8 de septiembre de 2014
Carta/manifiesto a mi tío Chicho
Carta/manifiesto a mi tío Chicho, compañero Presidente Salvador Allende, en el aniversario de su nacimiento en Santiago
Por Eduardo Labarca *
Publicado en The Clinic, 8 de julio de 2014
Querido tío, doctor, compañero Presidente:
Te trataré de “tú” como a los dioses y a los viejos amigos… He venido hoy a la Avenida España a homenajearte frente a este edificio donde se hallaba la casa del número 615 en que doña Laura, tu madre, te dio a luz un 26 de junio hace 106 años. ¿O querías que te comprara la fábula de que naciste en Valparaíso? Además de ti, tu esposa Hortensia y Laurita, tu hermana diputada, juraban haber nacido en el puerto, aunque la Tencha nació en Rancagua y Laura, en Tacna, tierra peruana. ¡Cómica valparaisitis familiar! Yo soy el único que te canta in situ el Happy Birthday.
De regalo te traigo tu biografía que te escribí. Y te cuento que al escarbar en mis recuerdos y en archivos polvorientos, y al visitar tus locaciones secretas, como tu garçonnière del pasaje Bueras, he descubierto dos Chichos: a) el Allende del mito que empezaste a construirte pidiendo que te pellizcaran –“toca, carne para la historia”– y que han seguido construyendo los adoradores del Allende de mármol, de bronce, el que se codea con la Marilyn Monroe en el museo de cera, el Allende empaquetado de la foto oficial; b) el Salvador Allende de carne, hueso y sangre, el Chicho perseverante, capaz de inventarse un nacimiento, llegar a la cumbre y convocar a la muerte –“infarto ven, infarto ven”– cuando tu gobierno se iba a las pailas, el Allende lacho a toda vela, el Allende cara de bulldog del banderín “a luca”, mi tío, el compañero Presidente, tú, el verdadero: el otro es faramalla.
Los/las lectores/as de mi libro han quedado patitiesas/os con mi revelación de que Hortensia Bussi, la compañera Tencha, tu esposa, había tenido un hijo “ilegítimo” –“huacho” le dicen– con un hombre casado. “¡Tencha madre soltera!”: evocación de un drama y un gran dolor. ¿Había que guardarse ese secreto con candado, blindar a un finado Allende de cartón piedra frente al “qué dirán” por los siglos de los siglos? ¿Mantener el hecho bajo la alfombra para salvar el “prestigio” de la difunta señora Tencha, como si ser madre sin sacramento fuese un pecado y no un acto de valentía y libertad?
El caso tiene bemoles desafinados. La joven Hortensia entregó su hijo al padre legítimo y a su esposa y… no lo vio más. ¿Qué había pasado? “Salvador es intransigente”, decía a las amigas llorando. Entre su destino de madre y su destino junto a ti, Tencha tomó la más desgarradora, dura de las decisiones: te eligió a ti. El que no queda bien en esto es usted, compadre Chicho Allende. Puedes decir que eran los valores de la época, que podía dañar tu carrera, pero que yo sepa los hombres reciben a una mujer con los hijos que trae. Tras tu muerte, Tencha tendrá el gran desquite: al cabo de 34 años contigo, vivirá 36 –te sacó dos de ventaja– recorriendo el mundo como viuda, reina doliente dedicada a divulgar tu mensaje con sus ojos luminosos color ámbar, por fin dueña exclusiva de ti.
Chicho, en vez de validar las “virtudes” que te cuelgan algunos biógrafos autorizados, como que eras brillante alumno en el colegio, yo demuestro que eras porro rematado –“farreado” dice mi nieto– y pasabas de curso cafichándoles los conocimientos a los mateos de la clase, hasta que un día decidiste hacer el servicio militar y tomar el control de tu vida. El Allende al que le saco el sombrero es ese, eres tú, el joven Salvador que ante la pobreza, la miseria, la mortalidad infantil de los cerros de Valparaíso, decidiste dedicar tu vida a la justicia social y a la unidad del “pueblo de Chile” –sí, “del pueblo”, no “de las personas” como decimos los siúticos de hoy– hasta iniciar la primera revolución pacífica en Chile y en el mundo. A ese Chicho yo le sumo el hombre que, en contraste con su/tu propia negativa a aceptar al hijo de la Tencha, eras un padre para las hijas de la actriz Inés Moreno, tu bellísima amante, que habían perdido al suyo; a ti, que fuiste un segundo padre de los hijos de la Payita, tu secretaria-más-que-secretaria; al que se emocionó en Bogotá al conocer al hijo, la hija y el perro de Eugenia Valencia, la mujer más hermosa de Popayán, con la que habías recorrido cierto trecho; a ti, que no mentías demasiado a esas y a las otras bellas que te entregaron mucho y a las que mucho les entregabas; al que se acordó de todas cuando a cada una le diste un trabajo al llegar a La Moneda…
Te rindo homenaje a ti, que al saberte condenado a muerte, buscabas consuelo en el pecho amante de Gloria Gaitán, la colombiana olvidada, negada por los chilenos, que perdió el hijo tuyo que esperaba y cuyas hijas te recuerdan hasta hoy emocionadas.
A quienes sin haber leído mi libro me trollean porque no asumo como verdades los mitos acuñados acerca de ti, les respondo. Aunque pertenezco a la generación siguiente, fui testigo cercano de tus actos públicos y privados, y en este siglo XXI escribo para las nuevas generaciones de hoy y de mañana y, modestamente, para la Historia. Para entender mejor lo que nos pasó, necesitamos escudriñar la parte que a cada cual nos correspondió en la tragedia, empezando por ti, nuestro número uno. La famosa “muñeca” con que manejabas la política y el equilibrio entre la “catedral” –tu legítima esposa‒ y tus “capillitas” –las otras– te falló como gobernante, y para entenderlo hemos de desconstruirte. ¡No me pidas que a 40 años de tu muerte tape tus secretillos o me base sólo en las declaraciones de la fundación-boutique que lleva tu nombre! La vida de los grandes de la Historia, esa tumbadora de mitos, no tiene secretos.
