7 de abril de 2018

El episodio que el ministro Espina quisiera olvidar




En Las Cruces el jardinero Mario Romero recuerda el día negro
del estudiante Alberto Espina



Hace medio siglo, antes de cumplir veinte años, Mario Romero Castro frecuentó a la familia de Alberto Espina Otero, flamante ministro de Defensa. Corrían los años 60 y 70, y doña Eliana, madre del futuro político de RN, daba trabajo de jardinero al joven Mario Romero. En esos días él conoció de primera mano un episodio que por razones obvias Alberto Espina ha mantenido en reserva. Además, según Romero la señora Eliana fue la causante de la peor tragedia de su vida.

Hoy, a los 74 años, don Mario vive aquí en Las Cruces, el pueblito del Litoral de los Poetas donde escribo estas líneas. Se gana la vida jardineando como siempre mientras la salud le aguante. Lo vemos pasar con su sombrerito cuando un vecino lo llama para que le pode los pitosporos o le enchule los rosales y buganvilias. Porque desde niño don Mario ha tenido buena mano para las plantas, yo lo he visto conversar con ellas.

Mario Romero nació en 1945 en el fundo Santa Rosa de Las Condes, campos que al ser urbanizados se convertirán en la comuna de Las Condes, zona de ricos y edificios de lujo. Su familia vivía en la precaria población El Ejemplo, en la ribera del Mapocho, y tenían que escapar cada vez que el río venía crecido. El padre poseía un carretón con caballo pero se dio al alcohol y el niño Mario tuvo que abandonar la escuela y salir a trabajar para apuntalar a su madre y seis hermanos.

Don Mario recuerda que doña Eliana Otero de Espina, madre del político, lo llamaba para que le arreglara el jardín de su casa de Candelaria Goyenechea con Américo Vespucio. Al abrir la puerta de su citroneta, doña Eliana había sido arrollada por un camión. Quedó con una terrible cojera, el marido se marchó y ella trabajaba para salir adelante con sus cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. Alberto, indisciplinado y de carácter difícil, era el mayor. Los recursos de la familia eran esquivos y don Mario cuenta que “antes de fin de mes doña Eliana me pidió varias veces dinero prestado, siempre me lo devolvió. Con su hijos Alberto nos tratábamos de tú; él era unos diez años menor que yo”.

Todo se complicó cuando Salvador Allende fue elegido presidente, algo tan terrible para la señora Eliana que al conocer la noticia se desmayó. En cambio Mario, su jardinero, se entusiasmó con ese gobierno que pretendía acabar con las injusticias sociales y siguiendo la tradición militante de su abuelo materno se incorporó a la Juventud Comunista. Don Mario recuerda que “cuando Fidel Castro vino a Chile, la señora Eliana fue con otras amigas a lanzarle huevos, pero nosotros llegamos con máscaras, las damas creyeron que éramos de su bando, nos dieron huevos y se los lanzamos a ellas”. Alberto Espina y algunos compañeros del Grange School formaban piquetes y hacían violentas manifestaciones contra Allende en las esquinas.

El gobierno de la UP construyó detrás de la Escuela Militar la Población San Luis en la que Mario Romero, que ya estaba casado y vivía con su mujer y tres hijos en la ribera del Mapocho, recibió un departamento de dos dormitorios. La señora Eliana lo sermoneaba por ser comunista y en una ocasión quiso visitar y conocer los departamentos que él, sus hermanos casados y su madre habían recibido en los flamantes edificios.

Un 7 de octubre, fecha en que Mario Romero estaba de cumpleaños, un contingente militar irrumpió violentamente durante el toque de queda en su departamentos y en los de su familia. “Las patadas, los culatazos, los cañones apuntados a la cabeza de grandes y niños y un balazo que por suerte no hirió a nadie fueron el comienzo”. Los trasladaron boca abajo en un camión con los ojos vendados, “los milicos nos pisoteaban con sus botas, el viaje fue larguísimo, pasamos por caminos de ripio con virajes hasta llegar a un lugar que descubrimos era la Escuela Militar que quedaba al lado de la población donde nos habían detenido: pretendieron despistarnos”. Allí, simulacros de fusilamiento frente a un muro donde los pies se adherían al suelo y “cuando se me corrió la venda, vi lo que pisábamos: era sangre”.

“Más tarde una vecina me reveló que la persona que nos había delatado a mí y mis hermanos fue la madre de Alberto Espina, la señora Eliana Otero, que había visitado nuestros departamentos y sabía dónde vivíamos”, cuenta don Mario. De la Escuela Militar los hermanos Romero fueron trasladados a otro lugar, que resultó ser el cuartel general de Investigaciones de avenida General Mackenna. Allí permanecían con los ojos vendados y hacinados en condiciones insalubres en la “patilla”, de donde los sacaban para golpearlos, torturarlos con electricidad y ponerles inyecciones que los hacían perder la conciencia: “¿Dónde están las armas?” Cuando un preso murió por la tortura, su cuerpo fue dejado una semana a que se pudriera en la celda.

Sus familiares buscaban infructuosamente a los hermanos Romero en cuarteles y centros de detención, algunos viajaron a averiguar a los campos de concentración del norte, corrían los días, perdieron la esperanza de volver a verlos vivos. La mujer de Mario quedó sola con tres hijos sin medios de subsistencia y una dolencia al corazón que padecía se le agravó, lo que la afectará hasta su muerte.



El día de Navidad, tras permanecer dos meses y medio desaparecidos, los hermanos Romero fueron liberados y regresaron demacrados y con las marcas de la tortura a la población San Luis. Pero la dictadura no tardó en desalojarlos para “limpiar el sector de comunistas” e instalar militares en esos excelentes edificios, que serán demolidos y darán paso a un negocio inmobiliario que hasta hoy causa controversia.

