ahorrar balas.
En emol.com, la lectora Delfina Muñoz Palomer comentó: “Que venga a este país, se necesita alguien duro en el poder y no los títeres que tenemos hoy”, y obtuvo 6 like. Cris Felipe agregó: “Siento mucha envidia de Filipinas!!! Si saliera un candidato a presidente como él acá lo voto y le hago campaña gratis”, y consiguió 15 like. Inge Lama escribió: “Duterte Presidente de Chile!”, y tuvo 16 like. De 58 comentarios, 49 fueron de alabanza al filipino, 12 de ellos para pedir que viniera a gobernarnos.
También a Donald Trump le han salido simpatizantes en Chile. En la latercera.com y en emol.com la noticia de que el deslenguado candidato a la Casa Blanca quiere atajar la inmigración con un muro de 1.600 kilómetros pagado por los mexicanos fue aplaudida por muchos lectores.
Armando Óscar Soto Gómez escribió: “Podríamos hacer lo mismo en la frontera con Perú y Bolivia”. Javier CC dijo: “¿Se imaginan si tuviéramos un líder con la mitad de esa personalidad? Ya hubiésemos mandado a volar a la tropa de colombianos narcos, peruanos flojos y ladrones”. Mezer Rackman: “Apoyo 100% el comentario anterior. Ya no soporto más a los colombianos con su weá de cumbias”. Tony Biaginni: “Mejor Trump que la Bachelet gringa (la Clinton)”. Carlos Paredes: “Acá hace falta un Trump para que expulse a todos los extranjeros que estén ilegales y/o delinquiendo”. Adrian Pellerano: “Trump el único que dice las cosas por su nombre”.
En un festival de amenazas extremas y promesas sin límite, Duterte, Trump y los candidatos por el estilo hacen caldo gordo de la corrupción y crisis de la política. En Chile, cuando los gobiernos del Partido Radical chapoteaban en los escándalos, el general Carlos Ibáñez del Campo, antiguo dictador, arrasó en la elección de 1952 con una rítmica consigna que resonó en todo el país: “¡Ibáñez al poder… la escoba a barrer!”. Pero la corrupción del “gobierno de la escoba” y de la familia de la primera dama, los Letelier, superó a la de los gobiernos anteriores y culminó con el escándalo del Avión Nylon: el Presidente Ibáñez y su comitiva viajaron en “visita inspectiva” al puerto libre de Arica y regresaron en el avión presidencial cargados de las preciadas prendas de nylon de la época y de costosos televisores, cámaras fotográficas, licores, perfumes y joyas que no pasaron por aduana. El propio Presidente se trajo una “radioelectrola”.
El extremo carnavalesco a que puede llegar el malestar por la corrupción política afloró en 1959 en Brasil, cuando los ciudadanos enojados eligieron por amplia mayoría para alcalde de Sao Paulo a Cacareco, el rinoceronte del zoológico de la ciudad.
En el último año, la caída a los infiernos de los líderes de nuestro país nos ha recordado la trama de la célebre novela de Agatha Christie Los diez negritos. En el libro, inspirado en la canción infantil Ten Little Niggers, los diez protagonistas van muriendo uno tras otro y con cada fallecimiento desaparece una de las diez estatuillas que había al comienzo: “Diez negritos fueron a comer, uno se atragantó y quedaron nueve... Nueve negritos salieron a pasear, uno tropezó y quedaron ocho... Ocho negritos…” y así sucesivamente. Un negrito se ahoga en el río, los demás siguen desapareciendo, el último se pierde en el bosque “y no quedó ninguno”.
De manera similar, los líderes chilenos han ido cayendo hasta dejar el escenario prácticamente desierto:
-El país tenía quince líderes, a la número uno el hijo le hizo una pilatuna y quedaron catorce.
- Quedaban catorce líderes, y el ministro regalón de la número uno se resbaló en las boletas de la precampaña y quedaron trece.
- Quedaban trece líderes, y el cardenal protegió a los curas pederastas y quedaron doce.
- Quedaban doce líderes, y un coronel del partido dictatorial fue condenado por financiamiento ilícito y quedaron once.
- Quedaban once líderes, y otro coronel compró la libertad de su hijo borrachín que había matado a un transeúnte y quedaron diez.
- Quedaban diez líderes, y el senador rugbista no pudo explicar las boletas de sus hijos y quedaron nueve
- Quedaban nueve líderes, y la bella jefa estudiantil se enredó en las alfombras de la Cámara de Diputados y quedaron ocho.
- Quedaban ocho líderes, y el magnate ejemplar se coludió con el papel confort y quedaron siete.
- Quedaban siete líderes, y el hijo del guerrillero que murió combatiendo se subió a un avión brasileño y quedaron seis.
- Quedaban seis líderes, y el padrastro del hijo del guerrillero se salvó jabonado por prescripción y quedaron cinco.
- Quedaban cinco líderes, y el candidato presidencial que se retiró deprimido fue pillado cohechando y quedaron cuatro.
- Quedaban cuatro líderes, y la hija del Presidente suicida llegó tarde a la inscripción y quedaron tres.
- Quedaban tres líderes, y al millonario de los millonarios un diputado le sacó la madre y quedaron dos.
- Quedaban dos líderes, y al comandante en Jefe (r) le pillaron once Audi y siete Mercedes y quedó solo una.
- Quedaba solo una líder, y la alcaldesa se empantanó en un charco de boletas pagadas por el yerno del dictador y no quedó ninguna ni tampoco ninguno.
En ese vacío, un Duterte, un Trump, un Carlos Ibáñez, un Cacareco podrían seducir a las multitudes decepcionadas. Así las cosas, no es raro que dos antiguos número uno asomen la cabeza y quieran vendernos como recién salidos de la olla sus guisos recalentados.

