7 de abril de 2018

El episodio que el ministro Espina quisiera olvidar




En Las Cruces el jardinero Mario Romero recuerda el día negro
del estudiante Alberto Espina



Hace medio siglo, antes de cumplir veinte años, Mario Romero Castro frecuentó a la familia de Alberto Espina Otero, flamante ministro de Defensa. Corrían los años 60 y 70, y doña Eliana, madre del futuro político de RN, daba trabajo de jardinero al joven Mario Romero. En esos días él conoció de primera mano un episodio que por razones obvias Alberto Espina ha mantenido en reserva. Además, según Romero la señora Eliana fue la causante de la peor tragedia de su vida.

Hoy, a los 74 años, don Mario vive aquí en Las Cruces, el pueblito del Litoral de los Poetas donde escribo estas líneas. Se gana la vida jardineando como siempre mientras la salud le aguante. Lo vemos pasar con su sombrerito cuando un vecino lo llama para que le pode los pitosporos o le enchule los rosales y buganvilias. Porque desde niño don Mario ha tenido buena mano para las plantas, yo lo he visto conversar con ellas.

Mario Romero nació en 1945 en el fundo Santa Rosa de Las Condes, campos que al ser urbanizados se convertirán en la comuna de Las Condes, zona de ricos y edificios de lujo. Su familia vivía en la precaria población El Ejemplo, en la ribera del Mapocho, y tenían que escapar cada vez que el río venía crecido. El padre poseía un carretón con caballo pero se dio al alcohol y el niño Mario tuvo que abandonar la escuela y salir a trabajar para apuntalar a su madre y seis hermanos.

Don Mario recuerda que doña Eliana Otero de Espina, madre del político, lo llamaba para que le arreglara el jardín de su casa de Candelaria Goyenechea con Américo Vespucio. Al abrir la puerta de su citroneta, doña Eliana había sido arrollada por un camión. Quedó con una terrible cojera, el marido se marchó y ella trabajaba para salir adelante con sus cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. Alberto, indisciplinado y de carácter difícil, era el mayor. Los recursos de la familia eran esquivos y don Mario cuenta que “antes de fin de mes doña Eliana me pidió varias veces dinero prestado, siempre me lo devolvió. Con su hijos Alberto nos tratábamos de tú; él era unos diez años menor que yo”.

Todo se complicó cuando Salvador Allende fue elegido presidente, algo tan terrible para la señora Eliana que al conocer la noticia se desmayó. En cambio Mario, su jardinero, se entusiasmó con ese gobierno que pretendía acabar con las injusticias sociales y siguiendo la tradición militante de su abuelo materno se incorporó a la Juventud Comunista. Don Mario recuerda que “cuando Fidel Castro vino a Chile, la señora Eliana fue con otras amigas a lanzarle huevos, pero nosotros llegamos con máscaras, las damas creyeron que éramos de su bando, nos dieron huevos y se los lanzamos a ellas”. Alberto Espina y algunos compañeros del Grange School formaban piquetes y hacían violentas manifestaciones contra Allende en las esquinas.

El gobierno de la UP construyó detrás de la Escuela Militar la Población San Luis en la que Mario Romero, que ya estaba casado y vivía con su mujer y tres hijos en la ribera del Mapocho, recibió un departamento de dos dormitorios. La señora Eliana lo sermoneaba por ser comunista y en una ocasión quiso visitar y conocer los departamentos que él, sus hermanos casados y su madre habían recibido en los flamantes edificios.

Un 7 de octubre, fecha en que Mario Romero estaba de cumpleaños, un contingente militar irrumpió violentamente durante el toque de queda en su departamentos y en los de su familia. “Las patadas, los culatazos, los cañones apuntados a la cabeza de grandes y niños y un balazo que por suerte no hirió a nadie fueron el comienzo”. Los trasladaron boca abajo en un camión con los ojos vendados, “los milicos nos pisoteaban con sus botas, el viaje fue larguísimo, pasamos por caminos de ripio con virajes hasta llegar a un lugar que descubrimos era la Escuela Militar que quedaba al lado de la población donde nos habían detenido: pretendieron despistarnos”. Allí, simulacros de fusilamiento frente a un muro donde los pies se adherían al suelo y “cuando se me corrió la venda, vi lo que pisábamos: era sangre”.