Al quedar libre, Mario Romero pasó largos períodos sin trabajo y con el tiempo el matrimonio se trasladará a Las Cruces, con clima más favorable para su mujer, donde ella morirá a causa de la enfermedad que se le había agravado en los días en que él estuvo preso. Cuando quiso acogerse a las leyes que concedieron una pensión a los antiguos presos y torturados, Mario Romero no pudo probar su detención pues ni en la Escuela Militar ni en Investigaciones se conserva la lista de los antiguos prisioneros. En lugar de insistir, buscar testigos y seguir haciendo trámites, prefirió olvidarse del asunto y hoy recibe una pensión de vejez de ochenta mil pesos mensuales y trabaja todos los días.

Mario Romero cuenta que tras ser liberado fue donde doña Eliana y le enrostró que “usted me mandó preso y no le importaron mis hijos que quedaron abandonados, a mí me pudieron matar”. Atrás estaban los tiempos en que ella le pedía dinero y en que él conoció el secreto de Alberto Espina.

Sucedió en el Grange, el colegio inglés famoso por sus actividades deportivas donde estudiaba el adolescente Alberto. Según relata don Mario, un día en que se duchaban después de la gimnasia y mientras se jabonaban y el agua caliente escurría por sus cuerpos desnudos en el baño de mujeres, varias alumnas percibieron un ruido en el techo y descubrieron que alguien las estaba espiando. Gritaron y la persona que las miraba huyó precipitadamente, el pizarreño se rompió y una pierna asomó hacia abajo de manera fugaz.

El escándalo fue mayúsculo, la dirección del colegio hizo formar a los guardias, jardineros, aseadores y empleados de servicio, a los que sometió a una infructuosa revisión. Descartados los simples trabajadores, les tocó el turno a los alumnos varones de buena familia que, alineados en el patio, tuvieron que arremangarse los pantalones. Todos exhibían los calcetines negros del uniforme, con una sola excepción. Las muchachas espiadas habían declarado que el pie que irrumpió desde el techo tenía un calcetín rojo y la revisión mostró que el estudiante Alberto Espina era el único que usaba calcetines de ese color.

La expulsión del colegio del futuro senador y ministro de Defensa Alberto Espina Otero estaba cantada, pero con lágrimas y moviendo palillos la señora Eliana consiguió evitarlo, lo que no libró a su hijo de un castigo y de la vergüenza. En Las Cruces, con una tijera podadora en la mano el jardinero Mario Romero recuerda que, llorando, doña Eliana le contó a él lo que había sucedido, mientras se quejaba de su hijo mayor, el de los calcetines rojos. “Eso fue antes de que me denunciara y me mandara preso”.






25 de febrero de 2018

Las dos muertes de mi vecino Nicanor



EL MOSTRADOR

22 de febrero de 2018


por Eduardo Labarca



El 4 de septiembre pasado, víspera del día en que cumplía 103 años y faltando cuatro meses y medio para su muerte física, mi vecino Nicanor Parra fue sacado de su casa aquí en Las Cruces y llevado a una notaría de San Antonio a firmar un testamento en el que privilegia a su hija menor, Colombina. Se explicó que ella se encargaría de preservar su patrimonio creativo y convertir dos de sus casas en museos: encomiable. Pero hete que la hija mayor, Catalina, flanqueada por sus abogados, ha puesto en duda el testamento, lo que podría presagiar ¾hago votos por que no suceda¾ una guerra a cuchillo en esa familia de potentes individualidades, como la que arde entre las dos viudas de Roberto Bolaño o la que tiene agarradas de la yugular a las herederas del rockero francés Johnny Hallyday. Mala cosa: mi vecino no merecería esto.

Si una persona ha superado los cien años, su firma al pie de un testamento desestibado a favor de un solo heredero siempre tendrá un tufillo sospechoso. En medio de la polvareda, yo, que ocasionalmente conversaba con Parra de asuntos siempre sorprendentes, trato de descifrar los hechos desde mi atalaya de Las Cruces, un pueblo de cuatro gatos donde todo se ve, todo se escucha y tarde o temprano todo se sabe. Con la muerte de Nicanor, los vecinos hemos quedado huérfanos y tristes, preocupados además por las movidas que han rodeado su partida.

Lo conocí en 1990. Yo venía de Viena y subí con María Elena, mi cónyuge poeta, a su casa de La Reina. Antes, en mis tiempos de estudiante lo veía y escuchaba leer sus poemas; ese día conversamos los tres. Veinte años más tarde, cuando aterricé en Las Cruces di los 50 pasos que separan mi casa de la suya para hacerle la visita de estilo. Nicanor Parra me bautizó como “el vecino de Viena” y en nuestras conversaciones solía aludir a mis parientes de Chillán, “cuicos” según él, aunque yo le recordaba que todos terminaron en la ruina. A María Elena la llamaba “la rubia despampanante”.

Cuando todavía salía a caminar pasó algunas veces por mi casa y me contó que había querido comprarla antes que yo, en este pueblo donde “los pobres les compramos las casas a los ricos que se fueron a Zapallar”. En una ocasión me aceptó un whisky a la inglesa, sin hielo, y quedó “medio caramboleado, compadre”, tuve que escoltarlo de vuelta. El arribo del contenedor con mis libros desde Austria coincidió con su súbita pasión por los rosacruces, de cuyas teorías esotéricas se documentaba en un escuálido artículo de la Enciclopedia Británica. “Voy y vuelvo”, le dije y le traje de mi casa el diccionario oficial de la Antigua y Mística Orden de la Rosa-Cruz, denso mamotreto centenario plagado de signos cabalísticos, probablemente el único ejemplar llegado a Chile. A él, titular del Premio Cervantes, le regalé mi tomo facsimilar de un ejemplar de la primera edición del Quijote descubierto en la ciudad alpina de Innsbruck por Enrique Rodrigues-Moura, académico nacido en Chile. Cuando le llevé por segunda vez mi libro El enigma de los módulos ¾un ejemplar anterior se atascó en las manos del mensajero¾ al ver la foto de la portada comentó a terceros: “El vecino Labarca se fue al chancho”.

