22 de septiembre de 2015

Allende mi abuelo Allende: una película (casi) perfecta














Víctor Pey, el amigo español de Salvador Allende que acaba de cumplir cien años, me contaba que cuando estuvo en México durante la dictadura, Hortensia Bussi, la viuda del Presidente, le pidió:
‒Hábleles a mis nietos de Salvador, porque Isabel no les cuenta nada.

Hoy, más de 30 años después, desde las pantallas de los cines de Chile y del mundo la nieta Marcia Tambutti Allende interpela a su abuela Tencha, a su madre la senadora Isabel Allende y a su tía Carmen Paz, exigiéndoles que le digan cómo era su abuelo, quién era el Chicho.

El documental Allende mi abuelo Allende es una historia estrictamente familiar, que se podría haber filmado con una antigua cámara Súper-8 o un teléfono celular para consumo de los parientes y descendientes, si no fuera que… Si no fuera que el abuelo de quien se está hablando es el personaje más prominente de la historia de Chile del siglo XX y un ícono a escala mundial. Al Presidente que nacionalizó el cobre, al que encabezó un movimiento social multitudinario, al que combatió bajo las bombas en La Moneda, a ese Salvador Allende el mundo entero e incluso sus nietos lo conocen. En la película, la imagen de ese Allende, el político, tiene una presencia tenue. A quien la nieta se esfuerza por rescatar y traer a primer plano para conocerlo, es al Salvador Allende marido, padre, abuelo, al hombre en familia, en la intimidad. La tarea choca en pantalla con la terca resistencia de las tres mujeres mayores y, pese a su tenacidad, Marcia solo logra cumplirla parcialmente.

El mérito de Marcia Tambutti es mantener en todo momento al clima de un encuentro familiar. Ella, su abuela, su madre, su tía, sus primos no hablan para la cámara, lo hacen entre ellos, recuerdan, reflexionan, discuten. Tan importantes como las palabras son las miradas, los pestañeos, el lenguaje corporal, la expresión de las manos, las vacilaciones de la voz y sobre todo, los silencios, porque esta es una película de silencios largos. Como telón de fondo está la tragedia, la tragedia de una familia arrasada por el vendaval de la historia, por la muerte violenta del patriarca y los suicidios de su hija Beatriz, su hermana Laura, su nieto Gonzalo, hijo de la senadora Isabel Allende y medio hermano de Marcia, al que la cámara captó en vida largamente mientras habla, calla, piensa.

Pero dentro de la tragedia grande, la de la historia, hay una tragedia más pequeña, menos visible y más arrastrada, más profunda, más íntima. Ese es el plano en que Marcia Tambutti, personaje central de su propia película, se desplaza entre sus consanguíneos. Y en sus ansias de saber y comprender ‒¿cómo era el Chicho? ‒ se convierte en fiscal y lanza las preguntas que en la familia jamás se habían formulado en voz alta. Un fiscal nunca es simpático, sus preguntas molestan, y así sucede en varias ocasiones con las de Marcia. La abuela Tencha, Isabel, Carmen Paz se impacientan, se quejan de cansancio y de los minutos que van corridos, quieren abreviar los interrogatorios, se escabullen. Tratándose de Hortensia Bussi, que yace doliente en cama con un respirador de oxígeno en la nariz, esos interrogatorios tienen mucho de confesión postrera de una persona que se va apagando y que en realidad fallecerá seis años antes del estreno de la película. La nieta no cede y alcanza a interrogarla mientras aún es tiempo en escenas patéticas.
Marcia formula las preguntas con un dejo de acento mexicano, pero más que una cuestión de acento, en su tono tajante afloran una intransigencia y un afán de precisión que no dejan escapatoria a la persona que tiene delante. El carácter intenso de Marcia Tambutti y su sintaxis de frases precisas, frontales y redondas no admiten respuestas diagonales, vagas o inconclusas a la chilena. La nieta quiere saber, insiste y cuando a la segunda o tercera pregunta no le responden claramente, son sus parientes quienes quedan al descubierto.

