22 de septiembre de 2015

De la Quintrala a Bachelet, pasando por María de la Cruz


Martes, 22 de septiembre de 2015





Los chilenos hemos tratado en forma sinuosa a las grandes mujeres de nuestra historia. Hasta la llegada de Pinochet y su caterva, nuestro monstruo emblemático (¿puede un monstruo ser “emblemático”?) era una mujer: Catalina de los Ríos y Lisperguer, la Quintrala.

Mi amigo Gustavo Frías, el novelista que ha dedicado parte de su vida al estudio del personaje y a la escritura de su trilogía Tres nombres para Catalina, sostiene que no hay prueba alguna (“no hay evidencia”, diría un amante del Spanglish, el español a la moda con injertos de inglés) de que la Quintrala o Catrala haya cometido los crímenes terroríficos que Vicuña Mackenna y otros historiadores le atribuyen.

Frías señala que doña Catalina, la heredera más rica del reino, que portaba un 25% de sangre indígena, un 25% de sangre española y un 50% de sangre alemana, se identificó desde niña con sus ancestros de las tribus aconcaguas –“pueblo originario”, diríamos en el siglo XXI– y que eso le valió el odio de la aristocracia colonial. Las intrigas y maledicencias de los gachupines (los colonizadores llegados a Chile desde España) y de la Iglesia Católica dieron origen a su leyenda negra. Por ser amiga de los “indios” y participar en sus ritos, la Quintrala fue acusada de brujería, víctima de un acoso terrible –bullying”, diríamos en Spanglish– y encarcelada.
Más benigno es el trato que nuestros novelistas Isabel Allende (Inés del alma mía) y Jorge Guzmán (Ay mama Inés) dispensan a Inés de Suárez, la amante del conquistador Pedro de Valdivia, a pesar de que no existen dudas de que decapitó personalmente a los siete caciques prisioneros –algunos afirman a su favor que solo al primero de la fila– durante el asalto dirigido por Michimalonco el 11 de septiembre de 1541 –otro 11 de septiembre– y ordenó que arrojaran sus cabezas contra los atacantes –“los Mapuche”, dirían algunos adoptando sin ton ni son la gramática de los vencidos–.

En su poema épico La Araucana, don Alonso de Ercilla nos legó la imagen furibunda de Fresia, la mujer principal (unendomo) del cacique (ñidoltoqui) Caupolicán, empalado vivo por los españoles, cuando tilda a su hombre de cobarde y azota al hijo común contra las rocas:

Toma, toma a tu hijo, que era el nudo
con que el lícito amor me había ligado;
que el sensible dolor y golpe agudo
estos fértiles pechos han secado:
críale tú, que ese cuerpo membrudo
en sexo de hembra se ha trocado;
que yo no quiero título de madre
del hijo infame del infame padre.

Otras mujeres bravas y belicosas, la corajuda Paula Jaraquemada, que hizo frente a los soldados españoles durante la Independencia, y la sargento –¿por qué no “sargenta”?– Candelaria, heroína de la Batalla de Yungay, dejaron huella intensa en nuestra historia.

Más tenue es el recuerdo de las pioneras que vencieron en Chile la discriminación (“de género”, decimos hoy) en diversos ámbitos. ¿Cuántos chilenos –“y chilenas”, no discriminemos– saben que Eloísa Díaz Insunza fue la primera médico –mejor digamos “médica”– de Chile y América del Sur? ¿Que Inés Enríquez Frödden –tía abuela de ME-O– fue la primera diputada y primera intendente –digamos “intendenta”– del país? ¿Que Graciela Contreras de Schnake –la Chela Schnake– fue la primera alcaldesa de Santiago, nombrada por el presidente Pedro Aguirre Cerda? ¿Que gracias al Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH) liderado por Amanda Labarca, Elena Caffarena –abuela de Pamela Jiles–, Marta Vergara, Olga Poblete y otras mujeres –y gracias también a algunos hombres, reconozcámoslo– se logró en 1949 el derecho de las mujeres a votar?

La primera senadora de nuestra historia fue elegida en 1952. María de la Cruz, poeta y periodista de oratoria fogosa –“la Evita chilena”– simpatizaba con el peronismo argentino y triunfó en Santiago con la primera mayoría nacional, en la cresta de la ola ibañista, cuando el antiguo dictador Carlos Ibáñez del Campo regresó a La Moneda –“¡Ibáñez al poder… la escoba a barrer!”– con una votación abrumadora.
Fundadora del Partido Femenino de Chile, María de la Cruz concitaba los odios de los derrotados partidos Radical, Conservador y Liberal. Era tildada de “loca” y hostilizada cada día, y antes de cumplir un año como senadora, fue destituida –“desaforada”, según el artículo 31 de la Constitución– por sus colegas senadores –todos caballeros, por supuesto– en una votación de 21 contra 16. Se la acusaba de haber participado en una importación de relojes desde Argentina para Ferrocarriles del Estado.