Y así... distintas conversas en la puerta de su casa de la calle Lincoln cuando yo pasaba con mis perros Tronko y Trompeta; o adentro en la sala donde él recibía a los amigos, hojeaba los diarios y escuchaba cuecas apianadas amagando algunos pasos; o por la ventanilla de su vetusto escarabajo Volkswagen en cuyo interior leía y escribía abrigado por la “calefacción gratis” del sol invernal... Solía sorprenderme con versiones enchuladas de episodios conocidos: su condena a morir sin el Nobel por no haberse acostado con la mujer de un académico sueco que se la ponía en bandeja; su famoso té en la Casa Blanca con Pat Nixon, esposa del presidente, a la que no le regaló un libro como se cree, sino que fue ella la que entró por una puerta a saludarlo y le regaló un libro a él, que es la escena recogida en la foto “cuando ella me lo está pasando”. Y así... Hamlet, como personaje vivito y coleando, alternado con la Señorita Z, de la que Portales se quejó por no haber estado virgen; o la singular relación entre Salvador Allende y su hermana Laura que lo hacía levantar una ceja; o la fórmula de su amigo Francisco Javier Cuadra, rector de la Universidad Diego Portales, para resolver los conflictos peliagudos: “Urge hacer nada”...

Cuando en 2014 cumplió cien años, mi vecino vivía aquí en Las Cruces su rutina de anciano siempre inquieto en la casa a la que se había retirado años atrás, atendido por su eterna nana Rosita Avendaño, visitado por parientes y vecinos, por escritores, académicos y por sus amigos de la Universidad Diego Portales y del Clinic. “Hace un mes que el ingrato Patricio Fernández no me viene a ver”, se quejó un día acerca del director de la revista. Pero casi dos años más tarde, en julio de 2016 fui testigo de la acentuada declinación de mi vecino Parra. Luis Merino, director de la biblioteca local y yo llegamos a darle la triste noticia del fallecimiento del escritor Gustavo Frías, vecino entrañable. Nos costó que nos entendiera debido a su sordera avanzada, pero no solo por eso. A Merino, con el que tenía una relación de muchos años, no lo reconoció. A mí finalmente sí, cuando fiel a su nueva idea fija me preguntó en un chispazo: “¿En Viena hay matrimonio igualitario?”

En el triángulo que va de la Punta del Lacho a la Municipalidad y a la tenencia de Carabineros de Las Cruces, todos sabíamos que nuestro antipoeta había entrado al ocaso de su vida al igual que el escarabajo que en la puerta de la casa se iba apachurrando con algún neumático reventado, un espejo partido y los mensajes que los turistas escribían con el dedo en el polvo de la carrocería antes de tomarse la selfie. A un vecino no lo reconocía, a un escritor sesentón lo creía adolescente, no recordaba que una amiga le había organizado una exposición, confusiones de las que Raúl Zurita ha dado crudo testimonio. Los vecinos, así como las enfermeras ¾ colombiana, una; venezolana, otra; cubana la tercera¾ que se turnaban para cuidarlo, observábamos con respeto la lenta involución del poeta, hasta que... Hasta que a mediados del año pasado, el decrépito escarabajo VW y su dueño centenario fueron llevados por la hija Colombina y el nieto Cristóbal Tololo Ugarte a la casa de La Reina y se inició una estridente campaña de salvaguarda y recuperación del patrimonio de nuestro ilustre vecino con miras a su conservación más allá de su muerte.

Frente al quiosco de la Playa Chica, en la fila de la verdulería Yupanqui, a la hora de la compra en los supermercados Malloco o Patito, en el restaurante Puesta de Sol, los vecinos nos preguntábamos unos a otros: ¿Hubo desidia del propio Nicanor y sus parientes al despreocuparse hasta este momento de sus bienes? ¿O existió una inacción deliberada de los activistas de la flamante campaña en espera de la hora final del poeta?

En Santiago sus acompañantes mostraron a Nicanor los estropicios infligidos a lo largo de muchos años a su casa de La Reina y acicatearon su angustia ante la supuesta sustracción y venta de sus cuadernos personales y otros objetos, mientras la escena pública era ocupada en primer plano por un personaje ávido de protagonismo, al que lamentablemente tendré que volver a referirme: el Tololo. Desde ese instante, el nieto fue el vocero oficial y omnipresente dedicado a disparar con ventilador en “nombre de la familia” —en realidad solo una parte de ella— sin que ninguno de sus mandantes lo desmintiera o lo hiciera callar. Al músico Mauricio Yáñez, integrante junto a su tío Juan de Dios Barraco Parra del dúo musical Los Piures, lo acusó de ser un “drogadicto” y de haberse tomado la casa de La Reina, e ilustró su afirmación con la fotografía de una taza de WC saturada de periódicos y de mierda. Yáñez respondió que él cuidaba la casa por encargo de Colombina y Barraco y acusó al Tololo de haberle destrozado sus instrumentos...