¿Por qué los poderosos nos están pidiendo perdón?

EL MOSTRADOR
2 de mayo de 2016

por Eduardo Labarca

            En estos días basta con que nos sentemos ante el televisor para que alguien nos pida perdón. El ricachón más rico de Chile, el que nos representa en el ranking mundial de los milmillonarios, nos pidió perdón con cara compungida y labios temblorosos. En tribunales pidieron perdón los funcionarios acusados de no haber dado la alerta del tsunami que se llevó la vida de más de 500 personas. Desde la Historia, nos lo pidió Patricio Aylwin en la escena de hace un cuarto de siglo que los canales de TV repitieron mientras lo velaban. Ante su féretro, la senadora Carolina Goic nos pidió perdón por la corrupción de los políticos, y a las cero horas y 23 minutos, una trasnochada senadora Isabel Allende también pidió perdón. Desde la gran sala del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania, en Berlín, pidió perdón a las víctimas de Colonia Dignidad el ministro Frank-Walter Steinmeier.
            Golpearse el pecho pidiendo perdón a Dios por nuestros pecados es un rito compartido por cristianos, judíos y musulmanes que forma parte de nuestra cultura y nuestros genes. Entre los que nunca piden ni pedirán perdón estuvo sin embargo Jesucristo, que anunció a quienes pecaban que los ángeles “los arrojarán al horno encendido, donde habrá llanto y rechinar de dientes”. Por proferir tan siniestra amenaza sin arrepentirse ni pedir perdón, hoy Jesús sería condenado por incitación al odio y la tortura, delitos de lesa humanidad castigados por la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes. Pero hay que reconocer que en la cruz, sí pidió perdón, no para él sino para sus flageladores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
            Los profetas y mesías amenazantes, dueños de verdades reveladas como Cristo, son capaces de perdonar pero no de pedir perdón. Tampoco piden perdón los guerreros y tiranos. Ni Alejandro Magno ni Julio César, que exterminaron a poblaciones enteras, tuvieron la idea de pedir que los perdonaran. Ni Napoleón, cuyas guerras dejaron cinco millones de muertos, ni Stalin, ni Hitler, ni el presidente Truman que lanzó dos bombas atómicas sobre sendas ciudades, ni nuestro Pinochet, ni el Mamo Contreras…
            A la petición del perdón divino, se contrapone el perdón que los humanos pedimos al vecino, a nuestro enemigo, a nuestros padres e hijos, a las víctimas de nuestros actos, o el que los amantes se imploran de rodillas mirándose a los ojos. Cuando tropezamos con alguien en el metro, la palabra “perdón” o el chileno “disculpe” brota de nuestros labios. Y en tiempos de crisis, las peticiones de perdón invaden, como en estos días, la política.
            ¿Tienen valor las solicitudes de perdón que hemos escuchado en estos días? “Hay que distinguir”, diría un abogado, entre pedir perdón y perdonar. Los filósofos han dicho que el verdadero perdón es “el perdón de lo imperdonable”, vale decir, el perdón de un hecho atroz que la víctima, en un gesto de sublime generosidad, otorga libremente a su victimario. El papa polaco Juan Pablo II recorrió el mundo pidiendo perdón por los crímenes de su Iglesia, por el exterminio de los “herejes”, las guerras religiosas, las cruzadas, las torturas de la Inquisición, los “pecados” cometidos contra otras culturas y contra las mujeres, las etnias, etc., etc.. Lanzado por el mismo camino, el papa Francisco ya ha pedido perdón por el exterminio de los pueblos originarios de América, por los escándalos financieros y las intrigas del Vaticano, por los abusos de los curas pederastas… y recién está empezando.
            Las peticiones mediáticas de perdón de los políticos, entre ellos el mismísimo papa de Roma, constituyen expresiones simbólicas, sinceras o fingidas, de arrepentimiento por los actos propios y de sus antecesores y una promesa, muchas veces destinada a quedar incumplida, de cambio de rumbo. Son peticiones de perdón de ida pero no de vuelta, ya que ninguno de ellos puede soñar con ser perdonado. Saben que los quemados en la hoguera y los millones de indígenas muertos, los cientos de miles de niños abusados a lo largo de los siglos, los desaparecidos y fusilados de Chile ya no están ahí para perdonar, ni tampoco los sobrevivientes o sus familiares y descendientes estarían dispuestos a hacerlo. Tampoco los ciudadanos engañados por los políticos y las empresas vamos a darles el abrazo redentor.
