3 de marzo de 2016

¿Humor hasta dónde? De Charlie Hebdo al Festival de Viña



Publicado en El Mostrador el 29 de febrero de 2016 con otro título *




Humor político: la alegría llegó 

¿Cuál es la frontera que el chistoso debe respetar para no ser castigado incluso con la muerte? ¿Quién fija ese límite? Pero… ¿existe ese límite? ¿Tiene razón la ministra Javiera Blanco cuando afirma que “los límites tienen que ser el respeto a las instituciones, a las personas”?

Al revés, ministra. Desde siempre la sátira ha consistido precisamente en faltar el respeto a las instituciones y a las personas, especialmente a los poderosos, en olvidar el temor reverencial que mana de la autoridad, en desencadenar la risa carnavalesca y liberadora que permite a las sociedades mirarse a sí mismas. Por eso el humor ha estado en la mira de todos los tiranos, de todas las inquisiciones, de todas las gestapos, de todas las censuras. El Dios tonante de los católicos, el de los evangélicos, el de los ortodoxos, el de los judíos no tiene sentido del humor y tampoco lo tienen sus enviados sobre la tierra, como nuestro cardenal Ezzati, el pastor Soto o los popes rusos que pidieron el infierno y la cárcel para las Pussy Riot.

Hace un año, el mundo se horrorizó ante el ataque de un comando de fundamentalistas islámicos que asesinaron en París a 12 caricaturistas y redactores de la revista satírica Charlie hebdo, que se mofaban constantemente de su profeta. Este caso alimenta hasta hoy los debates sobre la coexistencia de humor y blasfemia, de respeto y transgresión. Por haber descrito con ironía y colorido el harén de Mahoma en su novela Los versos satánicos, Salman Rushdie se encuentra amenazado de muerte desde hace 17 años por una fatwa que acaba de ser renovada.

En 1933, el insigne poeta ruso de origen polaco Osip Mandelstam escribió un epigrama sobre Stalin en el que decía: “Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos… y sus palabras como pesados martillos, certeras… Sus bigotes de cucaracha parecen reír… y relumbran las cañas de sus botas…”. El texto circuló entre los amigos del poeta hasta que un soplón lo llevó a la policía. Mandelstam fue relegado y murió en un campo de prisioneros en 1938.

Pero no siempre el humor y el poder han estado en pugna. Desde la antiquísima China, Grecia y la Roma antiguas, durante la Edad Media y en la época de las grandes monarquías, hubo bufones tan célebres como los actuales cómicos de la TV. Su tarea era reírse del monarca en su propia cara “para que si los cuerdos no les dijesen las verdades, se las dijeran los locos”, según Francisco de Quevedo. En su Elogio de la locura, Erasmo de Rotterdam observa que “los reyes no sOlo acogen con placer las verdades, sino también hasta las injurias directas, y se da el caso de que aquello que dicho por un sabio se habría castigado con la muerte, produzca en labios de un tonto un increíble contento”.

El bufón del Rey Lear es el único que dice la verdad al monarca caído en el drama de Shakespeare, mientras que en un rincón de Las Meninas, su cuadro más famoso, Velázquez pintó a un bufón y a una bufona de Felipe IV: los enanos Nicolás Pertusato y Mari Bárbola. Pero el bufón más célebre de todos los tiempos seguirá siendo el jorobado Rigoletto, de la ópera de Verdi, que no es un simple payaso sino el protagonista del drama, con su oculto amor apasionado, sus odios, sus celos, su dolor. Antes del estreno de la ópera, los censores del Imperio Austro-Húngaro no aceptaron que Francisco I de Francia apareciera como el acosador de mujeres que había sido, y Giuseppe Verdi y el autor del libreto, Francesco Maria Piave, tuvieron que suprimir ciertas escenas y remplazar al monarca francés por un duque de Mantua imaginario que canta el aria La donna è mobile.