Con pesar observábamos el conventilleo y la farándula que se apoderaban del nombre y la vida de nuestro vecino. Quizás por ello el día en que lo trajeron de vuelta al litoral Nicanor venía taciturno, triste, huraño, ensimismado, a lo que se sumó el incidente del escarabajo, que había sido reparado y vuelto a poner en circulación. Sucedió el sábado 24 de junio del año pasado, cuando desde la ventana de mi casa veo que abajo frente a la playa los carabineros detienen el VW de Nicanor Parra y se llevan preso en un furgón al chofer cuya identidad no alcanzo a distinguir. Desciendo los 54 peldaños de piedra para noticiarme y me entero de que los pacos han apresado al nieto Tololo que tenía orden de detención por manejar en estado de ebriedad en San Felipe. El abuelo centenario venía en el asiento del copiloto y quedó varado dentro de la cápsula metálica hasta que Emilio Solovera, un vecino de familia de músicos que iba pasando por la Playa Chica, condujo el escarabajo de vuelta con su ilustre ocupante a su casa del llamado barrio Vaticano. Yo dediqué al incidente uno de mis “sinlogismos”, especie de anticrónica.

Piedra angular de la cruzada por el patrimonio del antipoeta será el mentado testamento escrito con mano firme por el experto abogado Luis Valentín Ferrada —redactor jefe de los códigos y leyes de Pinochet, abogado de Miguel Krassnoff, ex diputado de RN— y firmado con mano temblorosas por Nicanor. Mientras ciertos galeristas devolvían algunos cuadernos del antipoeta, el abogado y la fracción de la familia representada por él se querellaban contra el coleccionista César Soto Gómez, quien dijo haber comprado los cuadernos a Juan de Dios Barraco Parra y poderlo probar con documentos.

A través de las redes, la prensa, las radios y los canales de TV, el inefable vocero-nieto daba patadas de mula a personas del entorno de su abuelo, como el mencionado coleccionista César Soto, poeta, amigo de cuatro décadas y editor de un opúsculo de Parra, o contra Cecilia García Huidobro Mac Auliffe, decana de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales, universidad en la que Parra estaba arranchado de larga data, que ha publicado sus libros, cuya biblioteca lleva el nombre del antipoeta y que le pagaba un sueldo como profesor honorario hasta su muerte.

Entretanto aquí en Las Cruces, Nicanor Parra llamaba a gritos durante el sueño a su hermana Violeta y con un saldo de energía lanzaba garabatos y arrojaba lejos el lápiz cuando le traían un nuevo documento para que lo firmara. Nuestro vecino se iba apagando en soledad. Se hallaba acompañado, es cierto, por la hija y el nieto que más cerca de él habían estado en los últimos años, pero la preocupación principal de esas personas, del abogado, del decano de arquitectura de la Universidad Católica —ya no de la UDP, la universidad de Parra— que ahora se ocupaba del inventario se centraba en el “patrimonio Parra” más que en la forma de ayudarlo a recorrer en paz el tramo final de su paso por este mundo. “Cuando manyés que a tu lado / se prueban la ropa / que vas a dejar...” reza la letra feroz del tango Yira, Yira. Nicanor se identificaba cada vez más con el monarca despojado de Lear, rey & mendigo, su versión antipoética de la pieza de Shakespeare.

Ante nuestros ojos un cerco de hierro se cerraba en torno al gran vecino. Rosita fue despedida y Ruth Nicul Lincoleo, la nana mapuche con estirpe de machi que la remplazó y que rezaba a Nicanor en mapudungún y con la que él tenía una profunda empatía, también fue despedida. La desconfianza estaba instalada y los grandes amigos del antipoeta, sabiendo que no serían bienvenidos, dejaron de llegar a Las Cruces. Los vecinos que habían recibido de sus manos una botella de vino con una palabra escrita por él en la etiqueta o una bandeja de cartón intervenida no se atrevían a aparecerse en su casa por temor a que los acusaran de habérselas robado.

En el último año Nicanor ya no leía libros, pero seguía hojeando El Líder de San Antonio —el mejor diario de Chile según él— y La Tercera, además de El Mercurio dominical, que le subían desde el quiosco de la playa al minimarket Juan Carlitos, donde otrora él, más tarde la Rosita y luego Milena, la enfermera colombiana, iban a recogerlos. El antipoeta leía sin anteojos y desparramaba los diarios sobre los muebles e incluso en el suelo, y le gustaba releer los titulares. Sin embargo, varios meses antes de su muerte, cuando la trifulca sobre su patrimonio ocupaba las primeras páginas, la hija Colombina pidió que no le trajeran más los diarios pues “ya no puede leer”. De ese modo, nuestro vecino ya disminuido quedó definitivamente encapsulado aquí en Las Cruces fuera del mundo, rodeado solo por el núcleo dedicado a rescatar sus bienes y sin manera de informarse sobre lo que se decía y estaba pasando respecto a su persona. En contraste con la realidad, el Tololo y el abogado proclamaban que Nicanor Parra seguía plenamente lúcido y activo, feliz por el rescate de documentos, indignado contra los traidores que no se habían sumado a la campaña. Ante el mundo, el Nicanor Parra de sangre y hueso había dejado de existir, el personaje que se exhibía en su lugar pertenecía al ámbito de la posverdad.

Con el paquete del “patrimonio Parra” bien atado, un Nicanor débil y ausente fue llevado de nuevo a La Reina una tarde de calor sofocante, traslado al que se habría resistido hasta el final con las pocas fuerzas que le quedaban. Los alemanes dicen: “Alte Bäume verpflanzt man nicht, weil das für sie den Tod bedeutet” (No hay que trasplantar un árbol viejo, porque muere). De La Reina, Nicanor Parra no saldrá con vida. El nieto afirmará que “quería ir a morirse en La Reina”, aunque a los vecinos nos repetía que moriría y sería enterrado en Las Cruces. No parece verosímil que de un día para otro Nicanor haya querido morir en Santiago y que su cadáver fuese zarandeado de vuelta al litoral.