En esta pequeña familia que vuelve a reunirse, cada cual guarda uno o muchos secretos, calla u oculta algo, y ese algo puede ser un recuerdo, una fotografía, un dibujo, un dolor. Hay risas, sí, unas espontáneas y otras forzadas. El Chicho disfrazado o jugando con sus hijas y con un nieto o una nieta aparece en fotos y fragmentos de películas como un padre y abuelo divertido y querendón, y sus descendientes lo celebran. Pero en todo momento planean la duda, cierta distancia hacia él, especialmente de las mujeres de la familia: Hortensia, sus hijas Carmen Paz e Isabel, sus nietas Maya y Marcia. Los nietos hombres que aparecen, Gonzalo hijo de Isabel y Alejandro hijo de Beatriz, dan también salida a sus fantasmas y expresan su deseo de saberlo todo, de que no les oculten nada.

Marcia aborda el tema de las constantes y públicas infidelidades matrimoniales del Chicho y las sonrisas se apagan. En los recuerdos aflora el contraste entre Beatriz, la hija fallecida en Cuba y madre de la diputada Maya Fernández, que fue cómplice del Chicho y lo acompañaba donde sus amantes, e Isabel, fiel a Tencha hasta la muerte y más allá. “La familia Allende estaba dividida: Beatriz hacía causa común con Salvador, e Isabel con Tencha”, me dirá un día Víctor Pey, el amigo de Allende llegado a Chile en el legendario Winnipeg, el barco con refugiados españoles fletado por Neruda.

Salvador Allende, el héroe para muchos, es visto desde el ámbito familiar con cierta ironía: por algo se le menciona como “Chicho” y no como “papá” o “abuelo”. En la película queda claro que el hombre que en Chile logró aglutinar fuerzas políticas y sociales y que muchos en el mundo admiraban, manejaba sus asuntos familiares con mano de estratega. Tencha, las hijas y los nietos que comenzaban a nacer formaban el compartimento familiar al que prestaba cotidiana atención, pero no era el único ámbito en que se volcaban sus afectos. Tras los muros de la casa familiar de la calle Guardia Vieja, Hortensia Bussi era el ancla, pero Salvador Allende era un capitán inquieto que navegaba hacia otros puertos.

Marcia menciona a la Payita, a cuya parcela del Cañaveral llegaban Salvador y su hija Beatriz, pero donde Isabel –la senadora lo proclama con orgullo– no estuvo nunca. La Payita, jefa de la secretaría privada de Allende en La Moneda y única mujer presente durante el bombardeo, ha pasado a ocupar un lugar en la historia de Chile. Isabel y Tencha se resignaron hace muchos años a admitir su presencia en la vida del Chicho. No sucede lo mismo con Gloria Gaitán, la colombiana que acompañó al Presidente en sus últimos meses de vida, cuya existencia es ignorada por la familia y que, conforme al tabú familiar, no es mencionada en la película.

Otro hecho que queda fuera de Allende mi abuelo Allende es el del hijo que Tencha tuvo como madre soltera y que el futuro Presidente se negó a aceptar. Para unirse a Salvador Allende, Tencha quemó sus naves y se separó para siempre de su hijo, un hecho que hasta el último día dio a Salvador un poder total sobre ella.

Allende mi abuelo Allende no es solo un registro de hechos, preguntas, respuestas e imágenes, sino sobre todo una conmovedora película de indicios. Como en otras familias, bajo la imagen exterior del núcleo Allende-Bussi bullían los secretos, las tensiones, las traiciones. En el intento de saber quién era el Chicho, Marcia Tambutti ha ido lo más lejos que le permitían sus fuerzas y la disposición de sus íntimos a hablar. No se ha limitado a la conversación tras los muros familiares, sino que ha entrevistado a diversas personas que frecuentaron a Salvador Allende. Para bien de este documental y gracias al talento de debutante en el cine de Marcia Tambutti y a la maestría de sus colaboradores, las voces de esos testigos solo se oyen en off como parte del relato, sin la dispersión que habría acarreado el desfile de sus rostros. Allende mi abuelo Allende sigue siendo hasta el final una historia de familia, casi una obra de teatro de cámara.

Entre las voces que se escuchan está la de Víctor Pey, recientemente condecorado por el rector Ennio Vivaldi en la Casa Central de la Universidad de Chile con motivo de su centenario en una emocionante ceremonia a la que –cosa extraña, pero no tanto– no llegó nadie de la familia Allende, una familia de misterios, tabúes y entuertos.