La destitución de María de la Cruz –la revista Topaze archimasculina la tildaba de “Senadora Longines” o “Senadora Cucú” en alusión a diversas clases de relojes– fue un verdadero linchamiento de parte de senadores que en su mayoría representaban en forma descarada los intereses de los latifundistas, banqueros, magnates mineros y compañías extranjeras que financiaban sus campañas –sin necesidad de boletas fantasmagóricas– con maletines llenos de billetes, como el que transportaba en barco el senador Juan Luis Maurás, maletín que nunca llegó a destino porque, según juraba el honorable legislador, se le había caído al mar…

Salvador Allende, que se había enfrentado a Carlos Ibáñez como candidato presidencial –perdió por 51.975 votos contra nada menos que 446.439–, no apoyó la acusación contra María de la Cruz, quien pocos meses después fue absuelta por los tribunales que la dejaron libre de polvo y paja. A quienes la acusaban de estar vendida a la Argentina, María de la Cruz les contestaba con un argumento irrefutable: “¡Quién más patriota que yo, que nací en Chimbarongo un 18 de septiembre!”.

Los chilenos ningunearon a Gabriela Mistral (Volodia Teitelboim y Eduardo Anguita la excluyeron de su Antología de la poesía chilena nueva) y también a Violeta Parra (un periodista la calificó de “cantora de tercera peleada con el jabón”), y a la escritora Isabel Allende la crítica chilena no le ha dejado hueso bueno –al menos hasta que le dieron el Premio Nacional de Literatura–.

Ahora –cómo no– el fuego graneado le toca a otra mujer, Michelle Bachelet, primerísima Presidenta de la República de vuelta en La Moneda. Pero una cosa es que sus bonos caigan a mínimos por culpa de un hijo vivaracho y una nuera ídem, por efecto del boleteo de los políticos y el guirigay de las reformas, y otra cosa son los rumores que corren sobre una renuncia de la Presidenta –la idea nunca ha pasado por su cabeza, dicen los que toman desayuno con ella– y sus presuntos problemas de salud y supuesta inclinación a la bebida.

Durante el gobierno del presidente Allende, los textos y caricaturas de la prensa opositora –el informe Church del Senado de EE.UU. demostró que esa prensa recibía financiamiento de la CIA– pintaban al Presidente como un borracho perdido, lo que se repetirá a tambor batiente durante los 17 años de dictadura militar.

Yo estuve cerca de Allende en su casa y en recepciones oficiales –Santiago, Bogotá, Buenos Aires, La Habana, Lima, Praga, Quito– donde hubo aperitivos, vinos y brindis, pero nunca lo vi siquiera achispado. Ninguno de los testigos –un buen centenar– con quienes hablé mientras preparaba un libro me dijo haberlo visto ebrio o ligeramente animado por el alcohol. Allende cuidaba su dieta y bebía diariamente dos dedos de whisky y una copa de vino tinto con la comida. Pese a ello una investigación en Internet realizada hoy muestra la amplitud y persistencia que puede alcanzar una mentira de hace más de 40 años. La afirmación “Allende era borracho” en Google encuentra 197.000 referencias; “Allende alcoholic”, 253.000.

En tiempos de redes sociales los rumores corren rápido y calan hondo. De 170 comentarios de lectores al pie de una información de Emol sobre la actividad de Michelle Bachelet en La Moneda con relación al reciente terremoto, más de 80 son negativos hacia la Presidenta y –basándose evidentemente en los rumores– insisten en que renuncie o se vaya; una veintena reproduce la fabulación de que tiene “yeta” –en napolitano “jettatore” es el que trae mala suerte–; unos 20 comentarios contienen juegos de palabras sobre el trago –“copete”, “terremoto”, “diez mojitos por noche”, etc.– y quienes la defienden son vituperados (trolleados) sin compasión por los que se tragan los rumores.

En medio de este ambiente controvertido –“controversial”, en Spanglish– y antes de que la tierra temblara, en un intento de reequilibrar la situación –“balancearla”, según el Spanglish– un grupo de mujeres entregó a la vilipendiada Presidenta una carta de apoyo. Expresan “indignación” por lo que califican como un “femicidio de la imagen” de la jefa de Estado… “¿Se equivocó? Sí, las madres también se equivocan. ¿Se merece tantas descalificaciones? No. Un presidente varón jamás estaría recibiendo tamaño castigo político por la conducta impropia de un hijo. Y a pesar de todo, usted levanta la frente y sigue adelante”.

Veremos los próximos episodios… y su rating.