El día del funeral en Las Cruces, después de las canciones vibrantes de Violeta interpretadas por Colombina y el sermón del cura del barrio, el ataúd fue sacado de la iglesia por los parientes, seguidos por una discreta Michelle Bachelet, amigos, vecinos. Entonces corrió la noticia: el Tololo y su padre, convertidos en aduaneros de la muerte de uno de los grandes de Chile, daban a conocer “a nombre de la familia” (?) la nómina de quienes serían expulsados si se aparecían en el entierro que tendría lugar mirando al mar. El anuncio insólito desentonaba con el espíritu que siempre animara a Nicanor Parra, un varón parado en la hilacha pero ajeno a guerrillas y odiosidades, que ante los ataques envenenados se limitaba a dar una respuesta irónica, punzante.



Estuve por última vez con Nicanor Parra en agosto del año pasado, cuando en el antejardín de su casa despedía a un cardumen de escolares. Entré a despedirme yo también, pues me disponía a partir de viaje y no sabía si lo volvería a ver. “Adiós vecino, me voy a Europa”, le dije casi gritando y él agitó la mano como acababa de hacer en dirección a los niños. Creo que no me reconoció. Sabiendo que le gustaban, al regresar hace un mes le traía una caja de chocolates austríacos, esos que llevan el retrato de Mozart en el envoltorio. Pensábamos visitarlo el último fin de semana de enero y entregárselos. No alcanzamos. Nicanor Parra, el chileno que bajó la poesía del Olimpo y la dotó de nuevas alas, murió el martes 23. Los chocolates se los comieron mis nietos.