Fuera de la corte de los monarcas y de cara a la plebe, desde los tiempos del griego Aristófanes y el romano Marcial, las sátiras y los panfletos que dicen en broma verdades muy serias han oxigenado la vida de las naciones. Para los romanos el animus jocandi  –ánimo jocoso, intención de broma– eximía de culpa al autor y, conforme a esa doctrina, si mañana Sebastián Dávalos, Ricardo Lagos o Piñera se querellaran contra Edo Caroe, Rodrigo González o Natalia Valdebenito por sus rutinas de la Quinta Vergara, quedarían doblemente en ridículo. Para que haya delito se requiere que exista algo muy serio, dolo, o sea, intención de dañar.

En medio de la trenza negocios-política, los últimos chistes del Festival de Viña han provocado nerviosismo y casi pánico a algunos personajes de la llamada “clase política”. Desde antes del Festival, ciertos miembros de ese estamento culpaban a los medios de información por el estallido de los escándalos de boletas y corrupción. Muy pero muy ofendido, Carlos Ominami, investigado por emitir boletas fantasmas a Soquimich, se quejaba de la existencia de un ambiente “tóxico” y José Miguel Insulza comparaba la situación con la vivida antes del golpe militar.

Frente a la reacción a que han dado lugar las rutinas sin censura, sin anestesia y sin lobby de la Quinta Vergara, vuelve a surgir la pregunta: ¿Dónde está el límite de la sátira? El punzante humorista francés Pierre Desproges –fallecido a los 33 años… de muerte natural– formuló lo que algunos consideran la regla de oro: “Es posible reírse de todo, pero no con todo el mundo”. Y puso el ejemplo del holocausto del pueblo judío: un judío puede hacer un chiste con respecto al campo de exterminio de Auschwitz, pero siempre que sea entre judíos. En Chile, cuando hace tres años Elías Escobedo dijo, por boca del Lagarto Murdock, ante el público de todo Chile que “los judíos arden mejor que la leña”, Chilevisión recibió una sanción, que la opinión pública estimó merecida, de parte del Consejo Nacional de la Televisión, y Escobedo perdió la pega. El mismo canal había sido sancionado por la transmisión de las rutinas homofóbicas de Óscar Gangas y Mauricio Flores en una edición anterior del Festival de Viña, escenario del actual huracán.

Pero algo faltaba a la fórmula de Desproges, y él mismo se encargó de agregarle un acápite que hoy nos viene al callo a los chilenos: “No podemos reírnos de cualquiera. Podemos reírnos de los fuertes, pero no de los débiles”. Entre los débiles están los grupos vulnerables, los discriminados, las minorías sexuales, los negros en países de blancos, las mujeres eternamente ninguneadas, los minusválidos, los enfermos. Pero ojo, aquí la línea es muy tenue y existe el peligro de que algunos pretendan imponer un pacto de silencio en resguardo de lo políticamente correcto, y que al final solo podamos reírnos de casi nada.

Desproges dijo que él no se habría atrevido a orinar en la tumba de Lenin, no por principio sino por miedo a lo que le pudiera pasar. El autor de esta columna sí lo hizo una vez en Ginebra en la tumba de Jorge Luis Borges, recordando que el mismo día en que Orlando Letelier fue dinamitado en Washington por los sicarios de Pinochet, el gran escritor argentino visitaba al dictador y lo calificaba a la salida de hombre “bondadoso”.

Chile tiene una larga tradición de sátiras políticas y caricaturas sangrientas, irrespetuosas, como las que ofrecían a mediados del siglo pasado la portada y las páginas de la célebre revista Topaze, fundada por Jorge Délano “Coke”, y como las caricaturas más recientes de Guillo contra Pinochet y la dictadura. Algunos titulares de Las noticias gráficas y de Clarín, especialmente los del Gato Gamboa, emulados hoy con ingenio menguante por La Cuarta, hicieron época. Además, con los chistes de Don Otto y su amigo Federico acostumbramos a reírnos de nuestros inmigrantes alemanes, tal como los españoles se han mofado desde antiguo de los leperos andaluces, hasta que estos últimos tomaron el toro por las astas y lanzaron el Concurso de Chistes de Lepe. Los mismos chistes se repiten, cambiando las nacionalidades, en Argentina acerca de los gallegos, en EE.UU. sobre los polacos, en Francia respecto de los belgas, y entre tales y cuales países.

