10 de febrero de 2018

ME-O y el tema de la independencia de Rapa Nui

por Eduardo Labarca

Publicado en El Mostrador el 3 de septiembre de 2017


            En un documental de su autoría sobre la Isla de Pascua, que es a la vez un reportaje y un manifiesto, Marco Enríquez-Ominami se abre a la eventualidad de la independencia de Rapa Nui. Por primera vez un candidato a la presidencia admite públicamente que la Isla de Pascua es una colonia de Chile.
            Impulsado por mi interés por la isla y sus habitantes que se arrastra desde los años 70 del siglo pasado, cuando hice varios viajes a Rapa Nui con fines periodísticos y cinematográficos, concurrí al estreno en el cine Normandie del documental Rapa Ariki Matatoa: Isla de Guerreros. La película, presentada como parte de la campaña del tenaz presidenciable —quizás yo era el único de los presentes que no ha adherido a la candidatura de ME-O— se aparta de las imágenes paradisíacas de estatuas, música, guirnaldas y baile con ondulaciones del “caúja” que nos muestran los noticiaros y matinales de TV o figuras como Cecilia Bolocco. En las entrevistas realizadas por ME-O y en sus propios comentarios que recorren la película, se entra de lleno al tema de fondo.
            Todos los isleños entrevistados —el alcalde Petero Edmunds, presente en el estreno de la película, el presidente del Parlamento Rapa Nui, Leviante Araki, la dirigente Erity Teave y otras mujeres y hombres que ejercen liderazgo en la isla— coinciden en que Rapa Nui es un colonia, en que no se sienten chilenos y que aspiran a la independencia. Solo el rey Valentino Riroroko, descendiente del antiguo monarca llevado a Valparaíso donde murió sospechosamente, responde con política picardía acerca de si se considera chileno: “Es una pregunta que no se la voy a contestar”.
            Enríquez-Ominami, entrevistador opinante, concluye frente a la cámara que hay tres salidas posibles: “Uno, mejorar la relación administrativa del Estado de Chile con Rapa Nui; dos, autonomía; tres, independencia.”
            En un delirio de grandeza colonial, Chile se apoderó en 1888 de Rapa Nui, isla situada a 3.700 kilómetros de nuestra costa, durante el gobierno de Balmaceda en momentos en que las potencias occidentales se repartían las islas polinésicas: Inglaterra se había anexado Nueva Zelanda, y Francia, las Islas Marquesas y las Islas de la Sociedad, entre ellas Tahití y Bora-Bora. El capitán de fragata Policarpo Toro escribió al gobierno que Chile debía apoderarse de la isla para "evitar que una potencia extranjera, tomando posesión de ella, nos amenace desde allí”. Más tarde, en 1898 Estados Unidos se anexará Hawái y los ingleses impondrán un protectorado al reino de Tonga y a las Islas Cook.
            Étnica y culturalmente los rapanui nada tienen que ver con Chile, nación sudamericana nacida del mestizaje de españoles con mapuches y otros pueblos originarios del continente. Los orígenes, el pasado y el presente de Rapa Nui, su lengua, su cosmovisión, su música, sus danzas, su folclor, su mundo imaginario, su sociabilidad pertenecen al vasto y disperso espacio etnogeográfico de Polinesia, que en el corazón del océano Pacífico tiene su ápice en Hawái, el extremo occidental en Nueva Zelanda y su cabo oriental precisamente en Rapa Nui, Te Pito O Te Henúa, el Ombligo del Mundo, que su “descubridor”, el almirante holandés Jacobo Roggeveen, al realizar una carnicería de nativos bautizó piadosamente como “Isla de Pascua”.
            A la llegada de los chilenos en el siglo antepasado, el pueblo rapanui tenía a sus espaldas más de un milenio de historia y un pasado de espléndido desarrollo social, cultural, religioso y artístico, de lo que dan testimonio novecientos moai, esas imponentes estatuas megalíticas que constituyen un tesoro de la humanidad, y las famosas “tablillas cantadas”, con la misteriosa escritura rongorongo. Sin embargo, la población se hallaba reducida a menos de doscientas almas como resultado de una crisis ecológica y alimentaria, las epidemias traídas por los navegantes europeos y una veintena de expediciones de cazadores de esclavos que habían secuestrado a más de 1.700 rapanui para llevarlos principalmente a las guaneras peruanas.
            En 1888 el rey Atamu Tekena firmó con Policarpo Toro, capitán de la corbeta Angamos, un tratado por el que Chile asumía una soberanía protectora sobre Rapa Nui, cuyo pueblo conservaría a sus jefes y sus formas de vida. Hasta hoy los rapanui han cumplido fielmente sus compromisos, no así el Estado de Chile que inscribió las tierras de la isla como propiedad fiscal y negó desde ese día todo derecho civil y político a los rapanui, concentrándolos en el gueto de Hanga Roa cercado por alambres de púa y prohibiéndoles salir por la noche y viajar fuera de la isla. Un tiempo Rapa Nui quedó en manos de la marina de guerra que impuso a sus habitantes un represivo y violento régimen de cuartel y luego fue dada en arriendo por el Estado chileno a la Compañía Explotadora de Isla de Pascua, perteneciente a la empresa británica Williamson & Balfour, cuyo administrador incendió los cultivos de los rapanui y los obligó por hambre a trabajar en virtual esclavitud como pastores de ovejas. Además, los rapanui debían cumplir trabajo forzado para la Marina un día a la semana. En 1953, al término del arriendo, la Armada recuperó el control total de la isla y procedió a reprimir y humillar sistemáticamente a sus habitantes con castigos consistentes en raparles la cabeza, atarlos a una higuera, azotarlos en público o encerrarlos en la “cárcel de piedra”.
