16 de agosto de 2013

Accidente de película en Las Cruces

Sinlogismo crucino

Por Eduardo Labarca

Crucinos, crucinas y amigos y amigas de Las Cruces, provincia de San Antonio, V Región, Chile:

A quienes oyeron o no oyeron ayer al filo de las 19 hrs el bramido de sirenas bomberiles, policiales y ambulanceras, les cuento brevemente que mi perro Tronko y yo partimos a investigar al sitio del suceso donde presenciamos lo que sigue:

El remolino se situaba en el Quirinal, pasada la casa de Fonasa en dirección a la Virgen Stella Maris, donde se terminan las construcciones de primera línea, la vereda se tuerce y queda un espacio de estacionamiento con vista al mar. Quince metros más abajo con las ruedas apuntando al cielo, en el fondo del precipicio yacía herido de muerte un auto gris de buena marca y modelo reciente. ¿Qué olímpico vuelo pudo haberlo lanzado a ese lugar? Los bomberos alumbraban la escena con sus reflectores de 10.000 wats y los voluntarios y carabineros bajaban y subían a y desde el epicentro de la catástrofe agarrados de cuerdas y cargando mangueras, fierros, palancas, cadenas y sus abrelatas del país de los gigantes. En medio del ajetreo no faltaban los carabineros y bomberos con planillas en la mano que anotaban y registraban con severidad notarial los detalles del suceso. Mientras tanto, el Tronko y una decena de perros se disputaban el espacio a mordiscos para presenciar desde la platea alta donde nos apiñábamos los mirones cuanto acontecía abajo en un decorado de arena y rocas, a medio metro de la rompiente de las olas.

Con excepción de las voces de mando de los expertos, entre el público imperaba un silencio afligido, respetuoso ante la tragedia que se desenvolvía ante nuestros ojos, lo que no impedía que cada detalle fuera registrado por las cámaras de los teléfonos portátiles de los asistentes para ser disparado en tiempo real hacia las páginas de facebook. ¿Quién o quiénes estarían atrapados o atrapadas dentro de la carcasa horriblemente achurrascada? ¿Podía alguien seguir con vida al interior de ese amasijo de fierros de lo que hasta un momento antes fuera un auto que por fortuna no se habían incendiado? Caía la noche, transcurría el tiempo...

Para abreviar, una hora tardaron los bomberos en extraer, rompiendo el vidrio trasero del auto y arrastrándose por ahí al interior, el cuerpo de una bella durmiente de pantalones floreados de esos que según creo llaman "leggins", cuyo rostro de ojos cerrados se veía, oh milagro, meticulosamente maquillado. Los paramédicos la inmovilizaron in situ en una camilla que ascendió pausadamente en hombros de fornidos portadores por la ladera del Himalaya crucino. Cuando llegó a la cumbre pude observar por sobre el hombro de una bombera fuerte y dinámica que parecía estar en todas partes, que pese a su inmovilidad, el pecho de la víctima subía y bajaba: respiraba, estaba viva. La accidentada, muy joven, fue introducida en la famosa ambulancia cuadrada de la posta que nuestra I. Municipalidad nos ofrece y uno de los socorristas lanzó al voleo hacia la barra expectante: "No parece tan grave, los médicos tendrán que evaluarla". Sonrisas, alivio general, mientras los inefables escribas seguían anotando y anotando en una escena congelada, hasta que finalmente la ambulancia pudo partir con su carga doliente bajo la metralla de las cámaras telefónicas.

Entretanto, allá abajo los ases del rescate conseguían abrir una puerta delantera del auto por la que un salvador lograba arrastrarse hacia el interior del vehículo hasta que por el espacio emergía de vuelta una pierna de mujer también con un estrecho pantalón abigarrado y zapatilla de jogging. Lenta, lentísimamente la rescatada –¿viva?, ¿malherida?, ¿muerta?– iba emergiendo sujetada horizontalmente por muchas manos, era colocada en una camilla, inmovilizada y decorada con aparatos en la nariz, brazos, dedos, y comenzaba el ascenso. Esta segunda muchacha, tan cuidadosamente maquillada como su amiga, emitía desgarradores quejidos en cada meneo de la camilla que era llevada a una segunda ambulancia que ostentaba el letrero El Tabo Sur y que presentaba formas más aerodinámicas que la que nos toca en Las Cruces. Al cabo de largos minutos de anotaciones de los planilleros, la ambulancia se alejó hacia alguna urgencia hospitalaria y uno de los uniformados –¿bombero?, ¿carabinero?, ¿sanitario?... difícil decirlo porque estaba enfundados en una tenida de combate extraterrestre– dijo en tono tranquilizador una frase que no nos tranquilizó demasiado: "Solo unos huesos rotos... No queda nadie, eran dos...".

Mientras los funcionarios y voluntarios recogían sus equipos el ambiente se fue distendiendo y las lenguas soltándose, por lo que el Tronko y yo pudimos enterarnos de que las salvadas eran dos muchachas de Cartagena de 18 años que habían tenido la inspirada idea de venirse a Las Cruces a aprender a manejar bajo la protección vigilante de nuestra Stella Maris.

Aunque el auto quedó a punto de chatarra en condiciones que alguna compañía de seguros tendrá que evaluar, no hay dudas de que ambas pasajeras, a las que deseamos pronta y completa recuperación, algo habrán aprendido y nosotros también: comprobamos que un contingente de aguerridos bomberos, carabineros y socorristas de ambos sexos vela día y noche por nosotros y que estará atento a nuestro llamado cuando llegue la ocasión... lo que esperamos no sea necesario. ¡Bravo por ellos y por ellas!

Eduardo Labarca 
Las Cruces, miércoles 14 de agosto de 2013.