Cuando ya habías entrado en la Historia como presidente y vino el desastre, marchaste convertido en loser al encuentro de tu holocausto, y con tu muerte a las dos de la tarde en La Moneda pasaste a ser el winner post mortem de la Historia Universal. Cadáver triunfante, te elevaste a la gloria mientras nosotros nos hundíamos en la mierda absoluta. Yo la saqué barata, pero hablo por tantos amigos que pasaron de las grandes alamedas a los socavones donde cumplían su cobarde faena los soldados de la patria.
Déjame bajarte hoy del pedestal, ven con nosotros, como uno de nosotros: sólo así serás grande de verdad, Chicho Allende. Tú, sin nadie que photoshopee tu imagen, hombre entre los hombres y entre las mujeres. Porque no hay soledad más grande que la del mármol y los mausoleos. Ven, avancemos por tu/nuestro valle de lágrimas. Tú sin nacimiento trucho, aquí, en avenida España, a dos cuadras del Museo Salvador Allende, aquí donde todo comenzó… Y aunque no haya venido nadie más, celebremos tú y yo, con la sinfonía de las micros que pasan, este aniversario. ¡Feliz cumpleaños, Chicho, nuestro presidente de luces y de sombras!
En Avenida España,
26 de junio de 2014.
*Periodista y escritor. Autor de Salvador Allende: Biografía sentimental (Catalonia, reedición ampliada en 2014).
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Publicado en The Clinic
8 de septiembre de 2013
por Eduardo labarca
¿En qué momento Salvador Allende supo que a su gobierno no lo salvaba ni Cristo, que la revolución chilena se iba al diablo? El sábado 8 de septiembre de 1973 Allende recibe temprano en La Moneda a Pinochet y al general Leigh, jefe de la FACH. Alfredo Joignant, entonces director de Investigaciones, recuerda que al término de la reunión Pinochet retiene la mano de Allende entre las suyas y le dice: “Descanse, Presidente”. Tres días más tarde Allende descansará para siempre.
La leyenda urbana afirma que en una reunión que unos sitúan el viernes 7 temprano, otros el sábado 8, el domingo 9 tomando tecito o el lunes 10 a la hora de almuerzo, Allende comete el “error” de revelar a Pinochet y los comandantes en jefe su propósito de proclamar en la Universidad Técnica del Estado el martes 11 de septiembre su decisión de convocar un plebiscito. “Error”, porque según la leyenda el anuncio del nebuloso plan plebiscitario induce a los militares a adelantar para el 11 el golpe que tenían previsto para el 14. En el sprint entre plebiscito y golpe, el que se adelante en los últimos metros –días, horas, minutos– ganará la carrera. Ojalá la Historia fuese tan simple…
La verdad verdadera es que el Chicho intuye hace rato que todo acabará en desastre… Cuando lleva solo cinco meses en la presidencia, el 4 de abril de 1971 la Unidad Popular, que ha llegado a La Moneda con apenas el 36,3 por ciento de los votos, obtiene en las elecciones municipales un 51, lo que el allendismo celebra como la victoria de todas las victorias. Pero al conocer los resultados, Allende exclama ante sus íntimos: “¡Infarto ven, infarto ven!”… Infarto para pasar a la Historia por un atajo en un momento de triunfo y no tener que enfrentarse al fracaso que acecha a la vuelta de la esquina. “¿Cómo andaría un infarto aquí?”, pregunta desde la desnudez humeante de un baño de tina a su amigo Víctor Pey. Las cosas empeoran y otro día Allende pasa de la fantasía del infarto a la mímica onomatopéyica de quien se vuela con una metralleta la cabeza: “¡Ratatatatá!”
En corto tiempo el Presidente ha nacionalizado el cobre y cumplido buena parte de su programa con apoyo de los desposeídos, a los que ha abierto un presente digno y un futuro luminoso. Pero el país cruje por las cuatro costuras, menudean las tomas de predios y fábricas, hay desabastecimiento y violencia en las calles. Los de la vereda de enfrente no descansan: conjura de la Cámara de Diputados y la Corte Suprema y sobre todo asonadas, bombazos y sabotaje día y noche, y los militares esperando en su caverna mientras un país del norte tironea los hilos. La izquierda es una Torre de Babel donde cada cual pregona su fórmula mágica: avanzar sin transar… consolidar para avanzar… llamar a la democracia cristiana… todas las formas de lucha… poner un capitán a la cabeza del ejército… plebiscito… disolver el Congreso… a las armas…
Chile se cae a pedazos. Hacia afuera Allende se exhibe con “serena firmeza y viril energía” y la frente en alto pero… humano al fin, no logra esquivar los bajones. Eso sí, las heridas se las lame solo… aunque no tan solo. Cuando una pena le corroe el alma, el Chicho desde siempre ha escuchado el llamado de la selva y salido en busca del calor femenino. En la infancia y hasta que calzó pantalón largo, su madre venerada lo estrechaba en su pecho cada vez que se daba un costalazo. Tencha, esposa y primera dama, es la reina María Teresa en Versalles, con la que Luis XIV mantenía una relación fría y distante mientras corría tras la duquesa de La Vallière, la marquesa de Montespan, la marquesa de Maintenon. ¿En qué regazo el Presidente, amante cíclico, encontrará consuelo?