“Más tarde una vecina me reveló que la persona que nos había delatado a mí y mis hermanos fue la madre de Alberto Espina, la señora Eliana Otero, que había visitado nuestros departamentos y sabía dónde vivíamos”, cuenta don Mario. De la Escuela Militar los hermanos Romero fueron trasladados a otro lugar, que resultó ser el cuartel general de Investigaciones de avenida General Mackenna. Allí permanecían con los ojos vendados y hacinados en condiciones insalubres en la “patilla”, de donde los sacaban para golpearlos, torturarlos con electricidad y ponerles inyecciones que los hacían perder la conciencia: “¿Dónde están las armas?” Cuando un preso murió por la tortura, su cuerpo fue dejado una semana a que se pudriera en la celda.

Sus familiares buscaban infructuosamente a los hermanos Romero en cuarteles y centros de detención, algunos viajaron a averiguar a los campos de concentración del norte, corrían los días, perdieron la esperanza de volver a verlos vivos. La mujer de Mario quedó sola con tres hijos sin medios de subsistencia y una dolencia al corazón que padecía se le agravó, lo que la afectará hasta su muerte.



El día de Navidad, tras permanecer dos meses y medio desaparecidos, los hermanos Romero fueron liberados y regresaron demacrados y con las marcas de la tortura a la población San Luis. Pero la dictadura no tardó en desalojarlos para “limpiar el sector de comunistas” e instalar militares en esos excelentes edificios, que serán demolidos y darán paso a un negocio inmobiliario que hasta hoy causa controversia.

Al quedar libre, Mario Romero pasó largos períodos sin trabajo y con el tiempo el matrimonio se trasladará a Las Cruces, con clima más favorable para su mujer, donde ella morirá a causa de la enfermedad que se le había agravado en los días en que él estuvo preso. Cuando quiso acogerse a las leyes que concedieron una pensión a los antiguos presos y torturados, Mario Romero no pudo probar su detención pues ni en la Escuela Militar ni en Investigaciones se conserva la lista de los antiguos prisioneros. En lugar de insistir, buscar testigos y seguir haciendo trámites, prefirió olvidarse del asunto y hoy recibe una pensión de vejez de ochenta mil pesos mensuales y trabaja todos los días.

Mario Romero cuenta que tras ser liberado fue donde doña Eliana y le enrostró que “usted me mandó preso y no le importaron mis hijos que quedaron abandonados, a mí me pudieron matar”. Atrás estaban los tiempos en que ella le pedía dinero y en que él conoció el secreto de Alberto Espina.

Sucedió en el Grange, el colegio inglés famoso por sus actividades deportivas donde estudiaba el adolescente Alberto. Según relata don Mario, un día en que se duchaban después de la gimnasia y mientras se jabonaban y el agua caliente escurría por sus cuerpos desnudos en el baño de mujeres, varias alumnas percibieron un ruido en el techo y descubrieron que alguien las estaba espiando. Gritaron y la persona que las miraba huyó precipitadamente, el pizarreño se rompió y una pierna asomó hacia abajo de manera fugaz.

El escándalo fue mayúsculo, la dirección del colegio hizo formar a los guardias, jardineros, aseadores y empleados de servicio, a los que sometió a una infructuosa revisión. Descartados los simples trabajadores, les tocó el turno a los alumnos varones de buena familia que, alineados en el patio, tuvieron que arremangarse los pantalones. Todos exhibían los calcetines negros del uniforme, con una sola excepción. Las muchachas espiadas habían declarado que el pie que irrumpió desde el techo tenía un calcetín rojo y la revisión mostró que el estudiante Alberto Espina era el único que usaba calcetines de ese color.

La expulsión del colegio del futuro senador y ministro de Defensa Alberto Espina Otero estaba cantada, pero con lágrimas y moviendo palillos la señora Eliana consiguió evitarlo, lo que no libró a su hijo de un castigo y de la vergüenza. En Las Cruces, con una tijera podadora en la mano el jardinero Mario Romero recuerda que, llorando, doña Eliana le contó a él lo que había sucedido, mientras se quejaba de su hijo mayor, el de los calcetines rojos. “Eso fue antes de que me denunciara y me mandara preso”.