            En 1966, durante la presidencia de Eduardio Frei Montalva se concedió por ley la nacionalidad chilena a los rapanui y el derecho a salir de su isla. Actualmente, según el Parlamento Rapa Nui, “la nación ma’ori- rapanui vive bajo la administración colonial del Estado de Chile, quien posee ilegalmente, en calidad de tierras fiscales, más de 80% del territorio de la isla. Se incluyen en estos terrenos el Parque Nacional Rapa Nui, que ha sido declarado patrimonio cultural de la Unesco pero en el cual, paradójicamente, los rapanui no tenemos ningún tipo de derecho territorial ni sobre sus recursos”.
            Variado ha sido el tratamiento de los presidentes y políticos chilenos hacia Rapa Nui. A fines de los años 20 y comienzo de los 30 del siglo pasado, el dictador Carlos Ibáñez del Campo relegó a la isla a dirigentes obreros y sindicales. Más tarde, el gobierno de Eduardo Frei Montalva acusó al profesor Alfonso Rapu, elegido alcalde por los isleños, de conspirar a favor de una unión de Rapa Nui con la Polinesia Francesa, por lo cual fue detenido y procesado mientras un contingente de carabineros viajaba a la isla a poner orden, apalear y encarcelar a los “revoltosos”.
            Salvador Allende, que como parlamentario había recorrido cada centímetro del territorio continental del país, viajó brevemente por única vez a Rapa Nui en febrero de 1968 acompañando como vicepresidente del Senado en el avión Lan, con destino final en Tahití, a los tres combatientes cubanos y un guía boliviano sobrevivientes de la guerrilla del Che que en su huida habían llegado a Chile. A su regreso se refirió con amargura al alcoholismo que había observado entre los pascuenses pero no mencionó los padecimientos de los rapanui ni el injusto destino de la isla. Durante el gobierno de la Unidad Popular no hubo debate sobre el tema y más tarde, cuando aterrizaron efímeramente en Rapa Nui y se fotografiaron con guirnaldas al cuello, el dictador Pinochet y los presidentes de la democracia que lo sucedieron nunca llegaron en visita especial, sino solo como escala en un vuelo hacia otros destinos.
            Salvo una que otra frase, para la izquierda chilena la isla de Rapa Nui y el drama de sus habitantes no ha sido nunca un tema relevante. Elías Lafertte, fundador y presidente del Partido Comunista, desterrado a Rapa Nui en 1929 junto o otros dirigentes obreros, recuerda en sus memorias que los isleños los tomaron bajo su protección y les llevaban generosamente comida, gracias a lo cual sobrevivieron sin pasar hambre. Respecto de las condiciones de cuasi esclavitud en que vivían los rapanui no hay una sola palabra de su parte, aunque sí condena por faltar “a la decencia que caracteriza a los comunistas” a dos relegados que “se fueron a vivir maritalmente con nativas de la isla”.
            En el debate parlamentario de 1968 que dio lugar a la ley que por primera vez reconoció ciertos derechos básicos a los habitantes de Rapa Nui, los diputados comunistas Orlando Millas y César Godoy Urrutia, el radical Exequiel González Madariaga y los senadores Raúl Ampuero, socialista, Víctor Contreras Tapia del PC y Luis Bossay del PR denunciaron, basándose especialmente en informaciones periodísticas, el maltrato que padecían los isleños, exigieron su término y el derecho de los rapanui a elegir sus autoridades, incluso un diputado; esto último fue rechazado. De los participantes en el debate, solo el senador Ampuero conocía Rapa Nui por haber viajado a la isla... diez años antes. El entonces diputado democratacristiano Jorge Lavandero fue el único parlamentario que al referirse al sistema brutal imperante en la isla se atrevió a usar la palabra “colonial”.
            Cuando están por cumplirse 130 años de la anexión, las palabras “colonia” e “independencia” que Marco Enríquez-Ominami y sus entrevistados repiten reiteradamente en la película no se han escuchado en boca de ninguno de los otros candidatos y candidatas que este año postulan a la Presidencia de la República. En Chile, país que en las Naciones Unidas ha apoyado siempre la independencia de las demás colonias, el tema de nuestra propia colonia del Pacífico Sur y su derecho a declararse independiente sigue siendo tabú.