La abogada Graciela Álvarez, cómplice inteligente y vital en su campaña de 1952, está volcada a sus labores del Seguro Social donde el Presidente la ha nombrado. Leonor Benavides, la espigada aristócrata viñamarina del mechón blanco que lo acompañó en 1958, se luce en el puesto VIP ofrecido por Salvador en el formidable edificio de la UNCTAD, actual GAM. Inés Moreno, la actriz que brindó al Chicho plenitud en la campaña de 1964, permanece como amiga entrañable a la que suele visitar y en cuya parcela de Lo Barnechea humea, al margen de los reflectores, el asado con que el Presidente agasaja a su amigo Fidel Castro que se pasea por Chile como si fuera el patio de su casa. Pero Inés Moreno es comunista militante y Salvador no osaría descargar en ella sus angustias. Otras actrices, Eliana Vidal, a la que llamó afligido desde Moscú cuando Brezhnev le negó los rublos para oxigenar su revolución, o Marés González, a la que ha llevado a 200 por hora en su Fiat blindado con los pies descansando en una metralleta, son almas generosas pero volcadas a su arte. Quizás Negrita, la muchacha de bello rostro criollo, chispeante y siempre inesperada, podría darle consuelo, pero Negrita está por allá en su provincia. En Lima ha muerto Blanquita Barreto, amiga muy querida desde su infancia de Tacna; la colombiana Eugenia Valencia, la mujer más bella de Popayán, se encuentra demasiado lejos; Laurita San Antonio, la cimbreante cubana de pulsera en el tobillo, se esfumó como un ovni. Queda la Payita…
Cuando trabajaba en una galería de arte del barrio alto, la Payita se topó con su vecino Salvador y aterrizó por chiripa en la política. En la campaña reciente de 1970 le brindó cariño y apoyo valiosísimo y ahora dirige con eficiente buen humor la secretaría privada del Presidente en La Moneda, flanqueada por Beatriz, la Tati, hija regalona y revolucionaria del Chicho: ambas mujeres son uña y mugre. La Payita fue una enorme compañera en la senda del triunfo y Allende cuenta con ella al mil por ciento. Su casona del Cañaveral no es solo el nido en que el Presidente degusta la torta de lúcuma que ella le prepara, sino un planeta donde pululan los cubanos, los guardaespaldas del GAP y la farándula revolucionaria, y allí los fines de semana Allende, guerrillero de guayabera, dispara al blanco alegremente con el AK regalado por su amigo Fidel. Pero la Payita se ha subido por el chorro de la revolución y mientras el Presidente observa el derrumbe irremediable de su gobierno, ella lo atosiga con su prédica triunfalista.
En la cúspide del poder que Chichito buscaba desde los seis años, cuando se trepaba en Tacna a un taburete para pronunciar discursos de Presidente ante doña Laura, la Mama Rosa y sus hermanas Inés y Laurita, hoy el Chicho sexagenario está solo. Solo y necesita como nunca un paño de lágrimas y ese paño de lágrimas llegará volando.
A Gloria Gaitán la conoció en Cuba en 1959 después del triunfo de la revolución. Al presentarlos, Fidel Castro ensalzó a Allende como “el que hará la próxima revolución en América Latina”. Hija del líder colombiano Jorge Eliécer Gaitán, cuyo asesinato en 1948 gatilló el estallido sangriento del Bogotazo, morena, esbelta, de ojos negros, bello perfil y carácter fuerte, economista dedicada con el alma a la causa de la revolución gaitanista, Gloria se siguió encontrando con Allende en la Tricontinental de La Habana y otras misas revolucionarias. Y cuando Allende, el Presidente, se entera de que Gloria está divorciada y sin trabajo, la hace venir a Chile con sus dos hijas y le confiere un puesto en Odeplan, la oficina de planificación económica. Corre enero de 1973 y a él le quedan ocho meses de vida.
El Presidente instala a su invitada en un suntuoso departamento frente al Parque Forestal que perteneciera al senador Carlos Altamirano y que ha quedado en poder de Silvia Celis, su antigua esposa, que al ser enviada por Allende de agregada cultural a Londres le ha dejado las llaves. Un día Salvador homenajea a Gloria en el gran comedor de La Moneda, otro día la sienta a su diestra en un acto público, por la noche le lleva una rosa roja escoltado por un ululante erizo de metralletas sobre ruedas: los chicos del GAP. Cuando llega a verla, el Chicho –así lo llama ella– deposita su pistola a la entrada; Gloria, que en Colombia cargaba un revólver junto al lápiz labial en la cartera, no tiene en Chile más armas que su inteligencia, su pasión, su encanto. Las galanterías se multiplican y la relación transita de la amistad a la confianza, de la confianza al afecto, del afecto a algo que se parece demasiado al amor. La presencia de Gloria cerca de Allende rompe el versallesco equilibrio multipolar entre las mujeres que se disputan el corazón del Presidente: por una vez, Tencha, la Payita, Beatriz e incluso Isabel, la hija menor, hacen causa común y concentran sus odios contra “la Gaitán”.
La crisis política se agudiza y en la relación entre la colombiana y el Presidente se instala la premonición de un desenlace chileno tan sangriento como el que siguió a la muerte de Gaitán en Colombia. Y Salvador y Gloria construyen un territorio secreto que sólo ellos conocen, donde se desahogan las angustias de un hombre que siente la proximidad de la muerte. Además de las visitas del Chicho a la casa de Gloria, ese territorio se compone de una llamada telefónica diaria a las siete de la mañana y de un rincón íntimo en la residencia oficial de la avenida Tomás Moro 200, en Las Condes. A eso de las doce de la noche, liberado de la Payita, cuando Tencha ha subido a acostarse y se despiden los amigos íntimos –el periodista Augusto Olivares, el médico Danilo Bartulín, los españoles Víctor Pey y Joan Garcés– el Presidente, envuelto en su capa azul de médico de la Asistencia Pública, manda un vehículo del GAP a buscar a Gloria. La recibe caballerosamente, beben un whisky, se sientan a conversar fuera del mundo, en la intimidad del cuarto espartano con el sofá-cama del Presidente, una mesita coronada por varios teléfonos y un enjambre de cables, dos sillas de espaldar alto, un par de estantes de libros, una chimenea cariñosa. Es el único lugar donde Salvador Allende todavía gobierna sin trabas. Afuera velan los GAP, arma al brazo.