10 de febrero de 2018

ME-O y el tema de la independencia de Rapa Nui

por Eduardo Labarca

Publicado en El Mostrador el 3 de septiembre de 2017


            En un documental de su autoría sobre la Isla de Pascua, que es a la vez un reportaje y un manifiesto, Marco Enríquez-Ominami se abre a la eventualidad de la independencia de Rapa Nui. Por primera vez un candidato a la presidencia admite públicamente que la Isla de Pascua es una colonia de Chile.
            Impulsado por mi interés por la isla y sus habitantes que se arrastra desde los años 70 del siglo pasado, cuando hice varios viajes a Rapa Nui con fines periodísticos y cinematográficos, concurrí al estreno en el cine Normandie del documental Rapa Ariki Matatoa: Isla de Guerreros. La película, presentada como parte de la campaña del tenaz presidenciable —quizás yo era el único de los presentes que no ha adherido a la candidatura de ME-O— se aparta de las imágenes paradisíacas de estatuas, música, guirnaldas y baile con ondulaciones del “caúja” que nos muestran los noticiaros y matinales de TV o figuras como Cecilia Bolocco. En las entrevistas realizadas por ME-O y en sus propios comentarios que recorren la película, se entra de lleno al tema de fondo.
            Todos los isleños entrevistados —el alcalde Petero Edmunds, presente en el estreno de la película, el presidente del Parlamento Rapa Nui, Leviante Araki, la dirigente Erity Teave y otras mujeres y hombres que ejercen liderazgo en la isla— coinciden en que Rapa Nui es un colonia, en que no se sienten chilenos y que aspiran a la independencia. Solo el rey Valentino Riroroko, descendiente del antiguo monarca llevado a Valparaíso donde murió sospechosamente, responde con política picardía acerca de si se considera chileno: “Es una pregunta que no se la voy a contestar”.
            Enríquez-Ominami, entrevistador opinante, concluye frente a la cámara que hay tres salidas posibles: “Uno, mejorar la relación administrativa del Estado de Chile con Rapa Nui; dos, autonomía; tres, independencia.”
            En un delirio de grandeza colonial, Chile se apoderó en 1888 de Rapa Nui, isla situada a 3.700 kilómetros de nuestra costa, durante el gobierno de Balmaceda en momentos en que las potencias occidentales se repartían las islas polinésicas: Inglaterra se había anexado Nueva Zelanda, y Francia, las Islas Marquesas y las Islas de la Sociedad, entre ellas Tahití y Bora-Bora. El capitán de fragata Policarpo Toro escribió al gobierno que Chile debía apoderarse de la isla para "evitar que una potencia extranjera, tomando posesión de ella, nos amenace desde allí”. Más tarde, en 1898 Estados Unidos se anexará Hawái y los ingleses impondrán un protectorado al reino de Tonga y a las Islas Cook.
            Étnica y culturalmente los rapanui nada tienen que ver con Chile, nación sudamericana nacida del mestizaje de españoles con mapuches y otros pueblos originarios del continente. Los orígenes, el pasado y el presente de Rapa Nui, su lengua, su cosmovisión, su música, sus danzas, su folclor, su mundo imaginario, su sociabilidad pertenecen al vasto y disperso espacio etnogeográfico de Polinesia, que en el corazón del océano Pacífico tiene su ápice en Hawái, el extremo occidental en Nueva Zelanda y su cabo oriental precisamente en Rapa Nui, Te Pito O Te Henúa, el Ombligo del Mundo, que su “descubridor”, el almirante holandés Jacobo Roggeveen, al realizar una carnicería de nativos bautizó piadosamente como “Isla de Pascua”.
            A la llegada de los chilenos en el siglo antepasado, el pueblo rapanui tenía a sus espaldas más de un milenio de historia y un pasado de espléndido desarrollo social, cultural, religioso y artístico, de lo que dan testimonio novecientos moai, esas imponentes estatuas megalíticas que constituyen un tesoro de la humanidad, y las famosas “tablillas cantadas”, con la misteriosa escritura rongorongo. Sin embargo, la población se hallaba reducida a menos de doscientas almas como resultado de una crisis ecológica y alimentaria, las epidemias traídas por los navegantes europeos y una veintena de expediciones de cazadores de esclavos que habían secuestrado a más de 1.700 rapanui para llevarlos principalmente a las guaneras peruanas.
            En 1888 el rey Atamu Tekena firmó con Policarpo Toro, capitán de la corbeta Angamos, un tratado por el que Chile asumía una soberanía protectora sobre Rapa Nui, cuyo pueblo conservaría a sus jefes y sus formas de vida. Hasta hoy los rapanui han cumplido fielmente sus compromisos, no así el Estado de Chile que inscribió las tierras de la isla como propiedad fiscal y negó desde ese día todo derecho civil y político a los rapanui, concentrándolos en el gueto de Hanga Roa cercado por alambres de púa y prohibiéndoles salir por la noche y viajar fuera de la isla. Un tiempo Rapa Nui quedó en manos de la marina de guerra que impuso a sus habitantes un represivo y violento régimen de cuartel y luego fue dada en arriendo por el Estado chileno a la Compañía Explotadora de Isla de Pascua, perteneciente a la empresa británica Williamson & Balfour, cuyo administrador incendió los cultivos de los rapanui y los obligó por hambre a trabajar en virtual esclavitud como pastores de ovejas. Además, los rapanui debían cumplir trabajo forzado para la Marina un día a la semana. En 1953, al término del arriendo, la Armada recuperó el control total de la isla y procedió a reprimir y humillar sistemáticamente a sus habitantes con castigos consistentes en raparles la cabeza, atarlos a una higuera, azotarlos en público o encerrarlos en la “cárcel de piedra”.
            En 1966, durante la presidencia de Eduardio Frei Montalva se concedió por ley la nacionalidad chilena a los rapanui y el derecho a salir de su isla. Actualmente, según el Parlamento Rapa Nui, “la nación ma’ori- rapanui vive bajo la administración colonial del Estado de Chile, quien posee ilegalmente, en calidad de tierras fiscales, más de 80% del territorio de la isla. Se incluyen en estos terrenos el Parque Nacional Rapa Nui, que ha sido declarado patrimonio cultural de la Unesco pero en el cual, paradójicamente, los rapanui no tenemos ningún tipo de derecho territorial ni sobre sus recursos”.
            Variado ha sido el tratamiento de los presidentes y políticos chilenos hacia Rapa Nui. A fines de los años 20 y comienzo de los 30 del siglo pasado, el dictador Carlos Ibáñez del Campo relegó a la isla a dirigentes obreros y sindicales. Más tarde, el gobierno de Eduardo Frei Montalva acusó al profesor Alfonso Rapu, elegido alcalde por los isleños, de conspirar a favor de una unión de Rapa Nui con la Polinesia Francesa, por lo cual fue detenido y procesado mientras un contingente de carabineros viajaba a la isla a poner orden, apalear y encarcelar a los “revoltosos”.
            Salvador Allende, que como parlamentario había recorrido cada centímetro del territorio continental del país, viajó brevemente por única vez a Rapa Nui en febrero de 1968 acompañando como vicepresidente del Senado en el avión Lan, con destino final en Tahití, a los tres combatientes cubanos y un guía boliviano sobrevivientes de la guerrilla del Che que en su huida habían llegado a Chile. A su regreso se refirió con amargura al alcoholismo que había observado entre los pascuenses pero no mencionó los padecimientos de los rapanui ni el injusto destino de la isla. Durante el gobierno de la Unidad Popular no hubo debate sobre el tema y más tarde, cuando aterrizaron efímeramente en Rapa Nui y se fotografiaron con guirnaldas al cuello, el dictador Pinochet y los presidentes de la democracia que lo sucedieron nunca llegaron en visita especial, sino solo como escala en un vuelo hacia otros destinos.
            Salvo una que otra frase, para la izquierda chilena la isla de Rapa Nui y el drama de sus habitantes no ha sido nunca un tema relevante. Elías Lafertte, fundador y presidente del Partido Comunista, desterrado a Rapa Nui en 1929 junto o otros dirigentes obreros, recuerda en sus memorias que los isleños los tomaron bajo su protección y les llevaban generosamente comida, gracias a lo cual sobrevivieron sin pasar hambre. Respecto de las condiciones de cuasi esclavitud en que vivían los rapanui no hay una sola palabra de su parte, aunque sí condena por faltar “a la decencia que caracteriza a los comunistas” a dos relegados que “se fueron a vivir maritalmente con nativas de la isla”.
            En el debate parlamentario de 1968 que dio lugar a la ley que por primera vez reconoció ciertos derechos básicos a los habitantes de Rapa Nui, los diputados comunistas Orlando Millas y César Godoy Urrutia, el radical Exequiel González Madariaga y los senadores Raúl Ampuero, socialista, Víctor Contreras Tapia del PC y Luis Bossay del PR denunciaron, basándose especialmente en informaciones periodísticas, el maltrato que padecían los isleños, exigieron su término y el derecho de los rapanui a elegir sus autoridades, incluso un diputado; esto último fue rechazado. De los participantes en el debate, solo el senador Ampuero conocía Rapa Nui por haber viajado a la isla... diez años antes. El entonces diputado democratacristiano Jorge Lavandero fue el único parlamentario que al referirse al sistema brutal imperante en la isla se atrevió a usar la palabra “colonial”.
            Cuando están por cumplirse 130 años de la anexión, las palabras “colonia” e “independencia” que Marco Enríquez-Ominami y sus entrevistados repiten reiteradamente en la película no se han escuchado en boca de ninguno de los otros candidatos y candidatas que este año postulan a la Presidencia de la República. En Chile, país que en las Naciones Unidas ha apoyado siempre la independencia de las demás colonias, el tema de nuestra propia colonia del Pacífico Sur y su derecho a declararse independiente sigue siendo tabú.