En las rutinas de pie de la Quinta Vergara ha vuelto a estallar el humor negro y autoflagelante de nosotros los chilenos, contaminado hoy por la farándula y vigilado por las redes sociales. Ante el avance de los tiempos y los cambios culturales, los chistes de “locas” que hacían estallar el aplauso de las multitudes han desaparecido casi por completo, aunque sobreviven con tufo anacrónico en el programa del Kike Morandé. Es previsible que en el circo romano de la Quinta Vergara, en los años venideros, un escupitajo como el lanzado por Caroe a Camila Vallejo ya no tenga piso.

En cambio, la sátira con respecto a los políticos parece llamada a quedarse mientras no pocos de ellos sigan trabajando como un lanza cualquiera al margen de la ley. La política chilena está enferma, nuestro humor goza de buena salud.

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* Al publicarlo, El Mostrador remplazó el título original por el siguiente: "Humr político: la alegría llegó". Este título se aparta de la reflexión sobre el Festival de Viña, la sátira a lo largo de la historia y la tendencia a reprimirla que se contienen en el título original. La alusión irónica a la canción de la campaña del NO es ajena a mi artículo y a mi intención. Eduardo Labarca

Chile en el diván del psicoanalista




Publicado en El Mostrador el 22 de febrero 2016 con otro título *

La clase política en el diván del psicoanalista

La depresión de Pablo Longueira en plena precampaña fue el comienzo de la epidemia. Cuando reventó el concubinato política-negocios vino el desnudamiento de nuestros líderes, la exposición de sus almas, la revelación de sus angustias, la exhibición de sus familias, el afloramiento del eros inconsciente de sus recovecos afectivos. Si no sucediera que nuestros destinos dependen de la inspiración con que estos encumbrados compatriotas reaccionen frente a la crisis en que se están hundiendo, podríamos arrellanarnos en nuestras butacas con un pellizco de morbo y un cucurucho de popcorn.

Un “caso emblemático”, pero no el único, nos tiene sufriendo a todos: el que protagonizan desde hace un año en cámara lenta nuestra Presidenta –quisiéramos ayudarla en este trance–, su hijo resbaladizo y su nuera hiperventilada. Caval es un caso de manual en el que revolotea a toda vela el complejo de Edipo desmenuzado por Freud, con impulsos amorosos y/o de odio homicida hacia el padre o la madre. Por momentos parecería que Sebastián y Natalia –el perfil psicológico de Compagnon daría para una tesis de doctorado o una teleserie con Kate del Castillo– se empeñasen en agravar el “dolor” de la matriarca, empujándola hasta casi las lágrimas. Hamlet vengador, Dávalos se lanza contra el culpable, según él, de su desgracia, el otrora galán favorito Rodrigo Peñailillo, para aniquilarlo.

Volviendo a Longueira –el que decía que “todas las noches le he rezado a Jaime Guzmán” y que escuchaba su palabra– nos preguntamos: ¿no se habrá originado su depresión en una de esas conversaciones de ultratumba? Un ascético Jaime Guzmán pudo reprocharle sus ingresos de más de un millón de dólares recibidos de Penta, Soquimich y otras empresas y sus labores de correveidile de Patricio Contesse, y las boletas de fantasía emitidas por él mismo, su mujer, su hija, su hijo, su concuñada, su ahijado, sus sobrinos, sus múltiples brazos derechos y una veintena de personas de su corral. Olvidando la labor en poblaciones que propiciaba Guzmán, Longueira, al que algunos califican de “estadista”, se fue a vivir a San Damián, el gueto donde los nuevos ricos más ricos como Piñera y los menos ricos como Golborne se solazan en las casas más cursis, rodeados de nanas de delantal, jardineros, porteros, choferes de negro, guardias, cámaras de seguridad. Desde ahí, un patético Longueira se lamenta: “Me duele ver a los dirigentes políticos tratados como delincuentes”.