Sentado en la alfombra el Presidente pregunta a Gloria: “¿Qué piensas cuando tienes la Historia a tus pies?… ¿Qué pensaría tu papá si supiera que estamos hablando?”. Gloria es el eslabón que une a Gaitán y Salvador, gaitanismo y allendismo son la misma cosa con distinto nombre, con diferentes jefes, en distintos tiempos. Ambos líderes entraron en la Historia con el signo de la muerte en la frente.
“Te conocí muy tarde”, le dice el Presidente mencionando los lugares donde hubiera querido llevarla. Gloria sabe que Salvador se encuentra en estado frágil: “Yo era una María Magdalena que tenía que lavarle los pies y aligerarle la carga”. Con frecuencia el Presidente proclama que sólo muerto lo sacarán de La Moneda y un hálito fúnebre se instala en el aire. “Yo era el valium de Salvador Allende, le hablaba de otras cosas, era incondicional”, recordará Gloria. Pero un día ve en el velador del Presidente algo inquietante: un frasco de Valium verdadero.
Una noche, por el ventanal observan los cerezos cargados de botones en vísperas de la primavera: “Yo no veré esas flores –dice Salvador–. Me sentaré en el sillón presidencial, me terciaré la banda y esperaré la muerte”. Otras veces repite: “Una guerra civil sería desastrosa. Necesito seis meses… ¡Sólo seis meses!” Gloria pide al Presidente el nombre del militar que organiza el golpe y le ofrece inmolarse matándolo: Allende sonríe.
“Voy a morir, pero voy a seguir viviendo en ti”, dice Salvador. La idea de un “hijo de Allende nieto de Gaitán” se va imponiendo como una esperanza casi mística. En lugar de la revolución que Gaitán no alcanzó a comenzar y la que Allende no logrará terminar, habrá al menos una creación: Gloria queda embarazada. Salvador y ella, la única persona que conoce las tribulaciones del Presidente en el umbral de la muerte, no dudan de que el hijo será varón, lo que se confirmará cuando a su regreso a Colombia tras la muerte del Chicho ella padezca un aborto espontáneo.
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¿Te acuerdas del año 2011?
Por Pelantaro
Del disco duro
Archivado el 27 de julio de 2011 a las 8:07
– ¿Te acuerdas, mamá,
del 2011? ¡Un año luminoso! ¡Cambiamos el país!
– Fue un año horribilis: tu padre apareció en
DICOM por las 380 lucas de la cocina nueva. Nos atrasamos a causa de los gastos
de la enfermedad de tu abuela. Tuvimos que pagar un millón y medio.
– Eso les pasó por confiar en los piratas de La
Polar.
– Fue también el año
del terremoto.
– No, el terremoto fue
antes. ¡En 2011 estuve en huelga de
hambre! ¿Ya te olvidaste?
– Ah, sí… Tu padre y
yo teníamos terror de que te enfermaras.
– Y me llevaron comida, creían que era capaz de
traicionar a mis compañeros.
– Podías haberte muerto.
– ¿Cómo no se daban cuenta? Los jóvenes estábamos
cambiando el mundo, inundábamos las plazas de España, Egipto, Chile, cientos de
miles, millones…
– Algunos eran bien violentos.
– ¿Violentos? ¡Por favor! Ustedes nos dejaron un
país sin perspectivas para la juventud, donde los carabineros se entretenían apaleándonos:
¡esa era violencia!
– Tú no viviste la violencia de la dictadura.
Queríamos que crecieras en un ambiente de paz.
– ¿De paz? ¿Que viviera feliz con universidades galácticas para ricos y rasqueli para los pobres?
Nosotros rechazamos la paz de ustedes.
– Era mejor que nada.
– ¡Peor que nada! Yo bajé cinco kilos para
cambiar las cosas y a las personas como tú les abrimos los ojos. Tumbamos a un ministro… no me acuerdo cómo se llamaba…
– Lavín… Piñera gobernaba
con ese y otros ministro salidos de Chacarillas.
– ¿Chaca… qué?
– Chacarillas, un happening de antorchas que hizo
Pinochet con 77 jóvenes.
– Tú, dale con Allende y Pinochet… ¡prehistoria!
– ¡A Allende no me lo toques!
– ¿Por qué? Mientras denunciábamos
el negociado de la educación, ustedes se dedicaban a desenterrar sus huesos.
– Gracias a eso se supo que se había suicidado.
– ¿Y qué más da que se suicidara o se muriera de
un infarto?
– Se suicidó heroicamente cuando lo estaban
bombardeando.
– Heroicamente… Él quedó como un héroe, pero dejó a su pueblo en
las garras de los milicos.
– Trató de cambiar las cosas.
– Pero el resultado fue al revés. ¡Las cosas las
cambiamos nosotros en 2011!
– Ustedes no eran los únicos en este país.
Recuerda que ese año se salvaron los 33 mineros, con el apoyo de todos los
chilenos. Yo no dormí esos días.
– Fallaste de nuevo, mamá: eso fue el año anterior.
En 2011 los mineros demandaron al Estado, culpable de la inseguridad de esa
mina… y de todas las demás. Se cansaron de la farándula y reclamaron sus
derechos, con el apoyo de todos… los jóvenes. ¡2011 fue un año histórico!