            En una novela que estoy escribiendo y espero publicar en 2018 sobre hechos que acontecen en un tiempo futuro, se lee que “cientos de manifestantes rodean en el aeropuerto de Mataveri el avión de Latam, que permanece cubierto de guirnaldas de flores y con los neumáticos reventados. Las pancartas proclaman: TURISMO SUSTENTABLE SÍ, INVASIÓN CHILENA NO. RAPA NUI PARA SUS HABITANTES ORIGINARIOS”. Más adelante en la novela, un periodista informa desde La Moneda que el Parlamento Rapanui declaró la independencia a medianoche, dos de la madrugada en Chile continental. Una delegación de los independentistas viaja hacia Tahití para anunciar al mundo el renacimiento del Reino Polinésico de Rapa Nui, que se integrará a la naciente Federación de Reinos Polinésicos. De ahí, la delegación irá a Honolulu, capital del archipiélago polinésico de Hawái, para volar desde ese enclave estadounidense a Nueva York a pedir el reconocimiento del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas.

Dramas cruzados entre Chile y Cuba

por Eduardo Labarca

EL MOSTRADOR
Publicado el 11 de enero de 2017

            En 1973 Néstor Díaz de Villegas, poeta cubano conocido por sus iniciales NDDV, dejó a Fidel Castro con la mano estirada, sin imaginar que lo esperaban años terribles en los que Chile se cruzaría en su camino. El comandante visitaba Cienfuegos en compañía del gobernante alemán Erich Honecker y se saltó las vallas para saludar a los alumnos del colegio preuniversitario José Luis Estrada, entre ellos Néstor, quien recuerda:
“Cuando estuvo enfrente de mí, me miró y estiró una mano mecánicamente. Yo rehusé estrecharla, no por temeridad o desprecio, aunque ya entonces adolecía de ambas cosas, sino por pura curiosidad entontecida... Sus ojitos vacíos se fijaron en los míos por una fracción de segundo. Sus manotas eran finas, cerúleas, con uñas demasiado largas y sucias. Los dientes eran amarillos... Nos quedamos mirándonos una eternidad. Quiero creer que Fidel se asombró de que yo no le diera la mano. Creo que lo leí en la más recóndita recesión de sus pupilas.”
Cuando reunían a los alumnos para que escucharan un discurso de Fidel Castro, Néstor se escabullía, pues desde siempre había sido “irreverente”, un calificativo que a él mismo le causa gracia. En jerga política, se le consideraba “desafecto”.
            El 14 de octubre de 1974, al año siguiente de su desaire a Fidel Castro, Néstor Díaz de Villegas fue “invitado” por dos compañeros “a una reunión inaplazable” en la oficina del Ministerio de Educación: una trampa, allí fue detenido. NDDV cuenta que en ese momento “la sangre me abandonó el cuerpo, sudé copiosamente y me flaquearon las piernas. Así atravesé el patio de la antigua mansión convertida en ministerio, y así caminé por un zaguán recubierto de mosaicos hasta alcanzar la salida. Esa trayectoria, que me pareció interminable, ocurrió bajo las miradas acusadoras de maestros y funcionarios.”
Los agentes de seguridad registraron los cuartos y rincones de su casa durante cinco horas y cargaron papeles, libros y objetos, pero la única prueba acusatoria que encontraron fue un poema en el que Néstor se burlaba del cambio de nombre de la avenida Carlos III de La Habana por el de avenida Salvador Allende, titulado Oda a Carlos III:

Las lluvias han roído tus ojos de piedra
tus oídos
tus labios de mármol
y no puedes ver ni oír el espectáculo
de la chusma
que viene a derribarte de tu pedestal
en nombre de un extraño.

Chile entraba de ese modo en la vida de NDDV, quien hoy evoca sus primeros tiempos como prisionero de dieciocho años: “Durante ese mes sentí terror, desesperación, remordimiento, y quizás hasta un poco de orgullo”. Añade: “Perdí el sentido del tiempo, no supe si era de día o de noche... Mi visión del futuro, mi aspiración a una carrera en lenguas clásicas, terminaron abruptamente”.
En el juicio al que fue sometido, cuatro testigos, entre ellos la presidenta de la federación de estudiantes, lo acusaron del delito de “diversionismo ideológico” por haber hecho circular entre algunos alumnos el poema “contrarrevolucionario” y haberse escapado de los discursos de Castro. Marcia, la fiscal, pidió para él doce años de cárcel. El tribunal fue magnánimo: lo condenó a seis.
La condena por un supuesto “insulto” al Presidente chileno muerto en La Moneda contrasta con la actitud tolerante que Salvador Allende tenía hacia quienes lo criticaban o incluso injuriaban. “A mí me han dicho de todo, salvo ladrón y maricón”, se reía en un tono que hoy nos suena homofóbico. Solo una vez Allende se querelló contra un periodista, Rafael Otero Echeverría, quien lo había acusado de defender los intereses del Perú en un diferendo con Chile. Allende ganó el juicio pero Otero no fue preso. En otra ocasión, cuando el mismo Otero publicó una intriga contra su hija mayor afectada por una discapacidad motora, Allende, boxeador aficionado, le rompió la nariz en un baño del Senado. Curiosamente, Otero había viajado a Cuba y, chupándole los calcetines a Fidel Castro, había conseguido que este lo pusiera a la cabeza de la agencia cubana Prensa Latina en Chile. Allende, que conocía el talante mercenario del periodista, reaccionó con incredulidad. Al poco tiempo Otero abandonó Prensa Latina sin rendir cuenta de los dineros recibidos y se convirtió en adalid de la campaña del terror contra Allende y la izquierda chilena. No hay dudas de que ante un poema de ese tipo Allende se habría reído, sin pretender jamás encarcelar a su autor, ni menos a un muchacho.
En enero de 1975 Néstor fue internado en el presidio de Ariza, donde quinientos presos políticos permanecían aislados de la sociedad cubana, sin que el público supiera nada de ellos ni se permitieran visitas de representantes de la prensa u organismos internacionales. Néstor quedó en un grupo de presos veteranos que cumplían largas condenas, siendo el único cuya vida había transcurrido solo bajo el gobierno de Fidel Castro. Allí, en la caseta en que los presos veían la televisión oficial, tuvo lugar su segundo encuentro con Chile.
Esa tarde repetían las famosas imágenes del Estadio Nacional de Santiago donde los presos políticos aparecen en las graderías. Mientras los cubanos permanecían aislados vistiendo toscos uniformes carcelarios de fabricación soviética, los chilenos se veían con sus ropas normales al aire libre. Néstor recuerda:
“Los veinte o treinta reclusos que miraban el televisor intercambiaron miradas de asombro. Desde los bancos del fondo llegaron murmullos, y de pronto se levantó una carcajada. El guardia fue a apostarse junto al televisor y desde allí fijó su mirada amenazadora en el grupo de televidentes. En ese preciso momento entendimos. Fue un entendimiento mutuo. El guardia comprendió que lo que mirábamos maravillados en el viejo televisor ruso era un atisbo de libertad y nosotros fuimos los testigos de su iluminación... Lo que nosotros veíamos eran personas en plena posesión de su humanidad, de unos derechos básicos que a nosotros nos habían sido arrebatados. Aún pereciendo, esas personas ganaban, morían victoriosas. Habían sido contadas, televisadas, absueltas, humanizadas.”