            En una novela que estoy escribiendo y espero publicar en 2018 sobre hechos que acontecen en un tiempo futuro, se lee que “cientos de manifestantes rodean en el aeropuerto de Mataveri el avión de Latam, que permanece cubierto de guirnaldas de flores y con los neumáticos reventados. Las pancartas proclaman: TURISMO SUSTENTABLE SÍ, INVASIÓN CHILENA NO. RAPA NUI PARA SUS HABITANTES ORIGINARIOS”. Más adelante en la novela, un periodista informa desde La Moneda que el Parlamento Rapanui declaró la independencia a medianoche, dos de la madrugada en Chile continental. Una delegación de los independentistas viaja hacia Tahití para anunciar al mundo el renacimiento del Reino Polinésico de Rapa Nui, que se integrará a la naciente Federación de Reinos Polinésicos. De ahí, la delegación irá a Honolulu, capital del archipiélago polinésico de Hawái, para volar desde ese enclave estadounidense a Nueva York a pedir el reconocimiento del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas.

Dramas cruzados entre Chile y Cuba

por Eduardo Labarca

EL MOSTRADOR
Publicado el 11 de enero de 2017

            En 1973 Néstor Díaz de Villegas, poeta cubano conocido por sus iniciales NDDV, dejó a Fidel Castro con la mano estirada, sin imaginar que lo esperaban años terribles en los que Chile se cruzaría en su camino. El comandante visitaba Cienfuegos en compañía del gobernante alemán Erich Honecker y se saltó las vallas para saludar a los alumnos del colegio preuniversitario José Luis Estrada, entre ellos Néstor, quien recuerda:
“Cuando estuvo enfrente de mí, me miró y estiró una mano mecánicamente. Yo rehusé estrecharla, no por temeridad o desprecio, aunque ya entonces adolecía de ambas cosas, sino por pura curiosidad entontecida... Sus ojitos vacíos se fijaron en los míos por una fracción de segundo. Sus manotas eran finas, cerúleas, con uñas demasiado largas y sucias. Los dientes eran amarillos... Nos quedamos mirándonos una eternidad. Quiero creer que Fidel se asombró de que yo no le diera la mano. Creo que lo leí en la más recóndita recesión de sus pupilas.”
Cuando reunían a los alumnos para que escucharan un discurso de Fidel Castro, Néstor se escabullía, pues desde siempre había sido “irreverente”, un calificativo que a él mismo le causa gracia. En jerga política, se le consideraba “desafecto”.
            El 14 de octubre de 1974, al año siguiente de su desaire a Fidel Castro, Néstor Díaz de Villegas fue “invitado” por dos compañeros “a una reunión inaplazable” en la oficina del Ministerio de Educación: una trampa, allí fue detenido. NDDV cuenta que en ese momento “la sangre me abandonó el cuerpo, sudé copiosamente y me flaquearon las piernas. Así atravesé el patio de la antigua mansión convertida en ministerio, y así caminé por un zaguán recubierto de mosaicos hasta alcanzar la salida. Esa trayectoria, que me pareció interminable, ocurrió bajo las miradas acusadoras de maestros y funcionarios.”
Los agentes de seguridad registraron los cuartos y rincones de su casa durante cinco horas y cargaron papeles, libros y objetos, pero la única prueba acusatoria que encontraron fue un poema en el que Néstor se burlaba del cambio de nombre de la avenida Carlos III de La Habana por el de avenida Salvador Allende, titulado Oda a Carlos III:

Las lluvias han roído tus ojos de piedra
tus oídos
tus labios de mármol
y no puedes ver ni oír el espectáculo
de la chusma
que viene a derribarte de tu pedestal
en nombre de un extraño.

