12 de octubre de 2011

El butamalón de los estudiantes y la guerra de la Araucanía

Por Eduardo Labarca, autor de la novela histórica Butamalón.


En estos días los estudiantes han puesto en jaque al Gobierno y conmovido a la sociedad. Hace más de cuatro siglos los mapuches arrinconaron a los ejércitos de España, el imperio más poderoso del planeta, y recuperaron los territorios de la Frontera. Sólo fueron desalojados dos siglos y medio más tarde por los cañones del ejército de la República. ¿Qué fuerza hermana a los estudiantes de hoy y los mapuches de antaño?

Ante todo, la seguridad de la justicia de su causa y la decisión de hacer todos los sacrificios necesarios para conseguir la victoria. Los mapuches preferían morir luchando a ser esclavizados; los estudiantes han preferido poner en peligro un año de estudios, afrontar la furia de Carabineros y arriesgar la salud en huelga de hambre, antes que seguir inmersos en un sistema educacional discriminatorio y retrógrado.

El imperio azteca se derrumbó en México cuando Hernán Cortés apresó al emperador Moctezuma y quemó en la hoguera a Cuauthémoc, su sucesor; el imperio inca del Perú se vino abajo el día en que Francisco Pizarro hizo asesinar a Atahualpa. Esas tiranías indígenas teocráticas tenían pies de barro, mientras que en Chile la muerte de Lautaro, el martirio de Galvarino, Caupolicán y otros toquis y loncos no acabaron con la resistencia. ¿Por qué?

Porque los mapuches vivían en comunidades dispersas y pacíficas en una galaxia comparable a la de los estudiantes de hoy, repartidos en colegios, escuelas, sedes, universidades. Cuando los incas pasaron al sur del Maule y el día en que los españoles pisaron sus territorios, los mapuches se alzaron como una ola incontenible. Dos gobernadores y 30.000 soldados españoles perdieron la vida en esa guerra, más que en la conquista de todo el resto de América… ¡Del lado mapuche murieron 200 mil!

Los conquistadores creían que los “indios aucas” los recibirían agradecidos, así como la dictadura y los gobiernos de la Concertación que siguieron creían que los colegios y universidades estaban bajo control para siempre. “Hemos ampliado la educación y otorgado préstamos y becas, ¿qué más quieren?” La Concertación no entendió que el estallido de los pingüinos era el anticipo de la tormenta de ahora. Del mismo modo que los estudiantes, los mapuches eran flexibles. Después de una derrota, los sobrevivientes se replegaban al fondo de los bosques y las madres preparaban a una nueva generación de conas para que fueran más certeros en el próximo alzamiento. Los estudiantes de hoy han sacado enseñanzas del movimiento de los pingüinos y saben que la solución no puede provenir de un mero plan del gobierno o de leyes aprobadas a sus espaldas.

Sin reyes ni tiranos, ante el peligro los loncos mapuches ventilaban sus opiniones en un parlamento que duraba varios días. Ercilla, el español que los admiraba, escribe en su poema La Araucana: “En el valle de Ongolmo congregados / los dieciséis caciques araucanos / y algunos capitanes señalados / de los interesados comarcanos, / todos en general deliberados / de venir con nosotros a las manos; / sobre el lugar, el tiempo y aparejo, / entraron los caciques en consejo.”

Los impacientes como Tucapel querían cruzar el océano para aniquilar a España misma, mientras el anciano Colocolo moderaba los ánimos. Definida la estrategia, los loncos elegían al líder física y mentalmente fuerte que los dirigiría en la guerra. Rubén Darío exaltó la singular democracia mapuche al describir la prueba del tronco en su poema Caupolicán: “Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día, / le vio la tarde pálida, le vio la noche fría, / y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán. // ‘¡El Toqui, el Toqui!’, clama la conmovida casta. / Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: ‘Basta’, / e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.”

Acabado el debate, las tropas de todos los mapus quedaban bajo el mando del generalísimo. Así Lautaro derrotó y dio muerte al conquistador Pedro de Valdivia y, medio siglo más tarde, Pelantaro arrinconó al gobernador Martín García Óñez de Loyola, lo venció y le dio muerte en la batalla de Curalaba, en 1598. El butamalón victorioso dirigido por Pelantaro destruyó las “siete ciudades de arriba” fundadas por los españoles en la Araucanía y liberó una amplia zona que permaneció independiente hasta la invasión republicana de los años 60 del siglo XIX. El autor de estas líneas ha descrito así la junta de la victoria convocada por Pelantaro: “Los veo por fin: los tres mil caciques están aquí sentados en el suelo del enorme anfiteatro. En la luminosidad reseca de esta mañana, su butacoyag es la abigarrada dieta general del reino. De pie entre las dos puntas de la asamblea en forma de herradura, los cuatro toquis de la tetrarquía lucen su altivez.”

Al estilo mapuche, el butamalón de los estudiantes universitarios y secundarios se ha gestado en elecciones y asambleas realizadas en los distintos establecimientos. Como nuestros ancestros indígenas, los dirigentes estudiantiles dan pruebas de decisión y flexibilidad, apoyados por la mayoría de los chilenos.

Durante la guerra de la Araucanía, los sacerdotes y poetas españoles criticaban la crueldad del ejército conquistador. Sobre el suplicio de Caupolicán, Ercilla escribió: “… que si yo a la sazón allí estuviera / la cruda ejecución se suspendiera”. El jesuita Luis de Valdivia propiciaba la guerra defensiva, mientras los frailes dominicos negaban la extremaunción a los soldados españoles que caían en esa guerra injusta. El padre Juan Barba, magnífico personaje de nuestra historia, dio el paso más osado y se sumó con la cruz y la espada al butamalón de Pelantaro.
Los mapuches eran pragmáticos y entre dos combates negociaban con las autoridades españolas, torpes y debilitadas como el actual gobierno de Chile, a las que arrancaron 28 tratados que reconocían sus derechos. Hoy, las huestes estudiantiles desplegadas están resueltas a conquistar una victoria que no consista en parches y paños tibios, sino en una real transformación de la educación chilena. Guiada por el interés público y no por el lucro, esa educación ha de ser la que el país necesita: moderna, de alta calidad, no discriminatoria, abierta a todos.

Como los toquis del pasado, los líderes estudiantiles gozan de autoridad y prestigio. Entre ellos sobresale una mujer, heredera de Yanequeo, la que se puso a la cabeza de las falanges mapuches con estas palabras citadas por el jesuita Diego de Rosales: “Yo seré la primera en los peligros y la última que de ellos me retire”.