– Fue el año de otra tragedia: las nevadas en el
sur, lo veíamos en la televisión, ¿te acuerdas?
– Y de la siniestra matanza en Noruega de ese rubio
fascista: imágenes terribles.
– Algo positivo por lo menos: mataron a Bin Laden y se casaron los príncipes William de
Inglaterra y Alberto de Mónaco.
– Lo de Bin Laden fue cototo, pero ¿a quién le
interesan tus principitos?
– Todos soñamos con príncipes y princesas.
– Hubo cosas más importantes en 2011: la pelea
contra Hydroaisén, la serie “Los
Archivos del Cardenal”.
– ¡El escándalo que se armó con esa serie!
– Eso te muestra el país retrógrado en que
vivíamos, mamá.
– Yo lloraba en cada episodio.
– Los jóvenes salvamos a Chile gracias a Twitter,
Facebook, los SMS, las redes sociales. Nos informamos on line y no dependemos
como tú del Mercurio, la Tercera y la revista Cosas. No le pedimos permiso a
nadie.
– Cada generación tiene sus valores.
– En 2011, a fin de año, el centenario de Matta,
el 11, 11, 11, sí que entusiasmó a los jóvenes. Su pintura nos interpreta.
– Porque cada generación tiene sus metas y sus
modas.
– Mi meta es sacar el título y pagar la deuda
con el banco por el costo de mi carrera. A mis hijos, tus nietos, les
tocará luchar por la educación gratuita… si se pone de moda.
28 de junio de 2014
El cardenal Ezzati y los obispos ultramontanos
Publicado en El Mostrador el 17 de junio de 2014
Los conflictos entre obispos y gobernantes habían sido recurrentes desde los primeros días de la Colonia y se prolongaron a lo largo del siglo XIX bajo la República. Los obispos “ultramontanos” ‒que en España desafiaban al rey y sólo obedecían al Vaticano situado del otro lado de las montañas alpinas‒ encontraron campo de batalla en la América hispana. Chile no fue una excepción.
En 1601, el obispo de Santiago fray Juan Pérez de Espinoza se trabó en furibundas reyertas con el gobernador Alonso de Ribera, al que fulminó con la excomunión. La Audiencia ordenó el arresto del obispo, que huyó en mula a lo que se conoce hasta hoy como la Quebrada del Obispo. Pérez de Espinoza entró en conflicto incluso con el licenciado Melchor Calderón, que a pesar de representar en Chile a la Inquisición era menos extremista que él.
Durante todo el período colonial se sucedieron los episodios de ese tipo, relacionados con el “patronato” que la Corona de España y sus representantes en América ejercían sobre la Iglesia Católica. Tanto en España como en las colonias, los obispos ultramontanos se resistían a acatar las decisiones del rey y sus representantes respecto del nombramientos de obispos y otras cuestiones eclesiásticas. A la vez, la Iglesia Católica se veía agitada internamente por el debate teológico acerca de la guerra de la Araucanía, en que el jesuita Luis de Valdivia preconizaba la guerra defensiva y el fin de los ataques contra los poblados mapuches.
Tras la Independencia de Chile y contra las pretensiones del Vaticano, los nuevos gobernantes sostuvieron que el patronato y las regalías en cuanto al nombramiento de los obispos, la carrera sacerdotal e incluso el recorrido de las procesiones pasaban de España a las autoridades de la joven República, y los conflictos entre los jefes civiles y eclesiásticos no tardaron en estallar. Fiel al laicismo de los tiempos, O’Higgins prohibió sepultar a los muertos en las iglesias y, por negar que los terremotos fueran castigo divino, fray Camilo Henríquez y sus seguidores eran tildados de “apóstoles del diablo” por el fraile ultramontano Tadeo Silva.
En la Iglesia Católica de esos días se enfrentaban el obispo Rodríguez Zorrilla, partidario vehemente de que Chile siguiera siendo colonia de España, y el obispo patriota José Ignacio Cienfuegos. Más tarde, los ultramontanos se opusieron a la obligación impuesta por el ministro conservador Mariano Egaña de que los conventos de monjas crearan escuelas de primeras letras para niñas, y los de sacerdotes, para niños. Cuando un general dispuso que, al presentar armas al paso del Santísimo, la bandera de Chile sólo se inclinara reverente, en lugar de tenderse en el suelo para que la pisara el sacerdote, el vicario reaccionó con furia.
Se sucedían los conflictos, como la célebre Cuestión del Sacristán bajo la Presidencia de Manuel Montt, mandatario conservador profundamente religioso. La expulsión de la catedral metroplitana del sacristán Pedro Santelices, acusado de apedrear la cúpula del templo y beber el vino consagrado, y la sentencia de la Corte Suprema que ordenaba reincorporarlo, seguida por la inminente detención del arzobispo ultramontano Rafael Valentín Valdivieso por incumplir el fallo, enconaron el ambiente. Tras la muerte de Valdivieso, las tensiones se siguieron caldeando cuando el gobierno propuso, para sucederlo, a Francisco de Paula Taforó, quien fue rechazado en Roma por causa de irregularidad ex defectu natalium, debido a que era hijo adoptivo “bastardo” de un comerciante italiano. El delegado papal Celestino del Frate, enviado a Chile en misión apaciguadora, fue expulsado del país por el Presidente Santa María, que retiró al embajador ante la Santa Sede, el escritor Alberto Blest Gana. El conflicto siguió escalando, Santa María impulsó las llamadas leyes laicas y ardió Troya.
