6 de junio de 2012

Nuestros muros de Berlín


Escrito: 26 de abril de 2012 


Por Eduardo Labarca


            Resucitado, vivito y coleando, el viejo Muro de Berlín ha vuelto a la polémica chilena. Cuando fue construido en 1961, durante una guerra fría caldeada por vigilantes ojivas nucleares, el mundo reaccionó con indignación, aplausos, pasiones encontradas. Los gobernantes de la URSS y la República Democrática Alemana (RDA) lo justificaron por la necesidad de blindar el socialismo ante la infiltración capitalista. Desde Chile, muchos lo veían como una ignominia y otros como un mal necesario. Pero el mundo evolucionó, las mentes, incluso de los comunistas, fueron cambiando y en 1989, cuando los propios berlineses lo desconstruyeron piedra a piedra, nadie –salvo algún recalcitrante– lloró por el Muro: ¡en la celebración universal participamos todos!


El comunismo fue siempre una sociedad detrás de un cerco. En Rusia, tras el derrocamiento de los zares en 1917, catorce potencias atacaron al naciente Estado soviético, cuyos obreros y campesinos aguantaron el asedio a costa de mares de sangre. Cuando Hitler invadió la URSS las potencias occidentales miraron hacia otro lado, pero Churchill, Roosvelt y De Gaulle tuvieron que sentarse con Stalin el día en que el Ejército Rojo llegó a Berlín. La URSS exportó el socialismo a Alemania Oriental –la RDA– y a los países europeos liberados/ocupados por las tropas soviéticas. Churchill dictaminó que una “Cortina de Hierro” separara a los países “comunistas” del “mundo libre”, mundo que abarcaba a las potencias occidentales y sus colonias y zonas de influencia, como América Latina, “patio trasero” de Estados Unidos. El cerco –¿quién cercaba a quién?– se amplió y para protegerse según ellos del “enemigo externo e interno”, los regímenes comunistas vigilaban a sus ciudadanos y controlaban con mano de hierro las salidas y entradas por las fronteras.


Con la caída del Muro y de la URSS colapsó la más audaz aventura de ingeniería política de la historia de la humanidad: el intento voluntarista de construir una sociedad sin clases, justa e igualitaria, inspirada en la doctrina de Marx y lejanamente en La República de Platón, donde el hombre lobo del hombre diese paso al hombre hermano del hombre (hoy no olvidaríamos de mencionar a la mujer). Refiriéndose a esa utopía, el protagonista de Cadáver tuerto, novela publicada por el autor de esta nota en 2005, y con perdón de la autocita, reflexionaba:


Más que utópicos –de la esencia de la utopía es ser inalcanzable– éramos milenaristas: pretendíamos hacer parir la Historia saltando sobre su vientre de chancha preñada para instaurar mil años de felicidad en la Tierra que sería ‘el paraíso de toda la humanidad’, según rezaba nuestro himno de combate. ¿Era viable nuestra fórmula para acabar con las terribles injusticias del planeta? El devenir de nuestro país y del mundo parecería decirnos que no.”


         ¿Qué había pasado? Que el denominado “socialismo real”, un sistema idílico llamado a ser dirigido por hijos del pueblo justos y buenos, quedó muy pronto en manos de autócratas todopoderosos. El poeta Osip Mandelstam fue enviado a Siberia por retratar al principal de todos en su Epigrama contra Stalin: “Sus bigotes de cucaracha parecen reír / y relumbran las cañas de sus botas. / Toda ejecución es para él un festejo”.


         Durante la dictadura chilena, llegué a la URSS a trabajar en las inolvidables transmisiones de Radio Moscú contra Pinochet. Cientos de exiliados eran recibidos en la URSS, la RDA, los países socialistas de Europa y Cuba, donde beneficiaban de una solidaridad superlativa. El protagonista de Cadáver tuerto recuerda su arribo a Acullá, a trabajar en una radio de onda corta: “Por mucho que mi cuerpo hubiese llegado a Acullá, mi alma se hallaba anclada en el país martirizado que había dejado atrás. De ahí que mis ojos buscaran ávidamente un paraíso y que Acullá, al brindarme una acogida fraterna y ofrecerme los micrófonos de la Radio para fustigar al tirano, se me figurara una comunidad perfecta, poblada por ángeles de flamante cuño en cuyos corazones los últimos vestigios de la impureza humana estuviesen en vías de desaparición. Esa visión de fantasía anestesiaba mi capacidad de percibir las huellas de dolores antiguos que tatuaban el rostro ajado y la piel marchita de los habitantes de Acullá y que, bajo la máscara de un supuesto hombre nuevo, delataban al hombre de siempre.”


         En el mundo socialista los exiliados vivíamos en una burbuja centrados en el tema chileno, rodeados de afectos y de apoyos. Aunque algunos no se aclimataron, la inmensa mayoría nos adaptábamos y tendíamos a ver la realidad con un solo ojo. El derrumbe del socialismo nos abrió el otro. Habla el protagonista de la novela:


         “Los revolucionarios de entonces hubimos de asumir nuestra impotencia y hoy oscilamos entre quienes sostienen con la bandera al tope que teníamos razón y que fue el mundo el que se equivocó, y los que, habiendo arriado el estandarte revolucionario, creen que la humanidad globalizada avanza por el mejor de los caminos y que los equivocados éramos nosotros.”


         Caído el Muro y derrumbado el anquilosado socialismo real por su propio peso, muchos chilenos quedaron huérfanos y, como el personaje del libro, “oscilan” entre la nostalgia y la adhesión al deshumanizado sistema financiero que hoy nos rige. Pero las últimas movilizaciones y debates en Chile y el mundo muestran que la oscilación no está hecha solamente de dos posturas extremas y simétricas, sino que abarca una gama amplia de posiciones, incluida la posibilidad de buscar una sociedad realmente justa por vías nuevas.