Chile entraba de ese modo en la vida de NDDV, quien hoy evoca sus primeros tiempos como prisionero de dieciocho años: “Durante ese mes sentí terror, desesperación, remordimiento, y quizás hasta un poco de orgullo”. Añade: “Perdí el sentido del tiempo, no supe si era de día o de noche... Mi visión del futuro, mi aspiración a una carrera en lenguas clásicas, terminaron abruptamente”.
En el juicio al que fue sometido, cuatro testigos, entre ellos la presidenta de la federación de estudiantes, lo acusaron del delito de “diversionismo ideológico” por haber hecho circular entre algunos alumnos el poema “contrarrevolucionario” y haberse escapado de los discursos de Castro. Marcia, la fiscal, pidió para él doce años de cárcel. El tribunal fue magnánimo: lo condenó a seis.
La condena por un supuesto “insulto” al Presidente chileno muerto en La Moneda contrasta con la actitud tolerante que Salvador Allende tenía hacia quienes lo criticaban o incluso injuriaban. “A mí me han dicho de todo, salvo ladrón y maricón”, se reía en un tono que hoy nos suena homofóbico. Solo una vez Allende se querelló contra un periodista, Rafael Otero Echeverría, quien lo había acusado de defender los intereses del Perú en un diferendo con Chile. Allende ganó el juicio pero Otero no fue preso. En otra ocasión, cuando el mismo Otero publicó una intriga contra su hija mayor afectada por una discapacidad motora, Allende, boxeador aficionado, le rompió la nariz en un baño del Senado. Curiosamente, Otero había viajado a Cuba y, chupándole los calcetines a Fidel Castro, había conseguido que este lo pusiera a la cabeza de la agencia cubana Prensa Latina en Chile. Allende, que conocía el talante mercenario del periodista, reaccionó con incredulidad. Al poco tiempo Otero abandonó Prensa Latina sin rendir cuenta de los dineros recibidos y se convirtió en adalid de la campaña del terror contra Allende y la izquierda chilena. No hay dudas de que ante un poema de ese tipo Allende se habría reído, sin pretender jamás encarcelar a su autor, ni menos a un muchacho.
En enero de 1975 Néstor fue internado en el presidio de Ariza, donde quinientos presos políticos permanecían aislados de la sociedad cubana, sin que el público supiera nada de ellos ni se permitieran visitas de representantes de la prensa u organismos internacionales. Néstor quedó en un grupo de presos veteranos que cumplían largas condenas, siendo el único cuya vida había transcurrido solo bajo el gobierno de Fidel Castro. Allí, en la caseta en que los presos veían la televisión oficial, tuvo lugar su segundo encuentro con Chile.
Esa tarde repetían las famosas imágenes del Estadio Nacional de Santiago donde los presos políticos aparecen en las graderías. Mientras los cubanos permanecían aislados vistiendo toscos uniformes carcelarios de fabricación soviética, los chilenos se veían con sus ropas normales al aire libre. Néstor recuerda:
“Los veinte o treinta reclusos que miraban el televisor intercambiaron miradas de asombro. Desde los bancos del fondo llegaron murmullos, y de pronto se levantó una carcajada. El guardia fue a apostarse junto al televisor y desde allí fijó su mirada amenazadora en el grupo de televidentes. En ese preciso momento entendimos. Fue un entendimiento mutuo. El guardia comprendió que lo que mirábamos maravillados en el viejo televisor ruso era un atisbo de libertad y nosotros fuimos los testigos de su iluminación... Lo que nosotros veíamos eran personas en plena posesión de su humanidad, de unos derechos básicos que a nosotros nos habían sido arrebatados. Aún pereciendo, esas personas ganaban, morían victoriosas. Habían sido contadas, televisadas, absueltas, humanizadas.”
Ciertamente, había una dosis de espejismo en la percepción de los presos cubanos. Esas imágenes correspondían a la filmación que la dictadura chilena había autorizado en un vano intento por mejorar su imagen, y excluían la enfermería y el velódromo convertidos en centros de torturas, los túneles del estadio donde se efectuaban los fusilamientos y lo que sucedía en decenas de centros secretos de flagelaciones, exterminio y desapariciones forzadas a lo largo del país. Con todo, un hilo invisible vinculaba esa tarde a los presos de Ariza y los antiguos presos del Estadio Nacional...
NDDV describe el presidio de Ariza: “Estaba rodeado de marabusales, que son arbustos espinosos. Tenía cuádruple cerca de púas, con guardias con perros pastores que circulaban entre las cercas interiores y exteriores. Ocho garitas lo rodeaban, y tenía un campo de trabajo anexo, donde construíamos postes de electricidad de hormigón armado. Ese campo de trabajo también estaba provisto de cercas y garitas. Los baños no tenían techos, y una garita miraba directamente a las duchas y los retretes.”
Los testimonios de los presos de la dictadura chilena abundan también en descripciones de las alambradas, garitas, baños y del terreno minado que rodeaba el campo de concentración de Chacabuco. En su libro Tejas Verdes, Hernán Valdés evoca el grito de un militar: “¡Tienen tres minutos pa’ la corta y la larga y pa’ lavarse!”. Valdés relata: “Los WC son una hilera de casuchas montadas sobre un pozo rectangular. Los asientos están hechos de cajones con una abertura ovoide, chorreados de mierda y mojados de orines. El olor es venenoso. La mierda forma abajo un grueso pantano burbujeante”.
En los años que pasó en Ariza junto a abogados, diplomáticos, escritores, maestros, médicos condenados, NDDV leyó obras de Gramsci de la biblioteca del campo y libros de autores no permitidos que circulaban clandestinamente. Se organizaban grupos en que unos presos impartían a otros clases de francés, inglés, teoría freudiana, y hasta clases de hebreo y de cine... Por esos días, en los campos de prisioneros de Chile también había clases de idiomas, filosofía, economía e incluso, en Chacabuco, de astronomía bajo el límpido cielo de la pampa. Y mientras NDDV seguía cumpliendo su condena, cientos de exiliados chilenos, algunos salidos de los campos de concentración, eran acogidos en Cuba, donde recibían vivienda, trabajo, atención de salud, posibilidades de estudio...
Mientras los presos olvidados de Ariza vivían su tragedia, para los carnavales la famosa Conga del Barrio de Los Hoyos de Santiago de Cuba avanzaba rítmicamente por las calles rindiendo homenaje a la memoria de Salvador Allende al compás de sus tambores, quintos, campanas y trompetas chinas. La “invasión” de la muchedumbre danzarina se desbordaba por la ciudad. Hasta hoy los cubanos repiten su fraseo:

SOLISTA:
¡Allendeeeeee!...
¡Allendeeeeee!...
Tú tienes una forma de mandar un poco extraña...

CORO:
Murió Salvador Allende
Y eso que era buena gente
Mataron al Presidente
Lo mataron por valiente
Y al imperialismo yanqui
Le vamo’ a sacar los dientes...

¡Allendeeeeee!...”

Habiendo cumplido cinco años de su condena, NDDV fue liberado junto a otros presos políticos de una lista presentada al gobierno cubano por el presidente estadounidense Jimmy Carter, quien se esforzaba por normalizar las relaciones con Cuba, una iniciativa que abortará cuando sea derrotado como candidato a la reelección por Ronald Reagan.
Néstor Díaz de Villegas vive actualmente en Los Angeles, California, donde al enterarse de la muerte de Fidel Castro escribió:

Fidel ha muerto. No hay un átomo, un ápice, un minuto, una célula, un milímetro de mi vida que no tenga que ver con Fidel Castro, que no sea de Fidel Castro. Tampoco sé si hay alguna diferencia entre Él y yo. Pertenezco a su era, a su Historia, a su duración. Soy yo el que muero, me cremarán mañana. Incineran algo, una libra de carne mía, en la pira funeraria del tirano.”