Ciertamente, había una dosis de espejismo en la percepción de los presos cubanos. Esas imágenes correspondían a la filmación que la dictadura chilena había autorizado en un vano intento por mejorar su imagen, y excluían la enfermería y el velódromo convertidos en centros de torturas, los túneles del estadio donde se efectuaban los fusilamientos y lo que sucedía en decenas de centros secretos de flagelaciones, exterminio y desapariciones forzadas a lo largo del país. Con todo, un hilo invisible vinculaba esa tarde a los presos de Ariza y los antiguos presos del Estadio Nacional...
NDDV describe el presidio de Ariza: “Estaba rodeado de marabusales, que son arbustos espinosos. Tenía cuádruple cerca de púas, con guardias con perros pastores que circulaban entre las cercas interiores y exteriores. Ocho garitas lo rodeaban, y tenía un campo de trabajo anexo, donde construíamos postes de electricidad de hormigón armado. Ese campo de trabajo también estaba provisto de cercas y garitas. Los baños no tenían techos, y una garita miraba directamente a las duchas y los retretes.”
Los testimonios de los presos de la dictadura chilena abundan también en descripciones de las alambradas, garitas, baños y del terreno minado que rodeaba el campo de concentración de Chacabuco. En su libro Tejas Verdes, Hernán Valdés evoca el grito de un militar: “¡Tienen tres minutos pa’ la corta y la larga y pa’ lavarse!”. Valdés relata: “Los WC son una hilera de casuchas montadas sobre un pozo rectangular. Los asientos están hechos de cajones con una abertura ovoide, chorreados de mierda y mojados de orines. El olor es venenoso. La mierda forma abajo un grueso pantano burbujeante”.
En los años que pasó en Ariza junto a abogados, diplomáticos, escritores, maestros, médicos condenados, NDDV leyó obras de Gramsci de la biblioteca del campo y libros de autores no permitidos que circulaban clandestinamente. Se organizaban grupos en que unos presos impartían a otros clases de francés, inglés, teoría freudiana, y hasta clases de hebreo y de cine... Por esos días, en los campos de prisioneros de Chile también había clases de idiomas, filosofía, economía e incluso, en Chacabuco, de astronomía bajo el límpido cielo de la pampa. Y mientras NDDV seguía cumpliendo su condena, cientos de exiliados chilenos, algunos salidos de los campos de concentración, eran acogidos en Cuba, donde recibían vivienda, trabajo, atención de salud, posibilidades de estudio...
Mientras los presos olvidados de Ariza vivían su tragedia, para los carnavales la famosa Conga del Barrio de Los Hoyos de Santiago de Cuba avanzaba rítmicamente por las calles rindiendo homenaje a la memoria de Salvador Allende al compás de sus tambores, quintos, campanas y trompetas chinas. La “invasión” de la muchedumbre danzarina se desbordaba por la ciudad. Hasta hoy los cubanos repiten su fraseo:

SOLISTA:
¡Allendeeeeee!...
¡Allendeeeeee!...
Tú tienes una forma de mandar un poco extraña...

CORO:
Murió Salvador Allende
Y eso que era buena gente
Mataron al Presidente
Lo mataron por valiente
Y al imperialismo yanqui
Le vamo’ a sacar los dientes...

¡Allendeeeeee!...”

Habiendo cumplido cinco años de su condena, NDDV fue liberado junto a otros presos políticos de una lista presentada al gobierno cubano por el presidente estadounidense Jimmy Carter, quien se esforzaba por normalizar las relaciones con Cuba, una iniciativa que abortará cuando sea derrotado como candidato a la reelección por Ronald Reagan.
Néstor Díaz de Villegas vive actualmente en Los Angeles, California, donde al enterarse de la muerte de Fidel Castro escribió:

Fidel ha muerto. No hay un átomo, un ápice, un minuto, una célula, un milímetro de mi vida que no tenga que ver con Fidel Castro, que no sea de Fidel Castro. Tampoco sé si hay alguna diferencia entre Él y yo. Pertenezco a su era, a su Historia, a su duración. Soy yo el que muero, me cremarán mañana. Incineran algo, una libra de carne mía, en la pira funeraria del tirano.”