La Ley de Cementerios Laicos eliminaba en los cementerios del Estado y las municipalidades la verja que separaba a los católicos de los “disidentes”, especialmente protestantes de familias inglesas, ante lo cual la Arquidiócesis declaró execrado, vale decir maldito, el Cementerio General. En la más pura tradición ultramontana, el senador Carlos Walker Martínez acusó a Santa María de perseguir a los muertos, cosa que –según él– ni Calígula ni Nerón habían hecho con los cristianos que lanzaban a los leones. La ley de matrimonio civil atribuía efectos civiles únicamente al matrimonio celebrado ante el oficial del registro civil o al matrimonio consumado ante una autoridad religiosa que se hubiese inscrito en dicho registro, a lo cual los ultramontanos respondieron con una cita de Pío IX que señalaba que una ley de ese tipo “iguala el concubinato al sacramento del matrimonio”. Contra la oposición de los parlamentarios conservadores y obispos ultramontanos, la ley que creó el Registro Civil puso en manos de esta flamante institución pública la inscripción de los nacimientos, matrimonios y defunciones que antes se hacía en las parroquias. Por entonces, en respuesta a los ultramontanos, los estudiantes de Derecho de la Universidad de Chile, elegantes hijos de familias acomodadas, desfilaban por la Alameda en apoyo de Santa María gritando: “¡No acepta lisonjas… ni de frailes ni de monjas!…”.
El siglo XX trajo la paz entre los pastores de Dios y los gobernantes terrenales de Chile. La separación de la Iglesia Católica –y todas las iglesias– del Estado, fue consumada sin estridencia ni conflicto en la Constitución de 1925 por el presidente Arturo Alessandri Palma, que durante su exilio en Europa había negociado en secreto con el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Gasparri. La separación convenía a ambas partes y se realizó con cirujía suave. Durante su gobierno, el presidente Pedro Aguirre Cerda, radical y masón elegido por el Frente Popular con participación de socialistas y comunistas, se entendió de maravillas con el cardenal José María Caro al impulsar las reformas que los tiempos reclamaban y potenciar la educación pública con el lema “gobernar es educar”. En los años 70, a pesar del fallido proyecto de la Escuela Nacional Unificada al que se oponía la Iglesia Católica, Salvador Allende contó con la mediación del cardenal Raúl Silva Henríquez en sus intentos de negociar con la Democracia Cristiana una salida a la crisis en que se hundía su gobierno. La acción del cardenal Silva Henríquez y una pléyade de obispos y sacerdotes en defensa de los derechos humanos bajo la dictadura es historia cercana y conocida.
Al retornar la democracia, el viraje hacia posiciones ultramontanas y su benevolencia con los sacerdotes pedófilos como Karadima han costado a la Iglesia Católica una caída abrupta de su prestigio entre la población. En el siglo XXI que va corriendo, cuando el gobierno de la Presidenta Bachelet se empeña en un paquete de reformas cuya necesidad salta a la vista, las palabras furibundas del cardenal Ezzati a la salida del Congreso Pleno y su alineamiento con la UDI resucitan los fantasmas de épocas que parecían superadas para siempre.
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La senadora Allende se equivoca sobre el nacimiento de su padre
Publicado en El Mostrador el 18 de marzo de 2014
Por Eduardo Labarca
En la oficina del Registro Civil de Portales he tenido en mis manos el libro polvoriento en cuya ajada página 278, con el número 1754, se encuentra registrado a mano, con la tinta y ortografía de la época, el nacimiento de “Allende Gossens, Salvador Guillermo”, nacido “a la una i media de la mañana” en “España seis quince”, de la circunscripción de Santiago. La casa natal del futuro Presidente, situada en la vereda poniente de la avenida España, fue demolida más tarde para construir un edificio de departamentos que abarca un amplio sector de la cuadra.
Después de conocerse la información del nacimiento de su padre en Santiago, la senadora Isabel Allende reconoció, en un documental de Luis Vera, que su padre “aparece nacido en Valparaíso, lo que hoy día no es claro, porque apareció un certificado inscrito en la avenida España en Santiago, a lo que la familia ha respondido que aquí lo que importa es los sentimientos, y él siempre se sintió porteño, se sentía orgulloso de ser porteño”.
Después de estudiar medicina en Santiago, Allende regresa a Valparaíso, donde se inicia como médico, se lanza a la política y al poco tiempo es elegido diputado de la zona por el Partido Socialista. “Allende experimentaba por Valparaíso una devoción profunda… Vibraba de emoción al contemplar desde el alto de Agua Santa el espectáculo de la bahía una noche de Año Nuevo”, escribirá uno de sus colaboradores.
En los documentos de matrícula en los distintos liceos y en el acta de su matrimonio con Hortensia Bussi en Ñuñoa, cuyas copias tengo en mi poder, Salvador Allende figuró siempre como nacido en Santiago. Pero en sus actuaciones públicas omitía cuidadosamente ese dato. ¿En qué momento y circunstancias, y cómo y por qué Salvador, el santiaguino, se convirtió en el “porteño” Salvador Allende? Hay un enigma en ello.
Los simples mortales evocamos con orgullo el sitio donde nuestra madre nos trajo al mundo, trátese de un palacio o un pesebre, de una gran ciudad o de una aldea. La decisión de Salvador Allende de “olvidar” su nacimiento en Santiago y pretender incluso ante sus hijas que había visto la luz en otra parte, por mucho que se tratara de un puerto con el que desarrolló ataduras poderosas, es sumamente extraña y en ella se trasluce un aspecto recóndito de su personalidad, la combinación de voluntarismo y astucia que le permitirá revertir situaciones y cambiar el rumbo de los acontecimientos con el célebre juego de su “muñeca”. Cuando asuma la Presidencia de la República, su biografía oficial distribuida en tres idiomas consagrará definitivamente su nacimiento en Valparaíso. Así, Salvador Allende, que se sentía llamado a un destino histórico, logrará ser el amo de su nacimiento, como un día lo será de su propia muerte.
