12 de septiembre de 2013

La fiesta de Nicanor y la tragedia de Tronko


Sinlogismo crucino

Por Eduardo Labarca


Nicanor 99



Este jueves 5 de septiembre, las poetisas de Las Cruces leían poemas al aire y lanzaban al cielo los textos impresos. Los niños de las escuelas de la zona recogían las hojas y agitaban banderas dieciocheras en homenaje al cumpleañero. Unas monjitas sobaban sus rosarios. Las cámaras de TV y los teléfonos inteligentes apuntaban su ojos a la hermética puerta de la casa. Cantamos a cuatro voces "Cumpleaños feliz" y la nana, vocera del poeta, asomó fugazmente para decir que Nicanor estaba muy emocionado. A esa altura los vecinos, la agrupación cultural, las autoridades locales y los turistas llegados especialmente o atraídos por el bullicio se habían sumado al jolgorio: no todos los días un chileno ilustre cumple 99 años.

La espera se alargaba, había hambre, era tiempo de colación pero nadie se movía y las canciones y las cuecas de un grupo de huasos intensificaban sus decibeles. Finalmente... ¡por fin! La puerta se fue abriendo lenta, solemnemente y algo empezó a emerger del interior de la vivienda: un dedo, el puño de un chaleco de lana tejido a palillo, la extremidad superior de un cuerpo humano, el antebrazo, el codo. Los flash estallaban con la misma fuerza que las exclamaciones de la muchedumbre. Los perros ladraban de entusiasmo viendo que esos dedos empezaban a moverse, la muñeca se aflojaba y la mano se mecía en un saludo cariñoso.

Preparamos nuestros regalos --libros, sopaipillas, caracoles-- y el brazo asomó casi hasta el hombre, el poeta iba saliendo por presas, la mano volvía a saludar, los fans gritamos de alegría, la mano retrocedió, desapareció, la puerta estaba cerrada. En representación del poeta solo quedaba su cansado escarabajo Volkswagen.

Nos vemos el próximo año en el anticumpleaños número 100.


TRONKO FRENTE A LA JAURÍA  

Quienes se quejan de los perros vagos de Las Cruces pueden preguntarle a mi perro Tronko, el negrito de polainas blancas, que les contará la agresión que padeció de parte de una jauría de canes indocumentados e invacunados. Tronko llegó sangrando a contarme su tragedia, atrás vinieron los vecinos a decirme que seis perros despiadados le habían hecho una encerrona y propinado un concierto de mordiscones homicidas.

Yo dejaba salir al Tronko una vez al día para que disfrutara la anhelada libertad y buscara amistades y ojalá una novia, pero se topó con el enemigo. Ahora cojea, se lame las heridas y aunque yo le abra la puerta prefiere quedarse adentro.