Esos dirigentes se soñaban intocables y hoy están sufriendo, como sufren también los magnates que los han financiado: “Los ricos también lloran”. Pero no solo ellos sufren, sino que sufren los amigos y parientes a quienes embarcaron en el lanzamiento de boletas como plumas al viento, y todos sufrimos ante el espectáculo. Adivinamos que en más de una familia hay mar de fondo por la ligereza con que el marido embarcaba a su mujer, como hizo Urdangarín en España con la infanta Cristina, y a sus hermanos, hijos e incluso al padre y a la madre, en un remolino de boletas que terminan en los tribunales. Unas damas que hasta ahora solo habían aparecido en las páginas de Vida Social de El Mercurio pueden ser citadas al Mall del Crimen, el Centro Judicial que se alza al lado de la ex Penitenciaría, y ver sus nombres y apellidos en las crónicas policiales junto a los del último asaltante o pastabasero capturado por Carabineros o la PDI.
 “Chile no es un país corrupto”, ha dicho nuestra Presidenta y acaba de reiterarlo José Miguel Insulza. Ciertamente no somos corruptos como los mexicanos, que se enorgullecen de serlo, o como algunos gobernantes de África que cobran peaje a las multinacionales. Somos demasiado cuidadosos para andar en esas, nuestro orgullo es la macuquería fina de las leyes ad hoc, las vías oblicuas, las maravillosas boletas.

Ahora sabemos que había paquetes de super boletas por miles de millones, pero desde siempre conocemos a los boleteros-hormiga ‒¿quién no ha boleteado alguna vez?‒, que lanzan boletas por trabajos imaginarios o, en la vereda de enfrente, a los que debiendo dar boleta no la dan… y no hablemos de la elusión del Transantiago. Pero los corruptos son los argentinos ostentosos, no nosotros, ciudadanos honestos en un país donde cada cual tiene la pillería de agarrar lo que puede… disimuladamente. ¿Y eso cómo se llama?

Entre los formalizados, cada uno o cada una reacciona de la manera que le dictan sus hormonas, su ego, su (mala) conciencia. ¿Traicionar como Hugo Bravo? (Yo pagaba a los políticos por encargo de los señores Délano y Lavín). ¿Reconocer como el evangélico Moreira? (Alma que escuchas, confieso que recurrí a un financiamiento irregular). ¿Negar como Pizarro (Mis hijos presentaban informes por teléfono a Soquimich). ¿Disparar contra los fiscales como Novoa (Esta es una investigación ideológicamente falsa) y luego confesar a cambio de una condena de cárcel… en libertad? ¿Negociar con la Fiscalía como Pablo Wagner? ¿Mirar hacia la pared como Piñera y Ponce Lerou? ¿Amurrarse como Ena von Baer? ¿Cambiar de giro como Peñailillo? ¿Hacerse el enojado como Rossi? ¿Irse de viaje como ME-O?

Sí, Marco Enríquez-Ominami, otro caso de estudio… La Historia, la familia, la política, la muerte y las finanzas grises se funden en el personaje. ¡Cómo no simpatizar con el niño que creció bajo la efigie de su padre Miguel Enríquez, el líder que cayó combatiendo a balazos contra los esbirros de Pinochet! ¡Cómo no simpatizar con su madre, hija del noble senador Rafael Agustín Gumucio, la comunicadora Manuela Gumucio que crió a su hijo en Francia en un hogar inteligente plagado de amor! ¡Cómo no simpatizar con Carlos Ominami, que supo ser fiel entonces a su mujer y a Miguel Enríquez, su amigo y camarada del MIR, y que asumió al hijo de ambos como si fuera suyo cediéndole incluso su apellido! ¡Cómo no respetar la decisión de Ominami de renunciar a su partido y a su propia carrera política para apoyar a Marco!