Se afirma que la Historia comienza cuando han transcurrido 30 años desde los acontecimientos, y Salvador Allende, muerto hace 40 años, es ya un personaje histórico. A quienes indagamos hoy o a quienes lo hagan en el futuro acerca de su vida y su gesta nos corresponde desenetrañar la verdad objetiva y la esencia de sus actos. Uno de ellos es la curiosa mutación de su lugar de nacimiento.
Como hija, la senadora Isabel Allende ha sido fiel a su padre al atribuirle, a sabiendas de que no es así, haber nacido en Valparaíso. Pero al hablar en su calidad de presidenta del Senado, Isabel Allende lo hizo frente al país y al mundo y para los anales de la República, por lo cual, como ciudadano y sin perjuicio de la admiración que tengo hacia su padre a quien conocí de muy cerca, me he permitido contradecirla.
Esta foto se está moviendo
Publicado en El Mostrador el 18 de febrero de 2014
Por Eduardo Labarca
Nuestros profesores de marxismo-leninismo nos enseñaban que las revoluciones –hablaré con más modestia de “transformaciones”– se producían cuando: a) las clases dominantes no lograban seguir manteniendo el poder desde la altura; b) los de abajo no toleraban más sus deficientes condiciones de existencia; c) se registraba una poderosa multiplicación de la actividad de las masas. Esas eran las condiciones “objetivas”, pero lo decisivo era el factor “subjetivo”: la capacidad de organización y conducción, vale decir, la acción y la dirección transformadoras de la política. Esos maestros nos decían también que la estructura (la economía) determinaba la superestructura (las leyes, el Estado, la religión, la política, la cultura…) y que entre ambas podían producirse desajustes, como en el Chile de hoy, donde la política, la educación, los medios de comunicación se han quedado atrás y ha llegado la hora de una puesta al día.
Los procesos transformadores han tenido siempre un detonante visible y un mar de fondo. En Chile, el alzamiento de la marinería de 1932 partió con una protesta por el rancho, la comida infame que los marineros recibían en los buques, pero el trasfondo era el autoritarismo feudal que imperaba en nuestra marina de guerra. El detonante que nos reveló que existía un desajuste en nuestra sociedad y que se daban las condiciones a), b) y c) enumeradas, fue el movimiento estudiantil simbolizado por el jarrazo y cuyo punto álgido ha estado en las manifestaciones y tomas de los últimos dos años. Detrás del “narcicismo” (J. J. Brunner dixit) o “dogmatismo” (M. Aylwin dixit) de una Camila, un Giorgio, un Gabriel, una Karol, un Moisés, una Eloísa, una Nashla, una Melissa, un chascón Mayol… ha habido algo más, mucho más: la crisis total de la educación mercantilizada y, bajo ella, la crisis a secas de las relaciones entre los actores económicos y vastos grupos sociales del país. A sus espaldas y flancos, los estudiantes han tenido a sus padres, hermanos, tías, abuelas y a una amplia y resuelta multitud horizontal. Ahí han estado las familias enteras de los párvulos, las familias enteras de los escolares, las familias enteras de los universitarios y muchos más. En un país que ha llegado a un punto crítico que salta a la vista, la mecánica de la calle más que la ingeniería política puso en órbita a la Nueva Mayoría.
Hoy por la mañana junto al lago Chungará, Celestino Mamani, un aymará que se gana la vida cobrando 300 pesos a los turistas por el uso de un WC a 4.500 metros sobre el nivel del mar y sirviéndoles mate de coca o agüita de chachacoma para el mal de altura, me habló con orgullo de su hija que estudia “abajo” medicina, del hijo que será contador y del que se capacita para técnico agrícola, pero se lamentó de los años infinitos que él y su mujer tejedora de lana de alpaca tendrán que seguir trabajando para pagar las deudas. Más que resignación, en su voz había fuerza.
El gobierno que se marcha estuvo encabezado por un empresario que aparece entre los multimillonarios de la revista Forbes sin haber fabricado nunca ni un tornillo ni una empanada: sólo piñeriespeculación. La Hacienda bajo ese gobierno ha estado en manos de banqueros; la Educación la han dirigido los dueños de universidades; la Agricultura la han administrado los criadores de pollos; la Pesca, los empresarios pesqueros; la Minería, los magnates mineros. El medio ambiente y su conservación han estado en manos de quienes ven el territorio como un campo abierto a los depredadores de los malls y las grandes constructoras. Nuestras Relaciones Exteriores han sido manejadas por empresarios del retail preocupados ante todo por el éxito de las multitiendas y farmacias chilenas en los países limítrofes.
“Esto se acaba, señores”, exclamaba nuestro relator deportivo. Así es, pero también “esto comienza”… ¿Estará el equipo que se dispone a entrar a la cancha a la altura de la responsabilidad que exigen las transformaciones anunciadas? Se nos prometió un “Chile de todos” y muchos nos lo tomamos en serio y estamos ejerciendo y vamos a ejercer nuestro derecho no sólo a aplaudir, sino también a opinar, calificar y descalificar cuando sea inevitable. De ahí que antes siquiera del puntapié inicial, ya haya varios lesionados en ese equipo y la lista definitiva de las bajas no esté clara todavía. La foto se está moviendo. Hay mucha incógnita sobre lo que viene, pues, en el Chile de todos, esta vez no se trata de gobernar por gobernar y de pequeñas mejoras de un 2%, ni de perseguir como meta suprema sólo el orden y la gobernabilidad. El Chile de todos no aspira únicamente a ser gobernado, sino que está decidido a dar su palabra y participar.