            ¿A qué se debe la epidemia de tantos rostros que desfilan pidiéndonos perdón en montajes propios de un spot de Coca-Cola? Mucho o todo tienen que ver los medios de comunicación y las redes sociales. ¿Cómo va a mirar hacia el techo el papa Francisco tratándose de la pederastia de curas, obispos y cardenales cuando la película Spotlight (“En primera plana”) que revela la complicidad de la Iglesia Católica de Boston con los curas violadores de niños obtuvo el Oscar y es vista con el corazón apretado por millones de espectadores en los cinco continentes? Llama la atención que mientras las excelentes películas chilenas El bosque de Karadima y El club desnudan el tétrico mundo de los curas abusadores y el calvario de sus víctimas, nuestros cardenales, el italiano Ezzati y el chileno Errázuriz, parezcan vivir en otro planeta. En cambio, el ministro Frank-Walter Steinmeier fue directo: reconoció que había convocado a la reunión solemne en que pidió perdón por la pasividad de la diplomacia alemana ante los crímenes de Colonia Dignidad y prometió investigar los hechos después de haber visto la película Colonia, sobre el tema.
            La fuerza de las redes sociales es tanta, que para llegar al público después de ser basureado en el Congreso y a través de Facebook y Twitter por el diputado Gaspar Rivas, nuestro híper magnate Andrónico Luksic, principal propietario de Canal 13, prefirió formular su plañido en un video de YouTube con cortes encadenados que simulan la grabación de un celular, subido a la red según pretende que creamos por sugerencia de su hijo. Mezclado con la muchedumbre cibernética, Luksic dijo ser “un ser humano igual que todos”, para reconocer a continuación lo contario: “soy un poderoso”.
            Cada petición de perdón tiene su oportunidad, su puesta en escena, su fondo, su forma, su finalidad, su grado de sinceridad. Las más solemnes son las que se hacen para los libros de historia leyendo un texto a nombre del Estado, de un gobierno, una institución. Las de carácter individual más efectivas son las que se formulan reconociendo un error y pidiendo perdón sobre caliente, como hizo el senador Iván Moreira cuando estalló el escándalo del financiamiento de las campañas. Una petición de perdón apresurada fue la de la senadora Allende, que enfrentada a las cámaras en el Servel, asumió responsabilidad personal por un error que en realidad fue del conjunto de los partidos de la NM. En tribunales, las peticiones de perdón se negocian para obtener rebajas de penas a menudo a cambio de dinero.
            Hay peticiones de perdón condicionadas y con elástico, como la de la alcaldesa de Providencia Josefa Errázuriz, cuando se supo que había prestado el palacio consistorial para la boda de un pariente: “Si vieron en esto un abuso de poder (…) reitero mis disculpas”. El “si vieron” significa que a su juicio no hubo abuso, pero que si alguien por error lo estimó así, ella generosamente se disculpa. Como petición de perdón, las que van precedidas por un “si” son todo lo contrario: una reafirmación de lo dicho y lo hecho. Su valor es solo superior a la del cínico que pide perdón mientras cruza los dedos y se ríe del auditorio por dentro.

            La más perfecta petición de perdón de los últimos años es la que formuló derechamente y sin ambages el Rey Juan Carlos II de España, cuando se publicó la foto en que aparecía junto al cuerpo del elefante de cinco toneladas que acababa de cazar: “Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir”, dijo. En su gran mayoría, los españoles creyeron en la sinceridad del monarca y lo perdonaron. El único que no pudo perdonarlo fue el elefante.