Pero en la tormenta que hoy azota a ME-O asoma una maraña psicológica que solo se puede abordar aventando interrogantes. ¿La obsesión de Marco desde la adolescencia por ser Presidente de Chile es fruto de su libre albedrío o fue sembrada y empujada por Manuela y Carlos, con el propósito consciente o subconsciente de sublimar la muerte de Miguel en el ascenso político de su hijo? ¿En la cosecha, por parte de Marco, de dineros regalados por el yerno del tirano existió una mediación de Ominami? Si Ominami hubiera mediado, le habría regalado un pastel envenenado a su hijo adoptivo.

Ante la revelación de sus vínculos con las platas de Ponce Lerou, Carlos Ominami ha reaccionado picado, victimizándose con el argumento de que los donativos del generoso yerno no iban a su bolsillo. La estrambótica yuxtaposición que hizo en una columna de prensa entre los cargos de financiamiento irregular y la acusación de haber “robado una botella de agua” inadvertidamente en un vuelo de LAN, muestran a un Ominami bastante desestabilizado.

Los herederos de la dictadura y los líderes de la Concertación nos legaron un mecanismo de relojería que induce al político que ansía votos a mendigar aportes secretos de las empresas… ¿a cambio de…? Los fiscales, jueces, abogados, la PDI, los periodistas les están aguando la fiesta y nuestros políticos deambulan hoy como zombis con la mochila de sus chanchullos a cuestas y, debido quizás al impacto psicosomático de las formalizaciones, recrudecen las enfermedades que afectan a varios de ellos: Orpis, Rossi, Novoa…

Mientras, como el Pájaro Roc de Las mil y una noches, capaz de levantar un elefante con los golpes de sus alas poderosas, sobre el paisaje planea ‒¡cuándo no!‒ un ingenioso escudero empeñado en apagar los incendios que estallan: Enrique Correa, cuya influencia se extiende desde Soquimich hasta la Fundación Salvador Allende. La “doctrina Correa” de que las platas negras para financiar la política no constituyen corrupción ha sido adoptada por todos los políticos formalizados y formalizables, desde la UDI hasta el Partido Socialista, pasando por RN, el PPD, etc. En este ambiente de fin de fiesta, la personalidad multitalentos, pero huérfana de principios, de Correa despierta fascinación y abundan los calificativos para definirlo: “Karadima de la política” (Carlos Huneeus), “consigliere en la sombra” (Marcela Jiménez), “ingeniero de la corrupción” (Manuel Salazar), “Rasputín criollo”…

Chile está al cateo. ¿Irán a dar a la cárcel Orpis, Délano, Martelli, Compagnon y otros formalizados? ¿El ex administrador de La Moneda, Cristián Riquelme, detonará la bomba de fragmentación de todo lo que sabe ante los fiscales? ¿Se salvará alguno de nuestros políticos o se tendrán que ir todos para la casa? ¿Aparecerá en Chile un Bernie Sanders, el aspirante a la Presidencia de EE.UU. que en vez de los millones de dólares que las multinacionales de Wall Street derraman hacia las campañas, prefiere recibir un millón de donaciones de 10 o 20 dólares cada una?

Pero la vida sigue y esperamos el Festival de Viña, que si la Vanesa o la Luli, que si la fragata portuguesa, que si los incendios, que si mar para Bolivia… Que si Cartagena o Algarrobo, que si una chela o un terremoto, que si 'La Jueza' o 'Caso Cerrado', que si de pino o de queso, que si azúcar o endulzante, que si boleta o factura…

Ver, esperar, seguir masticando nuestro charqui.

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* Al publicarlo, El Mostrador remplazó el título original por el siguiente: "La clase política en el diván del psicoanalista". El título original que figura arriba abarcaba no solo a los políticos, sino también al conjunto de la sociedad chilena, golpeada por los escándalos. Además, la expresión “clase política” no me interpreta y no la uso, pues presenta a los políticos como un bloque cerrado, lo que no comparto, y crea confusión respecto de las de clases sociales existentes. Eduardo Labarca