Nadie sabe a ciencia cierta lo que va a pasar. No será fácil dirigir el país chúcaro de hoy y no existe la mujer ni el hombre que esté totalmente preparado para gobernar con cero faltas en los tiempos que vienen. Ni siquiera en las universidades de Harvard o Barcelona enseñan a dirigir las transformaciones cuando la estructura de una sociedad se resquebraja según el esquema marxista-leninista. A su carisma y su experiencia, la Presidenta tendrá que unir nuevas cualidades y talentos, aprendiendo y adaptándose velozmente sobre la marcha junto con su equipo y desarrollando la capacidad de sintonizar con la dinámica exigente del alma popular y la decisión de cambios verdaderos de ese Chile de todos. No olvidemos que los “partos de la Historia” y los “amaneceres que cantan” suelen dar paso a las trágicas noches de llanto y miedo, como sucedió en nuestro país hace 40 años. Recordemos que a menudo las victorias electorales del progresismo terminan en derrumbe: ahí están, para demostrarlo, el descenso vertical de Hollande en Francia y el alza en flecha del fascistoide Frente Nacional. Para cumplir y salir adelante, el nuevo gobierno necesitará una sintonía muy fina con los tiempos que corren.
A pesar de sus guerras internas, la Patrulla Juvenil de la derecha, convertida en Patrulla Senil, afila los cuchillos para el boicot, la venganza y la reconquista. Aspiran a volver al gobierno a consolidar la fusión del Estado con los grandes intereses financieros iniciada por Pinochet. Frente a ello, esperamos un gobierno creativo, dinámico, transparente, sincero, chévere, berraco, filete, y ahí estaremos para apoyarlo. Si nos vienen con subterfugios, saldremos a las grandes alamedas y ahí seremos caleta.
Segunda vuelta de tuerca
Sinlogismo crucino
por Eduardo Labarca
La primera fue el 14 de diciembre,
se llamaba “Homenaje a Parra” y se realizaría en la Playa de las Cadenas. Fue
anunciada día y medio antes de la fecha y suspendida “por fuerza mayor”
(¿¿¿???) hora y media después del instante en que debía haberse iniciado. La
segunda se anunció ayer, con 48 horas de antelación, para mañana sábado a
partir de las 12.30 bajo un nuevo título: “Las Cruces de Parra”.
Trato de adivinar: ¿Homenaje sentido
y preparado con el corazón, a la altura del poeta cuyo nombre se invoca?
¿Evento playero improvisado por alguna productora y algún promotor que se
cuelgan de un nombre que suena bien y mucho?
Los nombres de las grandes mujeres
y los hombres grandes suelen convertirse en marca registrada y símbolo de una
localidad. Por ejemplo, Mozart. Salzburgo, la ciudad de Mozart, vive de Mozart:
las bolitas de chocolate, T-shirts, estatuillas, cajas de fósforos, pañuelos de
seda, paraguas y hasta las servilletas del McDonald’s local llevan la imagen de
Mozart. Pero Mozart no es solo un nombre jugoso para los salzburgueses. En
Salzburgo se le rinde tributo año tras año con el festival de música en el que
participan los más insignes directores, solistas, cantantes y orquestas
del planeta. En Salzburgo se estrenan las obras sinfónicas y producciones operáticas
que recorrerán el mundo.
¿Y en Las Cruces? Cuando todos los que revoloteamos por
aquí hayamos muerto, quizás Nicanor Parra reciba en este pueblo un homenaje a su
altura.
Iré a la Playa de las Cadenas a ver
qué pasa y ojalá que todo salga bien. Trataré de entender en qué consiste la
clasificación entre una primera división formada por los “Poetas” a secas y una
segunda división de los llamados “Poetas Locales” que figura en el afiche. Por
cierto, Nicanor Parra, a quien probablemente no le pidieron permiso para usar
su nombre, estará en la segunda división: la de simple Poeta Local.
por Eduardo Labarca
El primer signo fueron los tres bancos cruelmente demolidos en la Playa de las Cadenas. Vino luego la luguilla, explosión de vida marina descomponiéndose sobre la arena, seguida por la agonía aleteante de la foca de 500 kg en la Caleta. De San Sebastián llegó la noticia de la tragedia: la muerte desesperada de Juan Carlos Salazar, el Tuta, seguida por el cierre de su Caja Vecina, único banco del mundo que nos atendía de lunes a domingo hasta las diez de la noche. El pingüino muerto traído y llevado por las olas, el manchón rojo de millones de langostinos recién nacidos retorciéndose en la rompiente, la muerte de don Walter, el eterno dueño del restorán La Cabaña... Esta mañana, Sandra vino a traerme un recado de su madre. El recado era lo de menos: a los 17 años, Sandra me mostró con orgullo su vientre de muchacha embarazada. En la Playa de las Cadenas los bancos reconstruidos lucen de nuevo en gloria y majestad.
Muerte y Resurrección en Las Cruces
Sinlogismo crucino
El primer signo fueron los tres bancos cruelmente demolidos en la Playa de las Cadenas. Vino luego la luguilla, explosión de vida marina descomponiéndose sobre la arena, seguida por la agonía aleteante de la foca de 500 kg en la Caleta. De San Sebastián llegó la noticia de la tragedia: la muerte desesperada de Juan Carlos Salazar, el Tuta, seguida por el cierre de su Caja Vecina, único banco del mundo que nos atendía de lunes a domingo hasta las diez de la noche. El pingüino muerto traído y llevado por las olas, el manchón rojo de millones de langostinos recién nacidos retorciéndose en la rompiente, la muerte de don Walter, el eterno dueño del restorán La Cabaña... Esta mañana, Sandra vino a traerme un recado de su madre. El recado era lo de menos: a los 17 años, Sandra me mostró con orgullo su vientre de muchacha embarazada. En la Playa de las Cadenas los bancos reconstruidos lucen de nuevo en gloria y majestad.
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